Es problemático tener un mundo de pensamiento tan viejo como en el que vivimos y creerlo relativamente joven. Es absurdo convencerse de que cualquier idea se forma siguiendo líneas rectas.
En el siglo XII, una historia de traducciones y ocultamientos participó de la racionalidad de un Occidente que hoy parece olvidar sus intenciones de universalidad. En Córdoba, en Al-Ándalus, el territorio musulmán de Europa durante la Edad Media, el integrismo decidió quemar los libros de Averroes, el gran filósofo árabe, comentador de Aristóteles.
Dentro de mi casa familiar la historia de sus textos se contaba como atemperación contra el pesimismo habitual de quienes escribimos profesionalmente. En medio de la persecución, algunos de sus libros fueron rescatados por estudiosos judíos, quienes los tradujeron o transcribieron en caracteres hebreos para evitar que se destruyeran. Cuando esas versiones de su trabajo llegaron a Francia, fueron traducidas al latín. Y del latín, la escuela escolástica, hacia finales del siglo XIII, se encontró con Aristóteles gracias a lo que de él escribió Averroes. Occidente se había distanciado del griego para los años del andaluz, pero el mundo musulmán lo tenía bajo el resguardo de una de sus mayores mentes. Luego, a través de árabes y judíos, Occidente lo reconoció como uno de sus pilares fundacionales. Pasaron seis siglos, hasta el XIX, para que Averroes fuese traducido de vuelta al árabe.
Ese proceso forma parte de lo que llamamos civilización. De ella, hay subdivisiones que entendemos como proyectos civilizatorios. Estos son temporalidades dentro de un cuerpo más grande que incorpora el tiempo y sus intercambios sociales, culturales y políticos. Cada uno de los proyectos que hemos visto desde la Edad Media, para establecer una ventana arbitraria de tiempo, obedecieron no a sus épocas, en positivo, sino a los desastres ocurridos en ellas, guerras, violencias, fanatismos, integrismos, delirios colectivos, periodos de sinrazón. Es decir, las civilizaciones no se terminan tan fácilmente. Una civilización, en ciertos sentidos discursivos, es una ambigüedad buscando ofrecerse como una definición. Lo mismo que en nuestros días le sucede al término Occidente.
Una curiosa pelea con la historia apareció el fin de semana pasado en el discurso del encargado de la política exterior estadounidense, Marco Rubio, durante la cumbre anual de seguridad de Múnich. La civilización, palabra que repitió hasta el cansancio el secretario de Estado, se encuentra en peligro, al menos, desde su perspectiva y de quienes le aplaudieron. En su remembranza, a manera de argumento, para mi alarma leído por muchos como una diferencia ligeramente sensata a la no política de Trump, asomó ese fervor por un Occidente donde el lenguaje de las cruzadas es recuperado para la defensa de abstracciones imprecisas. Enfatizó un pasado común entre Europa y Estados Unidos, de fe cristiana, cultura, herencia y lenguaje, y olvidó la propia evolución del pensamiento occidental. Retiró así su carácter universal. Su mayor cualidad.
La visión contemporánea de eso que se entiende como Occidente y sus valores, los nombrados en cumbres y conferencias políticas internacionales; la idea de este punto cardinal hecho civilización, tergiversada en las conversaciones sociales y con menos exactitud en parte de las culturales, tiene elementos con apenas la edad de una persona mayor. Es cierto. Tiene, también, un bagaje de canas que atravesaron geografías, generaron multiculturalidad, identidades mixtas en quienes somos hijos de migrantes.
Los 75 años transcurridos desde la mitad del siglo XX son poco tiempo para el divorcio con los propios instrumentos de Occidente, el abandono de la tradición de pensamiento que dejó la democracia, la república, la separación de las creencias religiosas con las labores de Estado, la ciudadanía, la libertad, la rendición de cuentas, la legalidad, los derechos humanos y la coexistencia.
Para Rubio, Occidente forma parte de una concepción de mundo donde lo ideológico revive su principio religioso:
El hombre que se estableció y construyó la nación en la que nací llegó a nuestras costas llevando consigo los recuerdos, las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados como una herencia sagrada, un vínculo inquebrantable entre el viejo mundo y el nuevo.
Es el arcaísmo del pensamiento político. Su versión más primitiva. Sin importar la creencia, para que esta sea libre es indispensable la laicidad (otra cosa primero surgida de frente al pensamiento occidental). De lo contrario, vienen las aberraciones.
En Afganistán, el integrísimo talibán reforzó las prohibiciones y opresión de las mujeres. La reacción de Occidente ha sido tan escasa como amplia la costumbre de abandonar lo que se ve de lejos.
Al norte de Irán, en una cárcel de Zanjan, el integrismo, siempre criminal, volvió a atacar a Narges Mohammadi, premio Nobel de la Paz, encarcelada intermitentemente desde 2016. Su actual confinamiento empezó en diciembre del 2025.
En el informe sobre su condición, presentado por el Comité Noruego del Nobel, se lee:
Los agentes de seguridad formaron un “túnel” alrededor de Mohammadi, golpeándola repetidamente con palos de madera y macanas.
La arrastraron por el suelo jalándola del pelo, desgarrando secciones del cuero cabelludo y dejándole heridas abiertas.
Recibió patadas repetidas en los genitales y la región pélvica, lo que la dejó incapaz de sentarse o moverse sin un dolor intenso y generó serias preocupaciones de fractura ósea.”
En México, también parte del pensamiento de Occidental –salvo que reneguemos abiertamente de la democracia–, la ceguera selectiva de una inclinación ideológica se comporta como integrismo religioso y es capaz de hablar de Cuba sin mencionar sus prisioneros políticos, su falta de libertades y derechos, su sistema de partido único que impide la asociación política.
Las nociones de lo ciudadano surgen de la inclusión, de la necesidad de otorgar un piso común entre los diferentes. Es un artificio positivo de la vida en comunidad, que impone homogeneidad sobre los ejercicios que dividen unos de otros, las religiones, los dogmatismos, los populismos. Incluyendo el que se aplaude cuando voces como la de Rubio parecen encontrar un adversario externo, cuando la mayor carga de riesgo para Occidente, como de fuera de él, son los integrismos. El suyo, insisto, uno de tantos.
Los integrismos quemaron los libros de Averroes. A merced de integrismos se niega el pasado compartido y se anula a quien se designa. Si se dejan sin contención, cambian sus manifestaciones y cercanía al horror, pero no hay unos mejores que otros. ~