El castigo colectivo a un individuo es más duro que la mayoría de las faltas que un individuo pueda cometer. Escribe Albert Camus que el Marqués de Sade, amante de ejecuciones refinadas, teórico del crimen sexual, no soportaba el crimen legal. “Su odio es hacia quienes creen suficientemente en su virtud, o en la de su causa, para atreverse a castigar, y definitivamente, cuando ellos mismos son a su vez criminales”. Cita a Charles Nodier: “Matar a un hombre en el paroxismo de una pasión se comprende. Hacerlo matar por otro en la calma de una meditación seria, y bajo el pretexto de un ministerio honorable, es incomprensible.” Como escribe Hannah Arendt, los funcionarios del nazismo serían incapaces de hacer daño a una mosca en un arrebato de pasión, pero no tienen inconveniente en participar en la maquinaria del asesinato masivo. Si la moralidad une a los grupos de personas y favorece la cooperación hacia dentro y la competencia hacia afuera, el funcionario nazi es el paradigma del hombre virtuoso: actúa moralmente, en tanto que hace lo que se espera de él.
El castigo colectivo al individuo, ya sea en forma de procesos judiciales, linchamientos o acusaciones públicas, es dañino por su propia naturaleza: cercena el vínculo de la persona con la comunidad. Ese vínculo es lo que nos hace humanos, nos mantiene cuerdos y da sentido a nuestra vida. Todas las formas de trascendencia y espiritualidad surgen de él.
Pero el individuo también puede hacer daño a la comunidad: precisamente en lo que su acto haya atentado contra la moralidad. Un asesinato es un crimen moral y material; la blasfemia contra una bandera, una religión o una ideología es solo un crimen moral. Ese acto hace daño por la misma lógica anterior: atentar contra la moralidad es cuestionar a la propia comunidad que queda definida con ella. Quienes más necesitan la comunidad más se ofenden. (Pero ese acto también mide la tolerancia de la comunidad y puede conducir a una mayor libertad: ese es su valor.)
Sade es el paradigma del hombre inmoral: solo cometió crímenes morales pero estuvo eternamente encarcelado. A través de Juliette sugiere que si queremos cometer un crimen que perdure más allá de nuestra propia vida, escribamos. De ese modo encontraremos una nueva víctima en cada lector. Pero para este crimen eterno Sade necesita a Errejón. A quienes, como él, convierten actos intrascendentes en pecado.
Errejón es el paradigma del hombre moralista. Impulsó la idea de que los conflictos afectivos son delitos contra la comunidad. Es decir, los moralizó. Levantó a su alrededor un muro emocional infranqueable que cambia su escala, los deshumaniza y hace que necesiten del castigo colectivo para ser reparados.
No se puede, al mismo tiempo, elegir el crimen para sí y el castigo para los otros, escribe Camus. A Íñigo Errejón esta idea se le aplica de ida y vuelta: la moralización de los conflictos entre personas se ha vuelto contra él. Ahora solo cabe el castigo colectivo. Nos convertimos en el sujeto de la frase de Camus: el funcionario gris de la maquinaria de los algoritmos y la moralidad.
Acaso lo sea yo con esta perorata. Pero la acción individual es indiferente: haga lo que haga, el mecanismo de la comunidad para purificarse de las personas inmorales es imparable.