Darwin con burka

Que religión y ciencia puedan (y deban) convivir en paz no significa que conceptualmente, filosóficamente, sean compatibles.
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“¿Tú crees en la teoría de la evolución? Yo no”. Estamos en el Museo de Historia Natural de Londres. No venía desde niño, y la ballena gigante en una de las salas, que recordaba fabulosa, es ahora un juguete gigante y cutre de plástico desgastado. Los vídeos de animales, las muestras de los terremotos, los robotizados dinosaurios, todo parece que no se ha cambiado desde los años setenta. El feto de la sala del cuerpo humano es terrorífico, un muñecote de plástico brillante y sobado por millones de manos. “¿Tú crees en la teoría de la evolución? Yo no. Bueno, en la primera parte sí, pero en la segunda no”. La pregunta de la chica va dirigida a Alba, pero yo me acerco a escuchar. Es armenia, psicóloga, se queja de que no encuentra comida “inglesa” en Londres y que solo hay comida asiática. Su padre habla 15 idiomas, ella va por el quinto pero le indigna que algunos tengan masculino, femenino e incluso neutro: “no es lógico”. En general, parece que tiene serios problemas para entender el mundo. Ha venido a Londres a mejorar su inglés, y piensa que el hecho de que vengamos del mono (“la segunda parte” de la teoría; la primera es que evolucionamos, según ella) no es verosímil.

Una mujer con burka pasea por el museo junto a sus dos hijos y su marido. Cuando se lo comento a Alba me dice que el hecho de que lleve un símbolo religioso no quiere decir que no pueda creer en la evolución. Es muy posible que haya recibido poca educación, que lleve el burka por sumisión al hombre y que desee con todas sus fuerzas salir de esa situación. Es muy posible que si dice que lo lleva libremente sea porque no tiene la opción de decir lo contrario. Pero también es posible, aunque poco probable, que no. No puedo saber lo que piensa. Uno de los errores de los críticos con el burka y el burkini es que se meten en la cabeza de un individuo y determinan que no viste voluntaria y libremente esa vestimenta. Muchos se centran en el simbolismo de la prenda, innegablemente opresora, y olvidan la voluntad del individuo que la viste. Como escribe Kenan Malik,

Una sociedad liberal acepta que los individuos son libres de tomar decisiones que quizá están en contra de sus propios intereses y que, según los liberales, les resultan degradantes.

No puedo saber si la mujer del burka verdaderamente cree en lo que ve, si se emociona o no al ver los pinzones de Darwin, como no puedo saberlo de nadie en el museo, ni siquiera de una psicóloga armenia. Solo puedo desearlo. Pero el burka es una prenda reaccionaria, religiosa y opresora, promovida mayoritariamente por una teocracia absolutista como Arabia Saudí, en una interpretación integrista del islam. Es sorprendente, casi esperanzador, ver a alguien con burka en un museo de la ciencia, que promueve el progreso. Pero que religión y ciencia puedan (y deban) convivir en paz no significa que conceptualmente, filosóficamente, sean compatibles. Como escribe Christopher Hitchens, “la fe es la derrota de la mente; es la derrota de la razón, la derrota de lo único que nos hace diferentes de otros mamíferos.”