El reto del poeta

Sicilia tiene la obligación de la seriedad. Dado el papel que se ha ganado, no puede calificar de “albazo” un proceso legislativo que, aunque pudo no gustarle, no implica aprobación alguna de la Ley de Seguridad.
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Me ha decepcionado el Congreso. Como muchos otros, tengo la impresión de que diputados y senadores se dedican mucho más a cuidar sus intereses y los de sus partidos que a alcanzar acuerdos por el bien del país. Me queda claro que se han quedado sin excusas. Maestros en el arte de la retórica dilatoria, convencen a nadie cuando explican por qué esta reforma hay que discutirla ad nauseam, aquella otra permanece archivada o la de más allá no “defiende los intereses del pueblo”. Libres del verdadero escrutinio del electorado, que solo podría darse si existiera la reelección de legisladores, los diputados y los senadores temen solo a las represalias de los jerarcas de sus partidos, no de los votantes quienes, sin armas para exigir gran cosa, nos hemos vueltos meros espectadores. A base de aprobar leyes extrañísimas y únicas en el mundo, los legisladores se han blindado: solo ellos —los políticos y los partidos— pueden decidir, postularse, planear el proyecto del país. Viven en una auténtica burbuja. Por eso les resultó tan incómodo escuchar los reclamos y digerir el dolor de las víctimas aquella mañana en Chapultepec. Por eso a varios de ellos les pareció un ejercicio tan irritante, tan injusto: ¿con qué derecho, con qué legitimidad institucional iban ahí esos meros ciudadanos a reclamarles a ellos, sultanes de su miserable coto de poder?

Me simpatiza, en cambio, Javier Sicilia. Le creo a Sicilia. Creo en su buena fe. Me parece notable su valentía. Como Alejandro Martí —aunque por vías muy distintas—, Sicilia ha transformado su dolor en una misión de vida. Desde la poesía y la reflexión, Sicilia ha conseguido varias cosas extraordinarias. Primero, ha reunido las voces de las víctimas. Es gracias a él que hemos podido escuchar ampliamente a Julián Le Baron y Julio César Márquez, dos hombres que, como Sicilia, emergieron de la tragedia indecible para buscar el “nunca más” que ha dado sentido a la vida de otros sobrevivientes a lo largo de la historia (como los que lograron salir con vida del Holocausto nazi, por ejemplo). Y ha sido gracias a Sicilia que los opositores al conflicto han hallado la coherencia que solo puede surgir de la mesura, no de la estridencia irreflexiva. El diálogo con el presidente Calderón fue muestra de ello. Sí: hubo reclamos y dolor, pero no hubo golpes en la mesa ni consignas políticas de la peor calaña. Y ha sido gracias a Javier Sicilia que las palabras han vuelto a tener peso. Esto último no es poca cosa. Desde hace algunos años nos hemos acostumbrado a soltar al aire términos injustos, mal utilizados. La palabra “fascista”, por ejemplo, se ha vuelto de uso común. Muy pocos de los que la usan como una etiqueta tienen la más mínima idea de la gravedad del término. En efecto: una sociedad que no sabe usar sus palabras es una sociedad condenada, al menos, a la confusión.

Pero precisamente porque me simpatizan Javier Sicilia y su causa, es que me parece tan grave lo ocurrido la semana pasada. Si Sicilia defiende el uso correcto y preciso del idioma no puede darse el lujo de la mentira, ni siquiera de la inexactitud. Tampoco puede darse el lujo del lugar común, del refugio del simplismo. A lo largo de los años, los textos de Sicilia dejaban entrever un cierto idealismo que arraigaba, supongo, en su fe y su poesía. Eso estaba bien en otros tiempos y desde otras trincheras. Pero no ahora. Sicilia tiene la obligación de la seriedad. Dado el papel que se ha ganado, no puede calificar de “albazo” un proceso legislativo que, aunque pudo no gustarle, no implica aprobación alguna de la Ley de Seguridad. De aquí en más debería evitar caer en la descalificación fácil y el pensamiento mágico, dos enormes enemigos de la discusión pública en tiempos graves. De no hacerlo, Sicilia corre el riesgo de perder la poesía en la neblina de la confusión política. Así le pasó, por cierto, a Ezra Pound, ese otro poeta que creía en el amor social y la filiación, pero que, inexplicablemente, cedió a pasiones políticas confusas y ruines (mucho peores, sobra decirlo, que las que nos amenazan hoy). Pound moriría purgando sus tropiezos a través de las palabras. Por México, Sicilia no puede darse ese lujo. No puede terminar cantándole a sus “errores” y sus “ruinas”. Esperemos que lo sepa.

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