Para buena parte de la atención internacional, dio la impresión de que cierta normalidad, en sus propios términos, había vuelto a Irán entre julio y diciembre pasados. La estampida de noticias disminuyó tras los ataques contra las instalaciones atómicas de Fordow, Isfahan y Nanas. El mundo adoptó el mote impuesto por Donald Trump a la Guerra de los 12 días. Dentro de la aparente normalidad que se alcanzó luego de los bombardeos de junio, en ese mismo mes Irán perpetró 98 ejecuciones. Durante los primeros seis meses sumaron 612. 2025 cerró con un total de 1,500, según el reporte del grupo noruego Iran Human Rights. La normalidad, esa cosa que tiende a valorarse en positivo por su tranquilidad, también llega ser triste y deleznable. Contiene una realidad que recuerda que todas las condiciones insolutas dentro de Irán siguen estándolo.
El 28 de diciembre, la gente volvió a salir a las calles. Primero fueron comerciantes en Teherán; más tarde, las protestas alcanzaron distintas ciudades y barrios. Continúan al momento de publicarse este texto y han subido de intensidad, extendiéndose a todavía más partes del territorio. En la asfixia percibida como producto del financiamiento a la estrategia militar del régimen, un dólar llegó a costar millón y medio de riales. Arash Azizi, a quien considero una de las voces más claras e inteligentes para entender Irán desde lo social, político, cultural e histórico, recordó en su texto para The Atlantic, que en 2021 la paridad era de 250,000 ríales por dólar, un retrato de la dificultad para costear la vida en Irán.
Sin importar el detonador –en este caso, la agudización de la crisis económica–, las manifestaciones en Irán siempre toman un tinte político alrededor de la permanencia del régimen y sus características: vulneración de derechos humanos, falta de libertad individual, de derechos para mujeres, de libertad de prensa, etcétera. Plantearlo de otra manera es engañoso. Es el agotamiento general lo que conduce las expresiones. Más allá de una causa especifica, todas se incorporan.
Unos días atrás, en un restaurante persa que frecuento fuera de México, en la familia de tres generaciones reunida junto a mí se contaban de abuelos a hijos las más de cuatro décadas que han pasado fuera de su ciudad de origen, cerca de la frontera iraquí. Entre mayores hablan en persa, la nieta lo hace en un natural farsi-inglés. ¿Qué se hace con el pasado cuando es distante, sino evocarlo con el lenguaje y la comida? Ambos se pueden diluir. Mis compañeros de mesa me dicen que cuando la inflación alcanzó el 40%, los ghormeh sabzi y faloodeh frente a nosotros, dos platillos tradicionales, habían subido cerca del 60%. El faloodeh, un postre, es en buena medida agua.
En el establecimiento no se ve ninguna bandera de la República Islámica. Tampoco decoran imágenes de la familia Pahlavi, ya sean del sha depuesto por la revolución de Jomeini o de su hijo, Reza Pahlavi, más estridente en redes sociales que una realidad política u otra cosa. Ni todas las diásporas son monarquistas ni lo han sido todos aquellos en las muchas marchas a lo largo del tiempo. De hecho, son una minoría, aunque esta vez sus voces me dan la impresión de adquirir rasgos diferentes y quizá preocupantes.
Medio Oriente y sus cercanías enseñan, no sin cierta carga trágica, a evitar el análisis desde los deseos, práctica extremadamente común en Occidente, sobre todo al referirse a Irán. De cualquier forma, entiendo esa sensación que mezcla el entusiasmo y la incomodidad de pensar en la repetición. Ocurrió en 2009, con el Movimiento Verde; luego en 2017, tras las protestas que se detonaron como ahora por la situación económica; más tarde en 2019, al duplicarse el precio del combustible; o en 2022, cuando, por meses, el enojo por el asesinato de Mahsa Amini bajo custodia de la policía moral llenó las calles de Teherán hasta las ciudades de Mashad y Qom. En cada ocasión, y las anteriores no son las únicas, a la espera del fin del régimen de los ayatolas le ha seguido consignar que su infinita capacidad de represión y cooptación jamás debe ser subestimada. Tampoco debe serlo esa extraña, y a menudo difícil de comprender, lealtad a los ayatolas en no pocos sectores. Estas últimas palabras las he escrito, detestándolas, en cada levantamiento o movilización, porque la vocación de supervivencia de esa dictadura que transformó Medio Oriente desde 1979 ha pasado por encima de miles de vidas en toda la región y fuera de ella.
Para aquella familia en la diáspora, el establecimiento y la herencia ya en una tierra que es propia y combina identidades, más la distancia, permite dosis de realismo crítico. Varios elementos surgen a la hora de pensar los hechos de los días siguientes a ese encuentro.
En junio, con la operación primero israelí y poco después de Washington, se habló de quién sustituiría, eventualmente, a Jamenei, viejo y con un estado de salud correspondiente a su edad. Pero no es solo él, sino el sistema que se ha construido desde su antecesor: la fuerza y penetración de las Guardias Revolucionarias, los clérigos y los políticos, unos reformistas y otros no tanto, que tendrían capacidad para seguir en el poder, así sea modificando gradualidades de sus estructuras, incluyendo la relación hacia las mujeres y los derechos humanos.
Al ser económico el detonador de estas nuevas manifestaciones, la remoción, el 31 de diciembre, del gobernador del Banco Central intenta dar muestras de esa forma de adaptación para asegurar posiciones. Frustrante, si se considera el amplio espectro de brutalidades en la cartera de la dictadura. ¿Eficaz? Acciones semejantes lo han sido a medias, usualmente con repercusiones contrarias para la población y siempre acompañadas de violencia a manos de las herramientas del régimen.
Las protestas actuales no han alcanzado la magnitud del movimiento Mujer, vida, libertad, posterior al asesinato de Mahsa Amini y en contra de la obligatoriedad para las mujeres de usar velo. Siguen creando un entorno que llegará a complicar la situación de la dictadura, idealmente, fracturándola. Aún no lo hacen determinantemente pero exhiben dos aspectos negativos. Las oposiciones al régimen son varias, no homogéneas, ni siquiera todas políticas y organizadas. Ya sea por efecto de la época, redes, desinformación, añoranzas por pasados imaginarios o convencimientos reales, algunas facciones monarquistas optaron por lanzarse contra los ayatolas y a la vez contra la oposición no monarquista.
Al colocar en el tablero al régimen, con sus fuerzas de represión más sus convencidos y leales, más los monarquistas contra no monarquistas, más opositores que buscan otro tipo de existencia a la conocida, tanto la caída de los ayatolas como las opciones políticas para sustituirlos despiertan demasiadas dudas y crean un ambiente todavía más enrarecido.
El tiempo es una variable a la que se apuesta. La vida de Jamenei caduca y aunque la presidencia de Trump y sus acciones en Venezuela sirvieron en estos días para que medios y editoriales adelanten augurios, no encuentro hasta ahora incentivos suficientes para que se den escenarios semejantes al de Caracas. Aunque la Casa Blanca declare que la represión es una línea que no debe seguir cruzándose, los eventos de Caracas pueden ser empleados por el régimen iraní para reforzar sus lealtades más discretas o impulsar nuevas que rechazan ideas de intervención. Pasó en junio. Ni hace seis meses ni ahora los vecinos árabes quieren algo más que un Teherán como el que conocen.
Puede cambiar, sí. Mientras las oposiciones no lo hagan, ninguna transición, sin importar su forma, será controlada localmente: el único camino que veo con posibilidades de futuro. Tanto en Irán como en Venezuela. ~