La verdadera lacaya del imperio

Mientras el discurso del gobierno venezolano sigue hablando de revolución antiimperialista, la presidenta Delcy Rodríguez coopera absolutamente con el imperio.
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“Happy New year”, saludó el dictador venezolano Nicolás Maduro al personal de la cárcel del Centro Metropolitano de Detención en Brooklyn, Nueva York.

Qué hombre tan amable, si se toma en cuenta que su gobierno tiene el mayor número de prisioneros políticos del hemisferio occidental y está acusado de crímenes de lesa humanidad. ¿Cómo se sintió el todopoderoso, ahora reducido a un preso por delitos comunes, junto a Cilia Flores, madre, tía y esposa de malandros, y ella misma una malandra que perdió todo el poder que tuvo una vez que su marido se convirtió en dictador? Flores fue presidenta de la Asamblea Nacional, nada menos, además de ocupar un alto cargo en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Acostumbrada a insultar, humillar y ejercer su influencia, Flores quedó reducida a la sombra del marido, un militante de izquierda que pasó del sindicalismo del Metro de Caracas a los más altos cargos dentro de la llamada Revolución Bolivariana. Así paga la revolución a las mujeres.

Pero este detalle es lo de menos, eclipsado por la posibilidad de que la limpia extracción de la pareja dictatorial, apenas obstaculizada por guardias cubanos que murieron tratando de protegerla, sea la prueba de una traición dentro de las filas revolucionarias. El hijo, Nicolás Maduro Guerra, lanzó un audio dramático –con ese tono heredado de la épica revolucionaria del siglo XX– en el que proclamaba que la historia pondría en claro la verdad sobre el “secuestro” de su padre.

Hasta ahora se reconocen ochenta personas fallecidas, de las cuales lamento la muerte de dos civiles. Fuerte Tiuna, la principal instalación militar venezolana, no fue defendida. El cruel ministro de Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, había prometido Vietnam y más Vietnam. ¿Sabe la poca gente que le queda al chavismo a qué se refería con la mención a este país asiático, ejemplo de resistencia al imperialismo yanqui hace más de sesenta años? No. La frase es del psicópata del Che Guevara, invasor él mismo de países extranjeros para derrocar gobiernos, y pertenece a una época muy lejana para las sensibilidades actuales. Nadie quiere heroísmo, porque el que teníamos lo sacamos a relucir en grandes manifestaciones contra la dictadura y en ganarle, contra viento y marea, unas elecciones. Del lado de la dictadura no hay valentía.

Tuve la oportunidad de ver a un joven sargento, muy obeso para ser militar y para su edad, hablando ese peculiar dialecto heredado de la podredumbre de estos años: en cada frase, ocho groserías por cada diez palabras. Algo así como: “salimos –nojoda– corriendo –la mierda– para –coño– protegernos –marico–; esa mierda asusta”. No es fácil de entender, qué duda cabe. El armamento ruso, las milicias, la rodilla en tierra del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López –llamado así por Vladimir Lenin–, no se hicieron presentes.

“Sálvese quien pueda” es la consigna.

La extracción de Maduro y Flores bastaría para una novela de espías, pero más interesante resulta la situación en la que quedó el país. Donald Trump, feliz de un poder que se adecua a sus requerimientos, habló horas después. Con una frase –nice lady– pulverizó a la mayor líder de Venezuela, María Corina Machado, quien se ganó ese liderazgo de manera orgánica, en el terreno mismo, dentro del país. Las burlas a Machado en los diarios occidentales han sido crueles, pero el que ríe de último ríe mejor, pese a que su actitud frente a Donald Trump no me complace, porque no se parece a ella.

Llama la atención que Venezuela se debata entre dos liderazgos femeninos: uno, el ilegítimo de Delcy Rodríguez, antes vicepresidenta de Venezuela; y otro, el verdadero –por ahora eclipsado internacionalmente–, el de Machado. Miguel Ángel Martínez Meucci, colaborador de Letras Libres, me dijo en una conversación informal que el imaginario de la telenovela también conforma las sensibilidades políticas: Machado tiene el perfil de las malas, opuestas a la pobre y humilde muchacha protagonista. La realidad es otra, y millones de venezolanos saben muy bien que la vida no funciona así.

Delcy no tiene perfil de protagonista de telenovela, pero sí de personaje de carácter. El machismo no perdona en Venezuela y se le ha visto como una pobre mujer, cuando tiene un altísimo perfil político y mucha preparación. Es una vengadora. Ella y su hermano, el psiquiatra Jorge Rodríguez, con sus actitudes de Hannibal Lecter, se han cobrado la muerte de su padre, Jorge Rodríguez, un secuestrador que murió torturado en la cárcel y cuyos verdugos fueron castigados. Los venezolanos hemos pagado con sangre, ruina y humillación la muerte de un delincuente de izquierda. Jorge Rodríguez, como presidente del parlamento, juramentó a Delcy como presidenta de Venezuela.

Qué momento.

Pero lo más interesante es que Delcy Rodríguez es ahora la verdadera lacaya del imperio, no María Corina Machado. A Delcy Rodríguez le toca obedecer a Trump, a Marco Rubio, a Richard Grenell. Mientras, los paramilitares armados de Diosdado Cabello se pasean por las calles y los venezolanos reciben amenazas en caso de apoyar la extracción de la pareja dictatorial.

Curiosamente, se preserva la ficción de un control del discurso –el control de las calles es real– según la cual se sigue siendo una revolución antiimperialista, mientras Delcy Rodríguez publica un comunicado asegurando que habrá absoluta cooperación con Estados Unidos. El viejo mundo comunista cayó para siempre, pero dejó un resabio: ¿realmente la nomenclatura venezolana cree que puede mantener, en esta época, un discurso para el país y otro para el exterior? ¿A quién se quiere engañar con esto? ¿Al pueblo que les queda cautivo?

Esta disonancia no debe subestimarse como signo de una verdadera diferencia entre los civilizados Rodríguez –tan civilizados como fueron los famosos Borgia en Italia hace siglos– y el cerril exmilitar Diosdado Cabello, reducido a su ropa informal y su gorra que reza Dudar es traición. Por encima de todo, la nomenclatura debe estar pensando no solo en la política, sino en sus niveles de vida y en los de sus familias, ganados a costa del erario venezolano. Nadie quiere andar en metro cuando ha andado en un automóvil último modelo conducido por un chofer.

Es preferible ser lacayo del imperio. ~


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