La confesión de Semprún y Montand: una amistad imperecedera

Este verano se cumple medio siglo del inicio de rodaje de 'Las dos memorias', el único documental del escritor español, apenas conocido hoy en día.
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La efeméride coincide con la aparición del libro Ivo y Jorge (Tusquets, 2022), un bello relato del realizador y escritor francés Patrick Rotman en el que construye, de forma alternada, la biografía de quienes fueron dos queridos amigos para él: Yves Montand y Jorge Semprún. La obra no aporta ningún gran hallazgo de la biografía de los dos protagonistas, ya que se construye sobre los hechos más conocidos: la infancia feliz, la huida con el inicio de la Guerra Civil, la participación en la Resistencia, el infierno de Buchenwald, la clandestinidad comunista en la España franquista y sus éxitos literarios, en el caso del escritor; y la huida a Marsella, el inicio en la canción, sus milagrosas escapadas de las garras de Vichy, su relación con Simone Signoret o su proyección internacional en el mundo de la música en el caso del también actor. El gran interés del libro reside en el modo en que construye la historia hasta entrecruzarse los caminos, en los diálogos sinceros que mantiene Rotman con ambos, en los que se revelan estados de ánimo y sentimientos propios de cada época vital.

Resulta también de gran interés cómo confronta al dúo protagonista frente al espejo de su pasado. La historia se inicia en Moscú, en 1990. Allí se encuentran Semprún, Montand y Konstantinos Costa-Gavras frente a un auditorio lleno. La Unión Soviética está desmoronándose, y ese colapso y la apertura propiciada por la perestroika han posibilitado lo que poco tiempo atrás parecía impensable: una presentación pública del filme La confesión (1970), con la presencia del guionista, actor principal y director, respectivamente.

La película toma como base el relato homónimo de Artur London, víctima de las purgas estalinistas que sufrieron antiguos miembros del Partido Comunista Checoslovaco en 1952, en el juicio farsa de inconfundible carácter antisemita conocido como Proceso Slánský –o Proceso de Praga–, en el que once de los catorce acusados fueron condenados a muerte, acusados de “complot sionista contra el Estado”, y donde London evitó la horca milagrosamente al ser condenado a cadena perpetua. London había combatido en las Brigadas Internacionales en España, y fue resistente durante la ocupación nazi de Francia, pasando por Mauthausen. Resulta muy interesante que Rotman inicie y concluya su relato con el coloquio moscovita sobre La confesión, ya que el suceso en que se centra la historia había dejado heridas en ambos protagonistas por sus respectivas actuaciones.

Semprún fue claro en sus escritos y declaraciones posteriores. Se arrepentía de haber mirado hacia otro lado durante los juicios de 1952, cuando leyó que Josef Frank, su antiguo camarada del campo de concentración de Buchenwald, era condenado a muerte. Decidió permanecer en silencio y no denunciar el sinsentido. ¿Cómo iba a ser un traidor una pieza clave del engranaje clandestino comunista del campo? Prefirió la mentira dentro del Partido a la verdad fuera de este, como recuerda en Aquel domingo (1980). Montand, por su parte, es preguntado, tras conocerse el veredicto, por un periodista de Le Figaro, como recoge Rotman. El marsellés de adopción contesta con una frase que Paul Éluard había dicho años atrás: “Tengo demasiado que hacer con los inocentes que proclaman su inocencia para ocuparme de los culpables que proclaman su culpabilidad”. Por lo tanto, ser guionista y actor protagonista de La confesión significa, para Semprún y Montand, respectivamente, una forma de sanar las propias heridas causadas por la ceguera ideológica, y ello le permite a Rotman, al mismo tiempo, enfrentar a ambos amigos a un pretérito del que no siempre salieron indemnes.

Tan solo dos años después del estreno del filme que sirve de eje a Ivo y Jorge, el siguiente proyecto en que se enrolan escritor y cantante es Las dos memorias. El rol de Montand en este documental es, más allá de la secuencia descrita al inicio, escaso. Semprún había llegado a la industria del cine siete años atrás, donde trabajaba su segunda mujer, Colette Leloup, como montadora. Pero lo había hecho como guionista, estrenándose en el excepcional filme de Alain Resnais La guerra ha terminado (1966). Resulta toda una sorpresa su decisión de ponerse tras la cámara, una experiencia que, por otra parte, nunca más repetirá.

Las dos memorias es un trabajo singular en la producción sempruniana, y no solo por ser su única creación como director. Es, además, la única obra de su carrera que consagra por entero a la Guerra Civil española, sus circunstancias y sus consecuencias; suceso que marcó su juventud, ya que se exilió en septiembre de 1936 y no volvió a su Madrid natal hasta 1953, como comunista clandestino. Asimismo, y a diferencia de lo que ocurre en buena parte de sus memorias y novelas, la ficción no tiene cabida en su mensaje: se trata de un documental tradicional, cuya estructura se compone de los testimonios de los entrevistados, así como de diversas imágenes de archivo y una mínima narración en off por parte del propio director. Se podría considerar Las dos memorias como el personal ensayo sobre la contienda bélica española de Semprún. El principal tema –aunque no el único– es la confrontación que hubo en el campo de las fuerzas que formaban el Frente Popular y que se defendían de la insurrección de los sublevados, así como el apogeo de las luchas internas en los trágicos hechos de mayo de 1937, entre los comunistas, con instrucciones de Stalin y el manejo armamentístico, por una parte, y, por otra, los sindicalistas y poumistas. Guerra o Revolución. Entre los entrevistados por Semprún se encuentran Federica Montseny, María Casares, Wilebaldo Solano, Fernando Claudín, Simón Sánchez Montero o Santiago Carrillo –al que no deja en buen lugar–, pues el filme se puede concebir como la crítica del director a la visión oficialista de la guerra que seguía dando, en el verano de 1972, el PCE. También son entrevistados dos miembros del bando de los vencedores de la guerra, aunque en el momento de rodaje estos ya eran reconocidos disidentes del franquismo, Dionisio Ridruejo –gran amigo del director– y José María Gil Robles.

Las dos memorias solo pudo estrenarse, por motivo previsible de la censura, en Francia, en 1974, y llegó a España ya en democracia. Fernando Trueba escribió una interesante reseña en su estreno de 1978. Es una pena que, cincuenta años después del inicio de su rodaje, el filme-documento de Semprún apenas sea conocido en su país. El escritor se desprendió pronto de su trabajo, y apenas lo refirió, hasta que procuró rescatarlo en 2008, cuando su amigo Costa-Gavras era presidente de la Cinemateca Francesa, única institución que conservaba una copia del documental. Gracias a la web del organismo galo, el trabajo se ha podido ver, con subtítulos en francés y español, durante unos meses. En Filmoteca Española solo existe una copia en el original en francés, sin subtitular y no en el mejor estado. Sería preciso, medio siglo después, recuperar y tratar de difundir una obra única, de gran interés para la memoria y la historiografía nacional, de uno de los autores emblemáticos del convulso siglo XX. 

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