El personaje del… 2012

¿Quién fue el personaje del 2011 y quién lo será en el 2012? 
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En los últimos días he regresado, en sobremesa, a una de esas conversaciones ociosas propias de esta época: ¿tiene algún valor periodístico la costumbre de elegir a hombres y mujeres del año? Muchos colegas dicen que no, que es sólo una manera de llenar planas o tiempo aire. Algo de razón tienen: salvo contadas excepciones, como aquel terrible tsunami en el sureste asiático o el levantamiento zapatista del 94, encontrar noticias en los últimos días de diciembre es una labor titánica. Aun así, soy de los que piensan que la reflexión sobre las figuras emblemáticas del ciclo que termina puede resultar valiosa. Algo se aprende al mirar atrás para revelar protagonistas.

En 2011, está claro que el hombre del año en México tiene que ser Javier Sicilia. Como bien explicaba Ciro Gómez Leyva hace unos días en Milenio, el dolor de un país entero encarnó en la inmensa tragedia de Sicilia. Cualquiera que haya sentido aunque sea mínimamente el poderoso peregrinar de las marchas que organizó y encabezó Sicilia puede dar fe de cómo aquello fue —y, sobre todo, puede llegar a ser— un parteaguas en la historia moderna mexicana. No fue el primero ni será el último en lograrlo, pero es indudable que Sicilia consiguió, desde su singularísima voz de poeta, explicar nuestra desgracia y abrir un nuevo capítulo en la vida de la sociedad civil en México. ¿Y en cuanto al mundo? En ese caso, mi candidato a personaje del año no es el manifestante anónimo que ha preferido Time, sino alguien mucho más específico. Mohamed Bouazizi, el tunecino quien, en un acto de terrible valentía, se inmoló y, sin sospecharlo, comenzó el proceso de cambio que, de tan vertiginoso, resulta todavía difícil de predecir y hasta de entender.

Pero más allá de nombrar a los personajes del año que termina, me resulta más interesante escoger, desde ahora, al que debe ser el protagonista del 2012, por lo menos en nuestro país. No me refiero a ninguno de los candidatos a presidente de México, aunque la tentación de elegir al ganador o ganadora como el personaje del año será inevitable. Me niego a pensar en el triunfador de la elección como el hombre o mujer del año a priori, porque esa sí me parece una mala costumbre. Mala cosa darle al político un protagonismo excesivo, esa suerte de unción tan mexicana. Para mí, el personaje del año que comienza debe ser el elector mexicano.

Desde el 2006 —e incluso antes— el votante mexicano (cualquiera y todos) ha sido no sólo subestimado sino maltratado. Por varias razones que rebasan el espacio de esta columna, la clase política mexicana ha optado por reducir la libertad de expresión y no ha sabido darle al elector maneras alternas de ampliar su crecimiento como ciudadano. Al reducir las campañas políticas a una serie de innumerables y repugnantes spots, los partidos han atentado contra la salud democrática. Lo mismo ocurre con todo aquello que reduzca la libertad para contrastar posiciones, personalidades y plataformas. No hay vuelta de hoja: la censura, incluso la “bien intencionada”, erosiona la vida democrática. El propósito de cualquier sociedad libre debe ser ejercer un voto razonado, informado y cívicamente maduro. Para nuestra desgracia, la democracia mexicana tiende, al menos por ahora, a la simplificación del elector y su conciencia ciudadana. Es una auténtica pena, pero me parece ineludible que una sociedad que no aprende a escoger de manera crítica a sus gobernantes tiende a degradarse. Por eso hago votos porque, por obra de algún milagroso acto de humildad y sensatez colectiva, los medios de comunicación, los políticos y las autoridades electorales logren que el proceso de votación del 2012 sea una fiesta que celebre al elector y su proceso —sabio, crítico— de decisión. No creo exagerar si digo que el futuro de México depende de ello.

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