Habermas murió del susto

La política es telebasura. El ejemplo más lisérgico es la figura de Sarah Santaolalla y lo que rodea: una España tan negra que a su lado las Hurdes de Buñuel parecen la Toscana.
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La política ya es solo telebasura. El ejemplo principal es Estados Unidos, dirigido por un presidente que es una mezcla de pufista inmobiliario y estrella de reality show. Como en otras ocasiones históricas, Italia fue pionera. También en España la política es telebasura, aunque a nuestro estilo, porque todas las familias infelices, etc.

El ejemplo más lisérgico es la figura de Sarah Santaolalla y lo que la rodea: una España tan negra que a su lado las Hurdes de Buñuel parecen la Toscana. Una parte de esta psyop no es novedosa. En un país en el que hemos tenido décadas de terrorismo de extrema izquierda, donde un periodista recibió una paliza de unos radicales sin que el Gobierno tuviera nada que decir al respecto, donde los herederos de la banda terrorista participan en la redacción de las leyes de “memoria democrática” pero no ayudan a esclarecer cientos de asesinatos, y donde se intimida y ataca a quienes tratan de exponer sus ideas en universidades a través del socorrido expediente de llamarlos fascistas, se pretende que el gran peligro para la convivencia es la extrema derecha, que es todo lo que esté a la derecha del Gobierno. Como no resulta fácil documentar ese peligro, se le llama odio (u hodio) y se dice que sucede en las redes sociales. Por supuesto, los odiadores son esos tipos detestables que critican al gobierno. 

La herramienta contra la desinformación, el odio y la polarización se presentó en un acto cuya mejor crónica es el último episodio de Las noches de Ortega. Como buena parte de las cosas que comunica el Gobierno, era un cruce de maniobra de distracción y martilleo antiliberal. Pero, sin pretenderlo, ha incluido un experimento natural fascinante. Desde hace tiempo el Gobierno alerta contra los bulos y la desinformación. Al mismo tiempo, sus espadachines sostienen que las denuncias falsas son una anécdota estadística y que quien las señale no se preocupa por la violencia contra las mujeres. Y no digamos esos desalmados que afirman que el feminismo se puede instrumentalizar. Gracias al episodio de Santaolalla, hemos visto en directo como una persona se inventaba una agresión (de Vito Quiles, otro personaje puramente telebasuril), y como el Gobierno la colocaba en un acto propagandístico en calidad de símbolo de las víctimas y le ponía escolta (a pesar de que una magistrada había considerado que no había situación de riesgo, y a pesar de la escasez de recursos). Por supuesto, la actuación del Gobierno revela su desprecio a la verdad, a la violencia contra las mujeres, a lo público y a las verdaderas víctimas. Pero sobre todo es una demostración pedagógicamente extraordinaria.

Dicen que Jürgen Habermas vio el vídeo del acto y no murió de viejo sino del susto.

Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.


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