Contra el Partido Republicano

El problema no es Romney; el problema es su partido.
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Si pudiera votar en Estados Unidos, lo haría por Barack Obama. Lo haría a regañadientes, eso sí. Votaría sabiendo que, para los millones de mexicanos que viven en este país, Obama ha sido una decepción. Como se lo dijera a la cara Jorge Ramos (en un momento histórico para la prensa hispana en EU), Obama faltó a su promesa de dedicar una parte de su inmenso capital político a aprobar una reforma migratoria o algo remotamente parecido. No contento con eso, optó por endurecer la política de detención y deportación de migrantes indocumentados hasta alcanzar una eficiencia industrial que recuerda etapas oscuras de la humanidad. Solo cambió el rumbo cuando se dio cuenta de la necesidad de asegurarse el voto hispano: dio la orden de diferir por dos años la deportación de jóvenes estudiantes llegados en la infancia a este país. Así, Obama, que tanto le debía a los hispanos, no solo los ignoró, sino que los sometió a una persecución inédita y vergonzosa. En realidad, este par de factores deberían ser suficientes para que todos los que hablamos español y entendemos el drama de los indocumentados le negáramos el voto al presidente de Estados Unidos. Así debería ser salvo por un matiz crucial: la alternativa es mucho, mucho peor.

Contra lo que muchos piensan, estoy convencido de que Mitt Romney no es un conservador despiadado. En Massachusetts gobernó desde y para el centro, encontrando coincidencias con los demócratas y promoviendo legislación que nada tiene que ver con la agenda radical del Partido Republicano de ahora. Su historia como ejecutivo de empresa —narrada con maestría en el New York Times— revela a un hombre mucho más interesado en el consenso y la reflexión de los datos que en la imposición de decisiones. Dudo mucho que el instinto natural de Romney fuera gobernar desde y para la derecha. Por desgracia, eso es lo de menos.

El problema no es Romney; el problema es su partido. Desde hace al menos una década, los republicanos han abandonado a las minorías —y a la moderación— para atender exclusivamente los intereses de los votantes blancos conservadores. La elección de 2012 es el ejemplo más claro. La desventaja de Romney con el voto afro-americano y latino es histórica. Solo entre los hispanos, Barack Obama lo supera por 50 puntos. En apenas ocho años los republicanos han perdido 18 puntos entre los hispanos. Aterrado ante la posibilidad de perder el favor de su base conservadora, el republicano se ha vuelto un partido de nicho, hogar de nativistas, creacionistas y objetivistas (mala combinación en un país mucho más moderado de lo que se piensa). Sus posiciones en materia social serían cómicas si no fueran trágicas. Vaya: la “filósofa” de cabecera de su candidato vicepresidencial —y aparente líder ideológico— es Ayn Rand.

Entre las muchas posiciones políticas sensatas que este apego radical ha hecho imposible está el trato digno a los migrantes sin documentos. Por ejemplo, los republicanos se han opuesto por principio al “Acta del Sueño”, que daría un camino a la legalización a cientos de miles (quizá millones) de jóvenes que llegaron a EU de la mano de sus padres. Sus historias de lucha y sacrificio no podrían ser más dramáticas. De la reforma migratoria ni hablamos. Lo mismo ocurre, por cierto, con otros asuntos también cruciales para México, como la venta de armas de asalto. En suma, el Partido Republicano se ha vuelto un partido crecientemente dogmático. Me temo que un triunfo de Mitt Romney los convencería de que aún es posible ganar una elección solo con el voto de la mayoría blanca (o al menos los más conservadores, que es igual de peligroso), legitimando así una agenda de gobierno radical. En cambio, la derrota de su candidato quizá obligaría a los republicanos a entrar en crisis. En el mejor de los casos, el partido haría caso a sus voces más moderadas —como el ex gobernador de Florida Jeb Bush— y abandonaría para siempre la retórica nativista de exclusión e insensatez.

Por eso, anhelando la derrota del peor, más obtuso y radical Partido Republicano de la historia, votaría por Barack Obama. Después de todo, un terco solo cambia de estrategia cuando se cansa de perder.