Carta desde Bogotá: Anatomía del Nene Cepeda en su centenario

Álvaro Cepeda Samudio (1926-1972), escritor y periodista colombiano, tuvo una vida tan genial como el puñado de obras literarias, periodísticas y audiovisuales que dejó.
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La leyenda cuenta que una mañana de 1954, Álvaro Cepeda Samudio se presentó en las oficinas de Gráficas Mora-Escofet, la imprenta más importante de Barranquilla por aquellos años. El gerente era amigo de su familia y Cepeda quería convencerlo de que le diera un mejor precio para imprimir su libro Todos estábamos a la espera. No fue una visita inútil: aunque el gerente le impuso la obligación de aportar el papel, aceptó reducir el costo del trabajo a quinientos pesos y comenzar la impresión sin exigir un adelanto. Se suponía que, una vez terminado el libro, Cepeda pagaría la deuda. Los hechos, sin embargo, tomaron otro rumbo.

Una tarde, Cepeda llegó al Café Colombia, donde se reunía casi a diario con Gabriel García Márquez y otros amigos, y anunció:

–Ya tengo los quinientos pesos. Me los dio Rafa.

Rafa –“don Rafa” para los miembros de la tertulia– era el padrastro de Cepeda. La noticia era excelente y decidieron celebrarla sin demora, pero el festejo dejó todo como estaba,pues los quinientos pesos, hasta el último centavo, terminaron en manos del dueño del establecimiento.

Días después, Cepeda volvió alborozado.

–Rafa me dio otros quinientos pesos.

La noticia volvió a celebrarse. La mesa se llenó de vasos y botellas. Uno de los contertulios, con ánimo precavido o meramente burlón, comentó:

–Bueno, pero esta vez no nos gastemos los quinientos pesos.

Lo dijo demasiado tarde: los quinientos pesos ya se habían esfumado. Don Rafa, hombre de buen humor, se divertía al enterarse del destino que corrían en el café sus dádivas.

Por fin, Cepeda logró reunir la cifra encantada. Esta vez sí fueron de inmediato a la imprenta. Antes de despedirse, el gerente de Mora-Escofet les recordó:

–Ahora solo falta que me traigan el papel.

–Eso no es ningún problema –respondió Juancho Jinete–. Yo trabajo en la importadora de Silva, Herrera y Obregón. Mañana mismo se lo pongo aquí en la planta.

Y así fue. Meses después, el libro salió a la callebajo el sello de la Librería Mundo

a un precio de cuatro pesos el ejemplar. ¿Y el papel?

–Nunca lo pagamos. Yo dije en la oficina que se había mojado y, por resignación o cansancio, dejaron de cobrárnoslo –recordó, años más tarde, Juancho Jinete.

Anécdotas como esta no fueron rarezas en la vida de Cepeda Samudio: más que excepciones, terminaron convirtiéndose en regla. En sus cuarenta y seis años reunió tal cantidad de episodios cómicos o estrafalarios que la simple enumeración de los hitos de su biografía roza, por momentos, los lugares comunes más manidos del realismo mágico. ¿No suena exageradoafirmar que, a los veinte años, conseguía tigrillos para que su amigo más cercano, el industrial Julio Mario Santo Domingo, pudiera regalárselos a las tenistas suecas participantes en el Abierto de Barranquilla? ¿No parece inverosímil sostener que, en 1967, ya como director del Diario del Caribe, un teniente de Policía lo confundió con el Che Guevara y lo encarceló por subversivo? En Personas, lugares y anexas, Juan García Ponce asegura que Cepeda y la crítica de arte Marta Traba fueron amantes, aunque nadie más ha corroborado semejante confidencia. Incluso la historia de los quinientos pesos es un enredo: no está claro si el dinero se lo entregó realmente el padrastro o si la edición terminó financiada por Jorge Rondón, dueño de la Librería Mundo. Ordenar semejante maraña exige un equilibrio delicado entre la prudencia documental y la imaginación crítica. Buena parte de lo que se conoce sobre Cepeda procede de la rumorología literaria, y por eso mismo cuesta saber si estos episodios ocurrieron tal cual o si son simples invenciones luminosas de la memoria de sus amigos.

Para complicar aún más las cosas, ya entonces el propio Cepeda se había convertido en un mito local. Se le veía por las calles de Barranquilla con el pelo largo y rebelde, vestido con pantalones de lino y camisas de cuello Mao. Le gustaba decir que no se peinaba los crespos porque el trinche “es un adminículo que hizo Dios para pechichar a los burros”. Sus zapatos preferidos eran las abarcas de camionero y, con ese atuendo, se presentaba en todas partes: en las juntas directivas de la Cervecería Águila o en las reuniones de accionistas del Diario del Caribe. Hablaba a los gritos, se daba trompadas con quienes lo contradecían y, luego, para sellar la reconciliación, se reía con ellos mostrando todos los dientes. (García Márquez dejó célebres estampas al respecto: en Cien años de soledad se lee que “Álvaro asustaba a los caimanes con sus carcajadas de estrépito” y en Vivir para contarla que “puso en fuga” a doce marinos noruegos “a puñetazo limpio” por defender a una prostituta).

Era generoso, bebedor y mujeriego; le gustaban los puros, el ron y el whisky; las mujeres lo adoraban, y fue de los primeros colombianos en usar bluyines y mascar chicle en público. Cargó toda la vida con la fama de comunista –una reputación que no le quitaba el sueño– y, para exacerbarla, añadía encantado que también era marihuanero. Incluso para escribir ficción cultivaba rituales extravagantes: en el periódico que dirigía le daban unos rollos larguísimos, casi como papiros; los ponía en la máquina y, “cuando ya tenía como doce metros de narrativa”, daba por terminados los cuentos.

Con tantas confusiones entre el hombre y su leyenda, no sorprende que aún se discuta si lo genial fue su vida o ese puñado de obras literarias, periodísticas y audiovisuales que dejó antes de morir. Por lo tanto, mientras no aparezca alguien que separe el seco grano de los hechos de la paja inventada de las fantasías, solo se puede afirmar sobre su vida lo siguiente:

Cepeda Samudio –el Nene, como le decían– nació en Barranquilla el 30 de marzo de 1926. Su padre, Luciano Cepeda, era un miembro menor del conservadurismo costeño; su madre, Sara Samudio, pertenecía al notablato de Ciénaga. La vena literaria le vino no solo del padre –lector disciplinado– sino, sobre todo, de su abuelo paterno, Abel Cepeda y Roca, quien a comienzos de siglo tuvo una columna en El Nacional de Barranquilla. En 1937, cuando Cepeda tenía once años, murió su padre –víctima de una larga enfermedad mental– y la familia se trasladó a Ciénaga. Años después regresaron a Barranquilla y Cepeda ingresó al Colegio Americano, del cual fue expulsado en 1944. Por esas indulgencias del Caribe, lo readmitieron dos años más tarde y allí se graduó en 1948.

Siendo aún colegial, trabajó como acomodador del Teatro Roxy –donde vio todo el cine disponible en la Colombia de los cuarenta– y luego entró como reportero y, más tarde, como columnista en El Nacional. Al poco tiempo conoció a quienes serían los miembros del Grupo de Barranquilla y sus grandes compañeros de parranda –García Márquez, Alejandro Obregón, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor– y se lanzó a una vida veloz y bohemia que mantendría hasta el final. (En Vivir para contarla, García Márquez recuerda que Cepeda no solo le “dio un curso completo [de cine] a base de gritos y ron blanco hasta el amanecer en las mesas de las peores cantinas”, sino que lo volvió “ansioso y difícil, hasta el extremo de que a Héctor [Rojas Herazo] y al maestro [Clemente Manuel] Zabala les parecía un imitador consciente de Álvaro”). En junio de 1948, junto con su amigo Quique Scopell, viajó a Michigan a aprender inglés y luego a Columbia a estudiar periodismo.Si hemos de creerle a Scopell, aquel proyecto fue, en realidad, un pretexto para leer a Faulkner y Saroyan, enamorar gringas y bailar con entusiasmo en las fiestas que la embajada de Colombia ofrecía cada 20 de julio.

Regresó a Barranquilla en 1951. Desde entonces no hizo más que apretar el paso. Fue –en un elenco que seguramente se queda corto– fundador de cineclubes, promotor de veladas boxísticas, hincha del Sporting, vendedor de la Westinghouse, publicista de la Cervecería Águila (el ya olvidado eslogan “Sírvame un águila, pero que sea volando” es suyo), anticachaco profesional(es decir, adversario declarado de todo lo que oliera aBogotá y a su cultura centralista)y director del Diario del Caribe desde 1961 hasta 1972. A eso debe agregarse un corto cinematográfico, La langosta azul; tres documentales sobre el Carnaval de Barranquilla; uno sobre una competencia de regatas en Cartagena; catorce noticieros y otro corto, La subienda, que dejó sin terminar. Pero, sobre todo, escribió tres libros –Todos estábamos a la espera (1954), La casa grande (1962) y Los cuentos de Juana (1972)–, a los cuales debe la extraña y vacilante fama de la que goza hoy en día.

No fue poco; aun así, persiste la duda de si su obra quedó trunca. Durante años se repitió que, de no haber muerto de cáncer, habría encontrado el tiempo y la paciencia para escribir una novela de la envergadura de Cien años de soledad. Incluso se llegó a afirmar que tal vez habría sido un escritor más importante que García Márquez.

Llegados ya a su centenario, resulta más fácil retomar esa pregunta e imaginar qué habría ocurrido si Cepeda no hubiera muerto el 12 de octubre de 1972. Daniel Samper Pizano dijo alguna vez que esa pregunta era tan teórica que no valía la pena contestarla. Puede ser. Pero, del mismo modo, ¿por qué no imaginar ese futuro posible?, ¿por qué no pensar –como en una novela de Ítalo Calvino, donde la muerte es apenas una bifurcación narrativa más– en los destinos alternativos que pudo tener Cepeda Samudio?

Digamos entonces que el Nene sobrevive a la quimioterapia, no muere en el Memorial Hospital de Nueva York y regresa a Barranquilla, calvo y demacrado, pero vivo. Dejan de decirle “El Cabellón”, como lo llamaron toda la vida, y se va a su finca de Sabanilla, en Puerto Colombia, donde empieza a escribir la primera de las muchas obras que cumplen –y superan– la promesa implícita en sus libros.

O no: vuelve maltrecho y, en vez de dedicarse a la literatura, decide entregarse al cine. Con los años produce largometrajes que transforman la incipiente cinematografía nacional y obtiene, por fin, el reconocimiento artístico que sus libros nunca le dieron del todo.

O también: regresa restablecido, acepta la oferta de Julio Mario Santo Domingo –ya convertido en uno de los hombres más ricos de Colombia– y compra, junto con Daniel Samper y Enrique Santos, el Diario del Caribe. Con el tiempo el periódico se convierte en uno de los más importantes de América Latina y Cepeda en un tótem del periodismo en español. (Motivo por el cual, ahora que se cumple su centenario, sus contradictores estarían orinándose sobre su estatua, del mismo modo en que él –según cuenta Juan García Ponce en el libro ya citado– se orinó sobre el Bolívar de Tenerani en el centro de Bogotá.)

O quizá, cansado de la literatura y consciente de que no se puede ser eternamente una promesa, opta por los negocios. Escala posiciones en el Grupo Santo Domingo, participa en la compra de varias cabeceras y, con los años, se transforma en un magnate mediático tan excéntrico como temido, famoso por decisiones tan brillantes como impulsivas.

En otra versión, abandona la empresa privada y se lanza como candidato a la Alcaldía de Barranquilla. Después lo eligen senador, ministro y canciller. De vez en cuando, asediado por las nostalgias de su juventud, asiste a las reuniones de los Colombianistas Norteamericanos y atiende a jóvenes ansiosos por oírle de viva voz la historia de los quinientos pesos. Pero, con el paso del tiempo, empieza a manifestar los mismos signos de la enfermedad mental que aquejó a su padre –esa sombra que ya planeaba sobre la familia desde 1937– y se hunde, poco a poco, en la penumbra de la demencia, como terminaría hundiéndose García Márquez al final de su vida.

O la posibilidad que a mí me resulta más plausible: Cepeda supera el cáncer y regresa a Barranquilla; sigue fumando, gritando, parrandeando y enamorando. Treinta años después muere feliz, sin haber filmado ninguna de las películas que tantos querían ver, sin haber reporteado ninguna de las historias que muchos querían leer y sin haber escrito ninguno de los fabulosos libros que todos estaban esperando. No me parece un mal destino. Estoy seguro de que, fiel a sí mismo, hubiera preferido vivir antes que producir, gozar antes que cumplir, y dejar para mañana –cuando fuera– cualquier obra maestra pendiente. ~


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