¿El mundo de los años noventa era mejor que el nuestro?

Fue una época de una hipocresía sin parangón y de ideas que casi todas resultaron ser erróneas.
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¿Fue una edad dorada o el origen de muchos nuestros problemas? Bajo el consenso liberal, la financiarización, la fe en los mercados y un discurso universalista convivieron con una hipocresía estructural que acabó por estallar en crisis, desigualdad y desconfianza. El mundo de hoy quizá no sea mejor, pero parece menos dispuesto a aceptar aquellas certezas huecas.

Es una pregunta fundamental. ¿Habíamos tomado (como mundo) un camino muy equivocado y acabado en la pésima situación actual? A muchos jóvenes puede parecerles una pregunta extraña, porque el mundo de los años noventa es un mundo lejano del que, por experiencia directa, casi no saben nada. Pero sí conocen los términos de la Crisis Financiera Global, el imperialismo liberal y el Consenso de Washington.

Aunque no puede decirse que el mundo actual sea “mejor”, creo que puede afirmarse con bastante seguridad que el mundo de los años noventa fue un mundo de una hipocresía sin parangón y de ideas que casi todas resultaron ser erróneas. Las repasaré enseguida. Para empezar: ¿qué decía Hannah Arendt sobre la hipocresía? “Lo que hace tan plausible suponer que la hipocresía es el vicio de los vicios es que la integridad puede, en efecto, existir bajo la cobertura de todos los demás vicios excepto este. Solo el crimen y el criminal nos enfrentan a la perplejidad del mal radical; pero solo el hipócrita está realmente podrido hasta el tuétano.” (Sobre la revolución).

Puede que Arendt exagerara, porque la hipocresía es una condición necesaria para que exista cualquier sociedad: demasiado poca la vuelve violenta y áspera, pero demasiada –y en eso tenía razón– la pudre.

¿Cuáles eran los remedios milagro de los años noventa?

La financiarización es buena. Se pensaba que, tanto a nivel interno como internacional, una mayor financiarización haría que individuos y países crecieran más rápido. Era un sustituto de la igualdad económica: cualquiera que quisiera estudiar o tuviera una buena idea podía endeudarse fácilmente y hacerse rico. Los individuos podían hacerlo dentro de un país, y los países pobres dentro del mundo. Como escribió John Rawls en su muy noventero El derecho de gentes, los países pobres podían endeudarse fácilmente con la “Sociedad de Naciones” y resolver sus problemas. Un sector financiero profundo era una panacea. ¿Curó realmente todo? No. La libre circulación de capitales entre países provocó la crisis financiera asiática, que llevó a fuertes caídas de ingresos en Corea del Sur, Malasia, Filipinas e Indonesia, y más tarde se extendió a Rusia y América Latina. Luego, en 2007-08, la liberalización financiera sin control en Occidente, combinada con una elevada desigualdad, causó la Crisis Financiera Global y una recesión. Los responsables de la recesión fueron rescatados por el gobierno; los perdedores quedaron abandonados. Así que la verdad de los noventa resultó ser falsa.

Las sociedades multiétnicas son buenas. Mientras esto se afirmaba en público, las élites y los medios apoyaron la desintegración de federaciones multiétnicas excomunistas en Europa y África (Etiopía). ¿Cómo era posible que la multietnicidad fuera buena en una parte del mundo y mala en otra? La respuesta es que la teoría solo funcionaba si se pensaba en términos de crudo realismo político: rompamos a quienes consideramos enemigos para hacernos más fuertes. Era una mentira edulcorada. Y cuando la multietnicidad pasó a ser un problema en Occidente, se levantaron obstáculos cada vez más fuertes a la libre circulación del trabajo. De forma muy notable en Europa, que se rodeó de vallas electrificadas (ostentosamente derribadas en 1989 en la frontera entre Hungría y Austria) y de lanchas rápidas en el Mediterráneo para protegerse de aquello que sus élites decían apoyar ideológicamente: la multietnicidad. La verdad de los noventa resultó ser falsa.

Los países pobres pueden hacerse ricos con facilidad y deberían hacerlo. Se afirmaba que los países ricos y sus élites estaban deseosos de ayudar a los países pobres a salir de la pobreza. Los países pobres lo eran porque eran corruptos e incapaces de utilizar el conocimiento tecnológico existente en el mundo. La transferencia de tecnología y la aplicación del principio de la ventaja comparativa eran deseables; solo la corrupción de los países menos desarrollados impedía ambas cosas. Pero cuando China utilizó ese conocimiento tecnológico mundial y se adelantó al resto del mundo, de pronto el relato cambió: ahora los pobres estaban robando la tecnología que legítimamente pertenecía a los ricos. La verdad de los noventa resultó ser falsa o, más exactamente, lo que se afirmaba no se creía de manera sincera.

El gobierno es el problema. Todo podía hacerse mejor por el sector privado. Excepto cuando la combinación de sector privado y Estado barajó las cartas en el mundo e hizo que China creciera a tasas de dos dígitos: entonces el mantra cambió; el Estado debía aplicar políticas industriales, levantar barreras de seguridad y defenderse.

Así, casi todo lo que se creía en los años noventa resultó ser erróneo o fue interesado. El dominio incontestado de la hipocresía relegó cualquier opinión audaz o alternativa a la franja de los lunáticos. La libertad de expresión en la parte ideológicamente dominante del mundo no estaba controlada por una policía del pensamiento, sino por los mandarines del conocimiento y por los requisitos del éxito. Asfixiaron el pensamiento y crearon un lenguaje de madera que distorsionaba la realidad. Todo el mundo sabía qué pensar (o al menos qué decir) para prosperar. Fue un periodo ideológicamente yermo en el que los clichés se consideraban los logros últimos del pensamiento humano. El mundo actual puede no ser mejor, pero es sin duda intelectualmente más libre.

Publicado originalmente en el Substack del autor.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.


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