Foto: Imago via ZUMA Press

Lula: la indignación selectiva

El triunfo de Flávio Bolsonaro en Brasil no es inesperado. Forma parte de un retroceso democrático al que la ahora sorprendida izquierda contribuyó.
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Luiz Inácio Lula Da Silva perdió ante Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, y difícilmente podrá remontar en la segunda. Las redes sociales han estallado y los comentaristas se han apresurado a pontificar: ganó el fascismo, el pueblo que no votó por la izquierda es imbécil, Estados Unidos está detrás de la victoria, la culpa es de la teología de la prosperidad pentecostal (otro invento gringo), los brasileños perderán derechos sociales y la Amazonía será entregada a la explotación capitalista. Para colmo, la victoria del bolsonarismo ha sido arrasadora en el Parlamento y en las gobernaciones, y el ganador está proponiendo reformas constitucionales, entre ellas evitar la reelección.

Sobra decir que Jair Bolsonaro saldrá libre, luego de su burda imitación de la turbamulta que se presentó en el Capitolio Federal de Estados Unidos cuando Donald Trump cantó fraude a raíz de la victoria de Joe Biden. No son los únicos que han armado escándalos cuando pierden elecciones y puesto en duda a las instituciones electorales: lo hizo Andrés Manuel López Obrador antes de llegar a la presidencia de México y también Gustavo Petro, quien cuestionó al mismo organismo que avaló su victoria electoral tras la derrota de Iván Cepeda, su candidato, en los comicios de junio pasado. El doble rasero siempre está presente: si mi candidato lo hace, apruebo; si lo hace el candidato opositor, desapruebo. La izquierda y la derecha, las dos neuronas con las que se entiende la política actual, impiden los necesarios acuerdos mínimos para preservar la democracia.

La izquierda ha reaccionado ante lo ocurrido como si hubiese caído un meteorito. No es así: el Partido de los Trabajadores (PT) ha gobernado la mayor parte del siglo XXI en Brasil, y eso lo ha llevado al desgaste típico de cualquier democracia. El personalismo de Lula no ayuda en lo más mínimo: ¿por qué el PT no ha logrado presentar otras candidaturas presidenciales? El filósofo brasileño Roberto Mangabeira Unger, a quien nadie puede acusar de ser un pensador de derechas e incluso fue funcionario en uno de los gobiernos de Lula, ha señalado un defecto, compartido con la izquierda de otros países latinoamericanos: la vasta red clientelar de programas de transferencia de renta (Bolsa Familia, la explotación laboral de los médicos cubanos en el pasado, etc.) asociados a la figura del presidente. En lugar de propiciar una gran revolución productiva de la mano del conocimiento y la innovación, la izquierda se queda en el clientelismo, la consigna y una inclusión que sacrifica audacia y calidad en función de la ideología. Es la apuesta de los gobiernos de Morena en México, y la que se hizo en el pasado en Venezuela cuando todavía el chavismo contaba con el voto popular y no se había convertido en una dictadura atroz. El viejo populismo latinoamericano remozado con consignas antiimperialistas y políticas feministas. Desde luego, Lula no es Maduro, para fortuna de Brasil.

Es evidente que el bolsonarismo tiene una gran pegada popular, lo cual lamento profundamente porque la mezcolanza entre política y religión (en la que también cae la izquierda), el conservadurismo como política de Estado y el perfil de masculinidad de la Edad de Piedra que exhibe el clan Bolsonaro me resultan insufribles y peligrosos. Todo apesta al militarismo rampante de Hugo Chávez, que, aunque idolatraba a Fidel Castro, visitó al ex dictador de derecha venezolano Marcos Pérez Jiménez durante su campaña en 1998. El conservadurismo no cayó del cielo y forma parte del retroceso educativo, democrático y cultural de la época. Hay que decir que la izquierda latinoamericana colaboró no solo con sus errores, lo cual es inevitable en la lucha política, sino con su vocabulario pedestre y fanático: caracterizar como derechistas neoliberales y cuasi fascistoides a Fernando Henrique Cardoso, Aécio Neves, Gustavo Duque o Sebastián Piñeira no respondía a la realidad. Así mismo, dividir a los votantes entre blancos y no blancos, fascistas y socialistas, buenos y malos no parece la mejor opción para captar votos.

Ahora sí llegó la derecha “pelúa”, adjetivo venezolano que refiere a lo que da miedo con razón. Se trata de una derecha que efectivamente sospecha del feminismo y los derechos LGBTQ, viene con la consigna de poner orden y promete seguridad con megacárceles a la Bukele. Hay que enfrentar la realidad de nuestros países y dejarnos de la necedad de considerar a Estados Unidos como el culpable de las victorias de estas derechas iliberales: el conservadurismo popular es muy real y viene del ascendiente del cristianismo, tanto católico como evangélico, en la región. Una cosa es ser de centroizquierda o, incluso, socialista, para beneficiarse directamente de las políticas sociales y otra, muy distinta, apoyar el matrimonio igualitario y el aborto. Ha habido cuatro gobiernos del PT sin que el aborto haya sido aprobado. Además, la inseguridad de la región es un flagelo y la izquierda no ha sabido frenar el ascenso del crimen organizado. Por último: la alternabilidad democrática es un principio democrático. Brasil decidió para bien o para mal.

Ante el escándalo internacional por la derrota de Lula, vale la pena revisar la medida de la indignación respecto a las dictaduras de izquierda de la región. El robo de las elecciones en Venezuela en 2024 y el descaro repulsivo del sátrapa nicaragüense negado a medirse electoralmente no causaron la misma reacción; tampoco la dictadura cubana, que sigue siendo un ícono de la misma izquierda aterrorizada ante Bolsonaro y Abelardo de la Espriella. Es increíble la miseria moral que implica defender dictaduras de izquierda o callarse al respecto mientras se clama contra Bukele, de la Espriella o Bolsonaro.

La actitud del patriarca socialista con respecto a la democracia en la región ha dejado que desear: el escritor nicaragüense Sergio Ramírez escribió una carta abierta a Lula en la que solicitaba respetuosamente que no dejara la defensa de la democracia en Nicaragua en manos de Flávio Bolsonaro. Me recordó a cuando María Corina Machado le solicitó una reunión a la presidenta de México y esta dijo que no había ninguna razón para reunirse con la venezolana. Lo mismo le ocurrió a Machado con Gabriel Boric, Gustavo Petro y el mencionado Lula, quien se dio el lujo de regañarla, diciéndole que dejara de quejarse porque la dictadura le había quitado su derecho a participar en las elecciones. Ciertamente, Lula exigió a Maduro que se mostraran las actas electorales y recientemente trató a Delcy Rodríguez en términos de “empleada de Trump”, pero también nos dio la espalda en 2024 cuando dijo que su problema era Brasil, no Venezuela.

Es hora de defender la democracia, en lugar de aferrarse a las dos neuronas: izquierda y derecha. Los extremos políticos son peligrosos siempre. Hay quienes proponen un frente antifascista. Yo preferiría un frente prodemocracia. ~


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