Los últimos meses han sido, más que una buena radiografía, una especie de telescopio del extraño, por llamarlo de alguna manera, funcionamiento de México. No es que a lo largo de años no tuviésemos los pesares de este fin de 2025, todo lo contrario, sino que hechos simultáneos en gran parte del país, así como las reacciones que los circundaron, nos servirían de termómetro si estuviéramos interesados en medirnos la temperatura.
La obsesión nacional por la capital no me molesta tanto, al considerarla medianamente natural a la ciudad que aloja los poderes de un Estado, pero a raíz de las protestas por la más reciente ola de violencia en Michoacán, es de notar cómo el centralismo mexicano es ejemplo perfecto de que quien ve todo para dentro, quien decide absorber cada una de las fibras en la vida pública, termina por ver nada de los sucesos a su alrededor.
¿Cuántos grandes temas pueden competir en la vida política de las sociedades antes de que el caos las devore?
Si hubiera intención de eliminar de la conversación lo que puede asemejarse al ruido, nos quedaríamos con una abundante paleta de preocupaciones que no necesitan de estridencias para alarmar. Sinaloa, nuestro cada vez menos pensado conflicto armado interno, sigue acumulando muertos y tragedias para sus habitantes. La economía local, las escuelas. Michoacán, ahora bajo la lupa, como estuvo antes y volverá a estar, se suma a un ambiente donde la corrupción en altos mandos del ejército quiere caer en el olvido de la forma en que les ocurrió a los distintos escándalos similares del último lustro y fracción. La crisis de desapariciones es necedad de quienes queremos no soltarla y pretexto político para aquellos, sin importar quiénes sean, que esperan réditos que eximan el olvido recurrente hacia el fenómeno: siempre, la última responsabilidad de lo no atendido recae sobre el poder en turno. Más, cuando el turno se extiende.
A ese ambiente es necesario añadirle, en la misma fracción de tiempo de este fin de año, la seguridad, su falta; la no contención de la violencia criminal; los excesos en la violencia del Estado; la falta de educación; de medicamentos; la dificultad en la libertad de tránsito; los bloqueos constantes en las carreteras del país, en protesta por la ausencia de garantías para circular sin peligro, o bien porque se ha creado un sistema de extorsión interna y clientelar donde la ley es lo que menos importa; otros bloqueos en demás carreteras, por las fricciones producto de un campo secuestrado por el crimen organizado o por políticas públicas. La estigmatización del pensamiento, asunto que en nuestra realidad no provoca mayores consecuencias –las hay– pero construye un entorno sobre el que la única forma de no pagar sus costos finales es ponerle un alto.
De qué gobernanza se puede hablar con la suma de nuestras disfuncionalidades. La cuestión mexicana no es una paradoja, cuando se tiene un gobierno que, en principio, controla casi todo. Al final, es la imposibilidad de la democracia de surgir o prevalecer mientras se educa para minarla.
Y si en esa intención de reducir el ruido también se quisiera ver hacia afuera, quedaría en la lista de nuestra normalidad el rechazo a un mundo que solo se quiere parte cuando coincide. ¿Qué tanto nos acordamos de que este país tiene unos cuantos millones de ciudadanos viviendo fuera de las fronteras, expulsados por la realidad a la que nos acostumbramos? ¿Es la apuesta por el nacionalismo y la insularidad? Seguramente hay algo de ello, pero en el conjunto aparece una patología política nada nueva.
En todas las sociedades, los más tristes episodios son digeribles cuando se establecen eficazmente mitos que los cobijen. A pesar de su alcance y poder, el oficialismo mexicano no ha sido eficaz en la construcción de su relato. Tampoco las oposiciones, pero su importancia es infinitamente menor en la ponderación de jerarquías, así que todo ejercicio de equidistancia es tramposo y artificial. Uno lo necesita para tratar de minimizar con éxito lo que en cualquier lugar del planeta se reconocería como una carencia de capacidades, de pérdida de territorio a manos del crimen, de su establecimiento como entidades paralelas de gobernanza; las otras, para constituirse como opción política que, eventualmente o no, deje a un sector suficiente de la población decantarse por ella.
En el extravío absoluto de relatos, la ideologización extrema de una sociedad es, probablemente, el más tonto y pernicioso síntoma de un identitarismo vacío, falto de sustancia capaz de hacer frente a la realidad y dispuesto a evocaciones de lo que se considera que simboliza distintas épicas que no existen.
El país vive ya dentro de su propio ciclo, al punto en que no es capaz de notarlo. Un ciclo que necesita romperse.
Cierto oscurantismo religioso, vinculado a la ideologización extrema, cabe en la noción de que cada evento de la vida pública es un asunto existencial. Son existenciales las protestas contra la violencia, cada tanto se afirma que marcaran un hito. Son existenciales las contramarchas que tan frecuentemente organiza Palacio para mostrar el contento de una población. Esta últimas, herramientas de vergüenza política para quien no quiera convencerse de ser el más bello frente el espejo. El síndrome de Blanca Nieves en el que está sumergido el gobierno mexicano y prioriza ante cualquier incomodidad. Cuando se gobierna, hay muchas.
El gran problema de esta lógica no es tanto la saturación de eventos o la amplificación artificial y casi siempre estelar de su importancia, como la desatención de los procesos que van definiendo, para mal, la improbable coexistencia política.
La épica oficial no tiene un proyecto funcional por la simple razón de que necesita en extremo a sus enemigos para subsistir por encima de su propia ineficacia. No tiene literatura propia, no tiene expresión cultural original, no tiene cohesión fuera de la repetición de las consignas. El país en busca de relatos ve extremas derechas que son casi siempre bobos discursos inflamados, ve comunistas bajo los códigos menos elaborados de la paranoia en la Guerra fría.
El año ha sido de épicas imposibles de sostenerse. Es cierto que la adhesión al relato oficialista carga la remembranza nostálgica de una época gloriosa del país venidero, pero le valdría recordar que, en la mayoría de las ocasiones, incluso las sociedades que se adscriben a proyectos políticos pendientes de sus épicas simplemente quieren vivir tranquilos y sin demasiadas complicaciones. La épica pavimenta esa aspiración terrenal. Es claro que no faltan quienes la adopten, pero esa acción no representa la permanencia infinita de la filiación ideológica.
La cuestión mexicana es el limbo en que se encuentran las intenciones de soluciones políticas, mientras el todo de la vida pública es una búsqueda por construir un mito. ~