Cuando el abogado de José Luis Ábalos le preguntó si era prostituta, Jessica Rodríguez respondió que era dentista colegiada, lo que inmediatamente hace pensar en “Si los impresionistas hubieran sido dentistas” de Woody Allen, aunque otros se escandalizaron de que le hicieran preguntas desagradables: qué será lo siguiente, dónde vamos a parar. Rodríguez dijo que cuando la trama corrupta le sugirió que cambiara de piso a otro más pequeño, ella se negó: prefería continuar en el apartamento de 2.700 euros al mes que le pagaban. “Ya se sabe cómo está el mercado de la vivienda en Madrid”, explicó. Es tremendo lo de los fondos buitre.
Por su parte, otra “exempleada vinculada”, como decía un medio, porque en el caso Ábalos/Koldo es más difícil encontrar las palabras que explicar los chanchullos, cuenta que nunca supo que estaba enchufada en una empresa pública: ¿cómo iba a hacerlo? Si Rodríguez no acudió nunca al puesto de trabajo en las dos compañías en las que estuvo contratada, Claudia Montes señaló que parte de su trabajo consistía en ir a la biblioteca de Oviedo y leer: escogía, eso sí, libros sobre trenes. (Ya se sabe que el ministerio de Transportes apuesta con fuerza por el fomento de la lectura y que Simone de Beauvoir recomendaba ser sistemático.)
Entre sus lecturas debía de estar un libro poético y alucinado como Sueños de trenes, del gran Denis Johnson, y quizá, por la combinación de raíles y anhelos, Un tranvía llamado deseo. Sin duda la ex Miss Asturias disfrutaría con Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie, Extraños en un tren, de Patricia Highsmith y Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo.
“El guardagujas” de Arreola demostraba la fatiga de la burocracia, que tanto ella como el ministro Ábalos conocían tan bien. Y El tren de las 3:10 a Yuma es de Elmore Leonard, garantía de entretenimiento. Nuestra mujer en Logirail posiblemente leyó El expreso de Estambul, de Graham Greene.
Quizá disfrutó con la peculiar policía Mike Hoolihan de Tren nocturno, de Martin Amis, y con la combinación de vanguardia, existencialismo y costumbrismo de Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal. Puede que leyera a dos historiadores apasionados por los trenes, Tony Judt y Orlando Figes, y qué decir de Anna Karenina.
No está confirmado que se acercase al tren ensimismado de José Bastida, que imaginó Gonzalo Torrente Ballester, pero sin duda le habría hecho gracia el guion de Con faldas y a lo loco de Billy Wilder e I. A. L. Diamond, que en inglés se llama Some Like It Hot y que, como todo el mundo sabe, termina diciendo que nadie es perfecto.