El pinganillo, el castellano y la construcción nacionalista

La diputada por Barcelona Cayetana Álvarez de Toledo se negó a usar traducción simultánea en una entrevista en la televisión pública catalana. No es la primera vez que la cadena da más importancia a la lengua que a la comunicación y el entendimiento.
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Cuando falleció el escritor Juan Marsé, un telediario de TV3 lo definió como “un escritor barcelonés que escribe en castellano”. En ningún momento fue definido como catalán, a pesar de que él se consideraba un “escritor catalán en castellano”. Porque para el nacionalismo catalán un escritor antinacionalista que escribe en castellano no es catalán.

A estas alturas, asumir que el problema del nacionalismo catalán no es lingüístico es ingenuo. Si no fuera así, la televisión pública TV3 (que según el organismo regulador de los medios catalanes (CAC) tiene un sesgo marcadamente nacionalista) alternaría constantemente entre el castellano y el catalán, como debería ser normal en una sociedad bilingüe. No es así. Y de hecho, las pocas veces que lo hace los nacionalistas ponen el grito en el cielo. Cuando la serie Drama, producida por TVE, mezcló el catalán y el español en una proporción 70-30% se formó un agrio debate. La cadena se justificó diciendo que quería representar más fielmente la realidad catalana. Pero no se acercó ni remotamente: el porcentaje debería ser al contrario. Un 52,7% de los catalanes considera que su lengua inicial es el castellano, frente a un 31,5% que dice que es el catalán. Pero si TV3 se acercara a la realidad lingüística catalana no sobreviviría ni dos semanas. 

Pero ¿no es la función de TV3 la promoción del catalán? Así lo defienden no solo los independentistas, también los catalanistas. Es una decisión política: se prioriza la supervivencia de una lengua frente a la convivencia y la paz social en una sociedad bilingüe; la construcción nacional frente a los derechos de los castellanoparlantes y su visibilización y representación. 

Al hacer esto, al ignorar sistemáticamente la lengua mayoritaria de los catalanes (el castellano), una lengua como el catalán, que debería ser tan de todos como el castellano, acaba instrumentalizada políticamente. Por eso las iniciativas independentistas castellanoparlantes (como Súmate, promocionada por Gabriel Rufián) no tienen nada de influencia: los nacionalistas catalanes no disocian el catalán del nacionalismo catalán. Por eso Marsé no era catalán: escribía en castellano. 

Si no fuera así, si realmente el conflicto catalán no tuviera nada que ver con la lengua, a Salvador Illa no lo criticarían por hablar en castellano en el Parlament (como hizo Josep Ramoneda hace unos meses), y en TV3 habría independentistas hablando en castellano. Tampoco se usaría en las ficciones de la cadena el castellano como la lengua del “Otro”: como en el programa infantil L’au pair, en el que uno de los personajes dijo en castellano: “Soy el calamar gigante. Vengo a comerme a la princesa”. Y añadió después en catalán, “hablo castellano porque así parezco más malo”. (Hay muchos más ejemplos, especialmente en el programa Polònia).

Al usar exclusivamente el catalán, la televisión de todos se vuelve una televisión de parte. La justificación de los nacionalistas es: el catalán está en minoría frente a la presencia global del castellano y de alguna manera hay que defenderlo. Quien quiera ver la tele en castellano, que vea el resto de cadenas españolas. Es una lógica muy retorcida que también se usa cuando se critica la escuela solo en catalán: la cultura española es dominante, que los niños aprendan catalán en la escuela y castellano en la tele española. (Esto es algo que posiblemente cambie: el Tribunal Supremo ha rechazado el recurso de la Generalitat a una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña donde exigía que se den en las escuelas catalanas un 25% de clases en castellano. Es decir, si la Generalitat no cumple, algo que ha prometido que hará, estaría prevaricando). 

La lengua por encima de todo. Por encima de la educación (no se aprende igual una lengua viendo la tele que yendo a clase, claramente), por encima de la convivencia, por encima de la comunicación. Cuando la semana pasada Cayetana Álvarez de Toledo acudió a TV3, se le ofreció un pinganillo, ya que la entrevista sería en catalán. Ella se negó. Tanto la entrevistadora como la entrevistada compartían una lengua. Pero la cadena prefirió extranjerizar a la invitada con una traducción simultánea. Algo parecido ocurrió en 2018 en una entrevista surrealista al exalcalde de Medellín Sergio Fajardo: la entrevista era en catalán y Fajardo llevaba un pinganillo, pero no conseguía entender la traducción simultánea. La entrevistadora no cambió al castellano, la lengua común, para resolver el problema y fue la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, la que acabó traduciendo las preguntas. La construcción nacional está por encima de todo. Y sin la defensa a ultranza de la lengua, especialmente ahora que el procés está muerto, no se puede construir nación.