Sequía de propuestas

La sequía de propuestas de todos los partidos hizo añorar tiempos en que se proponían cosas concretas, por mediocres que fueran.
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Hace 21 años, Francisco Labastida Ochoa fue el hazmerreír de muchos cuando prometió, en su campaña a la presidencia, computadoras e inglés para la educación básica a lo largo y ancho del país. Entonces, en 2000, se decía que un presidente en ciernes debía pensar en grande y no en pequeñeces.

Veintiún años han bastado para que las campañas políticas pasen de intentar debatir la mejor forma de cubrir necesidades obvias de los electores a lo simplemente ridículo e incluso ignominioso. Ningún partido, candidato o coalición se mostró especialmente brillante al momento de hacer propuestas electorales con miras al 6 de junio.

Del lado del partido oficial y sus aliados vimos campañas que se apoyaron en la imagen y discurso de López Obrador porque sabían que su éxito depende de él, de su imagen; adoptaron la táctica del miedo al pasado para buscar votos, sin argumentar ni debatir.

La oposición, por su parte, no tomó con seriedad la importancia de la elección, y parecía mayormente preocupada por abonar al debate estéril sobre las ocurrencias del momento, para demostrar que no son lo que López Obrador dice que son, olvidando construir propuestas diferenciadas.

Los candidatos de la coalición Va por México se transformaron así en los mejores y más entusiastas propagandistas del partido oficial y el presidente. Una gran cantidad de los spots que produjeron trataron de apelar a sus votantes repitiendo hasta el cansancio que México está siendo arrasado por López Obrador y su partido, aunque omitieron decir qué harían de forma distina al presente, o al pasado.

Ejemplos de esto hay muchos y con diferentes matices. Claudia Edith Anaya Mota, candidata a gobernadora de la coalición Va por Zacatecas, expresó durante un debate que pretendía fomentar las energías limpias, tales como la solar y la eólica, en una clara reacción al empecinamiento presidencial de concentrar la producción de energía en CFE y Pemex. Sin embargo, nunca definió un plan general ni dibujó  los ejes de acción que seguiría para lograrlo, con lo cual evidenció que su interés estaba más en subirse al tema del momento que en plantear un plan de gobierno.

Otro ejemplo lo constituyen aquellos candidatos o dirigentes que se afanaron en ganar el favor del electorado ofreciendo un regreso al pasado que es imposible, apelando a la nostalgia de lo que el obradorismo “arrebató” a los mexicanos, en lugar de entender con claridad la importancia de la elección y ofrecer nuevas políticas. Quizás esto fue lo que llevó al presidente nacional del PRI, Alejandro Moreno, a prometer en una gira por el sur del país que se restauraría el Seguro Popular,  sin asimilar que, para un gran sector de la población, los viejos nombres y programas son sinónimo de corrupción.

En la campaña se puso de moda hablar de los candidatos tarjeteros. No solo Adrián de la Garza –a quien el presidente trató de bajar de las preferencias de los neoloneses mostrando su tarjeta rosa mientras aceptaba que intervino en su elección–, sino muchos otros candidat@s hicieron uso de este recurso cuestionable. Clara Luz Flores prometió la tarjeta regia; Víctor Hugo Romo, la violeta; Lía Limón blandía su versión llamada “aliada”. En Querétaro, Mauricio Kuri del PAN la bautizó como la tarjeta Contigo. Y podríamos continuar.  Estos políticos, y muchos más, se ampararon en la sentencia del TEPJF que desde 2017 permite el uso de tarjetas con promesa de apoyos económicos en caso de que el candidato que las ofrece triunfe.

Pero lo único que demostraron los tarjeteros de todos los partidos, hasta el oficial, es que les parece mejor medrar con la necesidad de sus electores que, de nuevo, proponer soluciones a los problemas que les aquejan.

Es fácil imaginar a un votante que sostiene un juego de tarjetas de colores azul, verde, guinda, blanco y morado como si fuera una mano de póker, pero con la seguridad de que esa será la única ganancia que obtendrá en esta campaña.

La consecuencia de todo esto se encuentra a la vista: una sequía de propuestas que hace añorar tiempos en que en las campañas se proponían cosas concretas, por mediocres que fueran.