El Santo Grial de Peña

Hasta los más entusiastas porristas del nuevo México, saben que no hay vuelta de hoja: sin reforma energética, el “momento mexicano” se volverá a escapar.
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La semana pasada moderé una mesa dedicada a México en la conferencia anual del Instituto Milken, que incluyó al ex embajador Arturo Sarukhan; el diplomático estadunidense John Feeley; Duncan Wood, quien dirige el Instituto México del Wilson Center en Washington, y el economista Jorge Suárez Vélez. Comencé advirtiendo las dos narrativas opuestas que provoca el México de hoy. Por un lado, la prensa extranjera parece enamorada del potencial mexicano. No hay semana sin que se publique algún texto optimista sobre las posibilidades del país. En el otro extremo está la narrativa más cautelosa —y, por momentos, mucho más pesimista— que prevalece en algunos círculos en México. Para un buen número de analistas mexicanos, el país no solo no promete gran cosa, sino que ha comenzado a perder ímpetu.

Pregunté a los participantes cuál de estas narrativas les resultaba más cercana a la verdad objetiva. Los tres avalaron la lectura más optimista. Compartieron cifras y tendencias alentadoras. Después, se refirieron con entusiasmo al proyecto de reformas en México. Elogiaron la reforma educativa y aplaudieron el ánimo antimonopolio de la reforma de telecomunicaciones. Pero lo más interesante fue el énfasis que pusieron en la reforma energética. Hablaron de ella como quien describe la condición sine qua non por excelencia: el Santo Grial del potencial mexicano.

Ayer, Carlos Puig explicó lo mucho que se juega el gobierno en los siguientes meses. Puig tiene razón. Desde hace tiempo creo que es posible leer la breve historia del gobierno de Peña Nieto desde una sola perspectiva: la preparación del terreno para la batalla definitiva que será la reforma energética. Si antes lo creía, ahora estoy plenamente convencido de que así es. Todo, desde las reformas ya aprobadas, el respeto obsesivo a las formas del Pacto, la cautela infinita a la hora de lidiar con encapuchados y otros provocadores y hasta el manejo de la visita de Obama, con todo y el discurso diseñado específicamente para respaldar la agenda de reforma, todo tiene un solo propósito: ganar esa batalla fundamental que será la reforma energética profunda, que hará cambios que provocarán, de manera previsible, una reacción furiosa. Aunque el gobierno nunca lo haya explicado así, es evidente que le ha apostado todo a esa reforma, con ese calibre.

En la misma conferencia, alguien se me acercó para compartirme una reunión que había tenido antes de la elección del año pasado con Emilio Lozoya, actual director de Pemex. Lozoya, entonces encargado de asuntos internacionales para la campaña de Peña Nieto, prometió a diestra y siniestra la reforma energética. La posibilidad de la reforma era, en muchos sentidos, su carta de presentación con inversionistas y expertos. De acuerdo con mi interlocutor, Lozoya resultó persuasivo: muchos de quienes lo escucharon se quedaron con la impresión de que, una vez en el poder, el nuevo gobierno mexicano se las arreglaría para proponer y aprobar una reforma energética de verdad histórica, que abriera las puertas a la inversión, modernizara Pemex y ayudara a México a aprovechar, entre muchas otras cosas, su enorme potencial como, por ejemplo, productor de gas no convencional. No me sorprende que Lozoya haya ofrecido las perlas de la virgen. Después de todo, en el editorial que publicara en el número especial de The Economist sobre el año 2013, el mismo Peña Nieto prometía “implementar una reforma de grandes alcances en el sector energético”. De ese tamaño era —y es— la promesa con la que Peña Nieto y los suyos llegaron al poder.

Ahora el gobierno mexicano está obligado a cumplir. El equipo del presidente se ha pasado meses (quizá años) preparando el terreno. Y seguramente sabe que no puede haber medias tintas. “Lo único peor que la ausencia de una reforma sería una mala reforma”, dijo Jorge Suárez Vélez a manera de colofón durante la conferencia de la semana pasada. Sus compañeros de mesa asintieron. Todos, hasta los más entusiastas porristas del nuevo México, saben que no hay vuelta de hoja: sin reforma energética, el “momento mexicano” se volverá a escapar.

 

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