Debí escuchar la broma más veces y en más formas de las que puedo contar, siempre apuntando a un sentido similar, en reuniones y conversaciones con gente dedicada a Medio Oriente o situada a lo largo del golfo Pérsico, que muchos de ellos insistían en llamar el golfo Árabe. Era una manera de calmar los ánimos ante el agotamiento por la impredecibilidad, la recurrencia y el paso del tiempo. Era, también, una ruta de escape y burla a nosotros mismos.
La placa tectónica árabe, como todas las demás, se mueve lentamente. La península arábiga, situada encima de ella, se desplaza unos dos centímetros al año con dirección al norte. En unos ocho o doce millones de años, cosa de nada, el golfo se habrá cerrado, la península se integrará con el cuerpo central de Asia y ningún cierre de Ormuz, ninguna de las disputas, análisis políticos, económicos o militares; tampoco los memorandos de entendimiento, bombardeos, sanciones, represalias, entrevistas y reuniones como aquellas que se reían de su existencia habrán tenido el menor sentido.
El espíritu nihilista de un humor inescrutablemente cercano al de tío es congruente con el conflicto. Su propio nihilismo es difícilmente discutible al observar el extravío generalizado, la imposibilidad de salida; el carácter de los personajes en él, su desprecio a reglas, valores, límites y, sobre todo, es congruente con un entorno en el que para parte del mundo su codificación cae en las formas donde las cosas dejan de importar y bastante de lo que sucede termina por dar igual.
Desde hace tiempo, distintas discusiones apuntan a la entrada de las diferentes expresiones del nihilismo sin reconocer que los posibles debates se tratan de él, como apuntó alguna vez el diplomático y autor portugués Bruno Maçães. En sus múltiples expresiones, algunas entrecruzadas, el nihilismo, la nada, la negación absoluta, o casi, se ha adueñado de la conversación pública.
Dentro del abanico están el nihilismo para el que todos los métodos son válidos, así como ese en el que nada es relevante; el nihilismo que niega los principios o valores morales, el que insiste en que si todo cambia constantemente y debe ser visto a partir del sujeto al que se refiere, ninguna verdad es tal, por lo que cada acto es relativizable.
Un tipo de nihilismo toma el disfraz del cinismo al restarle importancia a los valores morales, constituidos en acuerdos y normas de convivencia. Sin sumarme a los fatalismos por el cambio de los modelos políticos del siglo XX, el derecho internacional, la multilateralidad y demás, el convencimiento de que esa transformación no es asunto de mayor atención cae en este modo. Es la renuncia a nuestros esfuerzos por trascender como especie política que quiere hacer más transitable nuestro paso para no caer en el olvido o en lo meramente pragmático e instintivo del instante y el estado de naturaleza.
Su amplitud tampoco cae en el estilo de calificaciones para las que, si todo es X, nada lo es. Facetas, incluso contradictorias entre sí, se alimentan al comportarse como una concepción del mundo, y quizá no sea su culpa. El nihilismo del poder que decide ir contra las instituciones en virtud de su proyecto de salvación choca con el de quien ve con constante frustración la apatía o falta de escándalo y ya solo codifica el mundo que le rodea a través de esa mirada.
Es de lo más natural la necesidad política y social de asirse a una doctrina, en positivo. El nihilismo se suma a ideologías variopintas o funciona independiente de ellas como actitud doctrinaria que no nombra afinidad especifica, pero se ejerce a sí misma. Ve el término de un episodio histórico o era, sin capacidad de encontrarle salida. Funciona como reacción de protección y supervivencia en un mundo atrapado entre fuerzas que intentan cambios estructurales, muchas veces para mal.
Se encuentran altas dosis de nihilismo en las manifestaciones políticas que comparten el discurso sobre la ineficacia, corrupción absoluta, manipulación previa de las instituciones al punto en que solo su eliminación o completo ajuste podrá salvarlas y a las sociedades para las que están dirigidas. Ideas de renovación sin detenerse en sus costos y para las cuales es válida cualquier acción con tal de demostrar su fuerza e intención regeneradora, transformadora o el dora que utilice como bandera retórica.
Es el comportamiento del nihilismo islamista, como el del nihilismo de extremas israelí, cada uno en su proporción, como el de MAGA, el nihilismo del oficialismo mexicano o de Milei, en Argentina, para quienes es permisible la acción que sea con tal de conseguir lo que asumen son sus objetivos.
Cada mal proceso político –desde el actual hacia Irán desde Washington al experimento de este año en Venezuela o las acciones de política pública, fácilmente cuestionables y criticables del gobierno mexicano o el estadounidense, por poner dos casos– pasa de largo con rapidez, como resultado de la adopción del nihilismo en las sociedades como eje de una vida para la que las consecuencias, incluso las más perniciosas, son desestimables.
Hay nihilismo en la indiferencia a las víctimas del último episodio Palestina-Israel, sin importar punto de atención; lo hay hacia Sudán; hacia el anuncio por parte de la dictadura Ortega-Murillo de que no habrá más elecciones en Nicaragua; hacia el fenómeno de las desapariciones en México, porque en el estilo de la época se han aplanado las tragedias hasta hacerlas poco relevantes.
El proceso no es nuevo. Encuentro de mi madre un texto de hace como treinta años, en el que se refiere a la evolución de sistemas políticos que ahora se llegan, aterradoramente, a ver con nostalgia. Rescato de él cómo a estos sistemas, igual que los hechos en el nihilismo contemporáneo, la identidad y el identitarismo que tantos, y me incluyo, hemos discutido y detestado, les importa realmente poco y se concentran en la fidelidad. Ejemplos sobran hoy en día. Esa fidelidad sirve a la manifestación del nihilismo total que vacía de significados sus comportamientos y prospectos de ideas, por decirles de alguna forma. Deja de ser relevante el resultado (la continuidad de la guerra con Irán, la calidad del sistema de salud mexicano, la crisis de desapariciones, la corrupción de propios) para privilegiar la posición y protección de los afines, para los que no existen límites ni ley más que la suya, permitiéndoles ejecutar cuanta acción lleve a la cosecha de botines, económicos, políticos, territoriales, mediáticos.
Hay una posibilidad de que la relación con eso que nos molesta tanto de la época sea parte de su problema y un punto de inicio para modificar lo disfuncional. Dejar de habitar con tanto fervor y complacencia todos nuestros nihilismos puede ser un primer paso. ~