Victor Serge: El libro de los muertos

Los diarios del revolucionario son una atractiva mezcla de reminiscencias históricas, reflexiones sobre el marxismo y el psicoanálisis, ataques al totalitarismo estalinista, defensa del socialismo democrático, descripciones de México, crítica literaria e historia del arte.
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Nacido en Bélgica en 1890, hijo de emigrantes rusos antizaristas => actividad revolucionaria anarquista adolescente en Francia => condenado a cinco años de cárcel a los 17 => expulsado a España => canjeado por soldados franceses, retenido por los bolcheviques en 1919 => se une a los bolcheviques => participa en la Guerra Civil y trabaja para la Comintern => se une a la Oposición de Izquierda tras la rebelión de Kronstadt => detenido y encarcelado en Lublianka en 1928 => liberado => miembro de la oposición trotskista => detenido de nuevo en 1933 y exiliado a Siberia => liberado tras protestas internacionales y enviado a Francia en 1936 => se une al POUM y lucha en España => huye a Francia tras la victoria de Franco => sale de Francia en un barco de refugiados hacia México en 1941 => participa en actividades trotskistas en México=> muere en 1947.

¿Cómo queda eso para una biografía? Increíble, podría decirse. Pero no inusual para la gente entre la que Serge se movía y vivía. Sus Cuadernos [Notebooks: 1936-1947; Carnets: 1936-1947], que no se escribieron para su publicación y solo se han descubierto en el siglo XXI, son una atractiva mezcla de reminiscencias históricas, reflexiones sobre el marxismo y el psicoanálisis, ataques al totalitarismo estalinista (el término se utiliza a menudo), defensa del socialismo democrático, descripciones de México, crítica literaria e historia del arte. La mayoría de las entradas son de tamaño medio, entre una y tres páginas. Pueden leerse por separado, aunque la cronología es importante, ya que vemos cómo el propio pensamiento de Serge evoluciona con la guerra que observa desde lejos, en México.

Todo el Quién es Quién del mundo artístico y revolucionario de la Europa continental está incluido en estas anotaciones. No hay, al parecer, revolucionario, escritor o pintor significativo a quien Serge no conociera durante sus cuarenta años de febril actividad. De los líderes de la revolución rusa, Serge fue el más cercano a Trotski. Aunque no siempre. Se unió a la Oposición de Izquierda después de Kronstadt, pero el ataque contra los marineros rebeldes fue dirigido nada menos que por Trotski. Serge tampoco estuvo de acuerdo más tarde con la formación de la IV Internacional. Todavía en la Unión Soviética fue encarcelado por trotskista y en España trabajó con el POUM, la milicia trotskista. Llegó a México tras el asesinato de Trotski. Las descripciones de Serge de la “tumba” de Coyoácan, el complejo donde Trotski vivió y fue asesinado, la total desolación de la casa que todavía tenía guardias armados y torretas, con Natalia, la viuda de Trotsky, demacrada, desamparada, los niños muertos, completamente sola, son algunas de las partes más conmovedoras de los Cuadernos.

Se describe la agitada actividad en torno a Trotski incluso después de su muerte. Serge (no sabemos cómo) consiguió reunirse en la cárcel –donde recibe un trato principesco– con el asesino de Trotski. He aquí una parte de la descripción de Ramón Mercader (cuya identidad no se conocía entonces): “Alto, bien formado, vigoroso, flexible, incluso atlético. De cuello grueso… cabeza fuerte y bien formada. Un hombre con vigor animal. Una mirada huidiza, a veces dura y reveladora. Sus rasgos son afilados, carnosos, vigorosos. Muy bien vestido; chaqueta de cuero color café; cara. Bajo ella una camisa deportiva de seda, a la moda, caqui. Pantalones de gabardina caqui con un pliegue pronunciado; zapatos amarillos; buenas suelas”.

Los hermanos enemigos, Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, están presentes a lo largo del libro: el primero, coorganizador del fallido asesinato de Trotski que luego huyó a Chile gracias a Pablo Neruda; el segundo, inconsistente defensor de Trotski; ambos “reunidos” en el Partido Comunista Mexicano al que Diego Rivera se afilió después de la guerra en la ola de entusiasmo proestalinista que recorrió el mundo tras la victoria soviética sobre la Alemania nazi.  

Al Quién es Quién de la Comintern (Willi Mūnzenberg, Franz Mehring, Otto Rūhle, Anton Pannekoek) le acompaña la élite intelectual rusa y de la Europa continental: Ossip Mandelstam, Anna Ajmátova, Maxim Gorki, Boris Pasternak, Andrei Tolstói, André Breton, André Gide, Antoine de Saint Exupéry, Romain Rolland, Stefan Zweig, Pablo Picasso. Cada uno de ellos es, a menudo de pasada, esbozado en unos pocos párrafos: Andrei Tolstói, el amable conde que da fiestas fabulosas mientras la hambruna hace estragos y es conducido en el coche privado de Stalin; Anna Ajmátova, con “sus enormes ojos marrones en la cara de un niño demacrado”; André Gide en busca de popularidad, quejándose de que Malraux intente eclipsarle, pero con la suficiente honestidad intelectual para escribir Regreso de la URSS; Romain Rolland, a quien Serge debe su liberación del exilio siberiano, pero que poco a poco adopta una posición proestalinista y se niega a condenar los procesos de Moscú; la vanidad desmesurada de André Breton, “una personalidad que no es más que una pose”; el pequeñoburgués Stefan Zweig; Picasso pintando para “galerías de arte que atienden a coleccionistas burgueses alimentados con desechos intelectuales”. “

Es un libro de los muertos. En una orgía de matanzas de inspiración ideológica que envolvió a Europa, los que no fueron asesinados por Stalin, lo fueron por Hitler, y los que sobrevivieron a ambos murieron en guerras o se suicidaron. Casi nadie murió en su cama.

¿Qué hay de la política? Serge no presenta una visión coherente de la misma, ni cabe esperar esto en un diario. Para él, el mundo se compone de cuatro fuerzas políticas: la capitalista conservadora, la estalinista, la socialista democrática y la fascista. La derrota en la guerra parece haber eliminado el fascismo. El destino de Europa y del mundo depende de la interacción de las tres restantes. El capitalismo está en quiebra ideológica y el desarrollo de la tecnología requiere planificación. Por tanto, está condenado. El estalinismo asciende. Destruye la libertad y el alma humanas y ha mancillado todos los ideales comunistas. Hay que oponerse a él a toda costa; intransigentemente. El socialismo democrático es, en opinión de Serge, la única alternativa humana, pero ¿puede vencer cuando Stalin está a punto de conquistar media Europa?  (Serge tenía razón en eso, aunque a menudo se equivocara en una serie de predicciones hechas durante la guerra). Como a todo observador y participante contemporáneo en esta lucha, nos quedan las posibilidades. Nadie sabe cuál será la correcta.

No obstante, los dilemas esenciales y las principales fuerzas que configuraron la posguerra se describen con notable clarividencia. Si consideramos el periodo 1945-1990, puede describirse efectivamente como la lucha entre estas tres ideologías que evolucionaron con el tiempo: el capitalismo hacia un Estado más liberal, el socialismo democrático hacia una posición procapitalista que Serge no podría haber imaginado, y el estalinismo hacia una variante mucho más suave del sovietismo a lo Breznev.

Sin embargo, hay fuerzas que Serge subestimó. Sobre todo debido a sus antecedentes históricos. Como debería dejar claro la lista muy parcial de personas mencionadas aquí, el mundo ideológico en el que se movía Serge era el de la Europa continental, el de cinco grandes naciones: Rusia, Alemania, Francia, España e Italia. El mundo anglosajón apenas está presente; especialmente ausente está Gran Bretaña. El Tercer Mundo es inexistente. En algunos comentarios dispersos, Serge extrañamente no vio el enorme potencial revolucionario de África, India, China, Indonesia. Estos países no existen para Serge. Merece la pena leer sus descripciones de México, cuando viaja por el país, por sus atisbos de vida rural y urbana en los años cuarenta, pirámides y civilizaciones perdidas, pero son observaciones de un turista. Mientras que su compromiso con Europa es estrecho y apasionado, su compromiso con México solo se refleja a través del papel que México desempeña en los conflictos europeos y, en particular, en la Guerra Civil española.  Hay una total escasez de observaciones políticas o sociales sobre el propio México.

Me gustaría terminar con las observaciones de Serge sobre dos fascistas a los que conoció personalmente en la época en que eran comunistas: Jacques Doriot (“le gustaba a Zinoviev”) y Nicola Bombacci. Ambos fueron asesinados en represalia al final de la guerra. Bombacci fue uno de los quince ejecutados junto a Mussolini. Su transición del comunismo al fascismo se explica por la necesidad de una actividad inquieta, una gran capacidad de organización y ambición. Pero hay un pequeño detalle ideológico interesante: ambos, piensa Serge, podrían haber visto el fascismo dentro del esquema marxista como una artimaña de la historia en la que el capitalismo decrépito adopta al fascismo como forma de salvarse; sin embargo, el fascismo, al imponer un fuerte dominio estatal sobre el sector privado, lo transforma gradualmente y crea una economía que, en una evolución futura, puede ser fácilmente asumida por los trabajadores. En su opinión, los antiguos comunistas veían el fascismo como una forma de acabar con el capitalismo.

PD. La edición del libro roza lo catastrófico (la traducción, sin embargo, es buena y fluida). Decenas de personas mencionadas por Serge no están identificadas; las que lo están, lo están en notas finales minimalistas; muchos acontecimientos a los que se alude en los Cuadernos quedan sin explicación; la introducción es breve y poco útil. Es evidente que el editor ha ahorrado dinero.

Publicado originalmente en el blog del autor.


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