En la tarde del pasado sábado, 7 de febrero, nos ha dejado Pepe Tudela. Y nunca podremos perdonárselo.
Llegó José Tudela Aranda a Zaragoza en el año 1986 pertrechado con una sólida formación en Derecho y Ciencias Políticas adquirida en las universidades Autónoma y Complutense de Madrid. En el palacio de la Aljafería integró, junto con Manuel Giménez Abad, Vega Estella y Jerónimo Blasco, un grupo de excelentes letrados que ensamblaron el andamiaje jurídico de las Cortes de Aragón. Contemporáneamente entró en contacto con el seminario de Derecho Administrativo de la Universidad de Zaragoza y emprendió la elaboración, bajo la dirección del maestro Sebastián Martín-Retortillo, de su memoria de tesis doctoral. Abordó en ella el vidrioso problema de la competencia reservada al Estado por el art. 149.1.1 CE para que aquel proceda al establecimiento de las condiciones básicas de igualdad, que ni son bases ni, a lo que parece, garantizan igualdad alguna. El estudio cristalizó en su primer libro, al que dio por atinado título Derechos constitucionales y autonomía política.
Quedaban así tempranamente definidos los grandes temas de interés, las verdaderas pasiones intelectuales que Pepe habría de cultivar en los años venideros: la defensa del Estado constitucional de Derecho, el modelo parlamentario de Gobierno y la vocación universitaria de quien nunca abandonó las aulas, de quien nos hizo partícipes de sus saberes y anhelos. Durante su etapa como letrado mayor (1995-2003), las Cortes de Aragón impulsaron una selecta actividad editorial que dio como resultado la publicación de estudios monográficos, necesariamente críticos a fuer de intelectualmente rigurosos y honestos, de las leyes aprobadas por la Cámara.
Pepe demostró a las claras que el terrorismo no puede cegar las fuentes del saber ni emponzoñar la memoria colectiva. Quienes pensaran que con el cobarde asesinato de Manuel Giménez Abad habría de acallar su voz se encontraron, gracias a la valentía y determinación de José Tudela Aranda, con todo lo contrario. Pepe hizo y ha sido la Fundación Manuel Giménez Abad, foco de irradiación del más comprometido constitucionalismo español. Ni que decir tiene que esta empresa no la abordó solo, antes al contrario, buscó siempre la complicidad de cuantos quisieran entrar en conversación sobre los problemas que enfrenta la democracia de nuestro tiempo y apuntar soluciones, alternativas, o simples devaneos.
Consciente Pepe de que, como proclamara Simone Weil, nada hay más dulce y hermoso para el hombre que la amistad, regaló su tiempo, su esfuerzo con prodigalidad extrema. Así, desde la aparente modestia de la administración de un parlamento autonómico aunó un grupo de excelentes y comprometidos servidores públicos que nunca fueron únicamente sus colaboradores y serán por siempre sus amigos. Con el tiempo, Pepe fue ampliando ese círculo de amigos en que cabalmente ha consistido la Fundación, extendiéndola al mundo universitario, sin peajes y sin reclamar adhesión alguna; antes al contrario, procurando suscitar la discrepancia y la duda. Pepe supo ser, en el mejor sentido de la palabra, animador de la Fundación Manuel Giménez Abad, infundiendo desde ella vida y vigor al constitucionalismo hispano. En vano buscará el lector universidad alguna en España que no haya contraído una deuda de gratitud con el profesor Tudela Aranda; baldío será el esfuerzo de imaginar un Parlamento en el que la obra y enseñanzas del letrado no sea reconocida y admirada.
Pepe Tudela supo convertir la Fundación en punto de encuentro de los jóvenes estudiosos del Derecho Constitucional; no hizo de ellos silente auditorio de las reflexiones de terceros sino que buscó su complicidad y les brindó la oportunidad de confrontar tesis y compartir dudas y desazones. La convocatoria de premios, la celebración de los seminarios de trabajo “Nuevos horizontes del Derecho Constitucional” sirvieron para que esa urdimbre académica se extendiera constantemente.
Nunca concibió Pepe el entramado constitucional como algo ceñido al territorio nacional, consciente como era de las interconexiones que caracterizan nuestro mundo. Precisamente por eso, buscó desde primera hora el encuentro con los colegas de la América hispana en el afán de hilvanar un lenguaje constitucional común con el que, fortaleciendo las instituciones democráticas, proteger nuestras libertades.
José Tudela Aranda ha sido siempre, desde los diversos foros en los que tuvimos la fortuna de aprender de él, firme defensor del Estado de Derecho fundado por nuestra Constitución. Pensador convencido de que esa defensa no puede abandonarse ni por un instante, como tampoco nos es permitido ser complacientes con quienes amenazan, veladamente o sin rubor, nuestras libertades. Sumamente revelador resulta, a este respecto, el título del que, para nuestra desgracia, será ya su último libro: En defensa del Estado de Derecho, donde nos invita a reflexionar sobre el momento actual de nuestra mermada democracia, peligrosamente entregada a poderes salvajes y al afán de cavar más hondas las trincheras. Un panorama del que solo podía abominar quien era un amante de la vida, de las treguas de navidad, cultivador de la fina ironía y coleccionista de saberes y experiencias.
Pepe Tudela era un hombre amable y siempre sonriente, un estudioso que nunca aspiró a la genialidad sino a ese humilde aprendizaje que únicamente está al alcance de los más sabios. Pepe fue viajero infatigable que lo mismo volvía de sus andanzas con textos de una elegancia infinita como los que publicado con tanto primor Athenaica, o ejemplares de ediciones príncipe de obras cumbre de la literatura, el derecho, la política, la historia, adquiridos en los anaqueles de la calle Donceles de México o en las proximidades de la catedral de Montevideo. Fue impulsor de tantos proyectos y felices iniciativas, curioso impenitente y acérrimo madridista. Todo eso y mucho más fue aquel a quien llamamos simplemente Pepe. Y por eso no podemos perdonarle que se haya ido tan de improviso y nos haya dejado tan solos.