Dios, la piedra en el zapato

Sobre Dios. Pensar con Simone Weil

Byung-Chul Han

Paidós

Barcelona, 2025, 144 pp.

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Desde el siglo XIX, las tendencias más influyentes del pensamiento, el arte y la literatura se mueven de modo predominante en los terrenos del secularismo y el ateísmo, a pesar de que Dios como tema nunca se ha ido. Una vez cuestionadas las religiones como dispositivos de poder, queda el espinoso asunto de Dios, irreductible a los templos, los dogmas y las supersticiones. Dios es una piedra en el zapato. Sobre Dios. Pensar con Simone Weil (Paidós, 2025), de Byung-Chul Han, trata sobre esta piedra incómoda, persistente, filosa, que no se puede eliminar.

Según Han, Dios y la religión se han convertido en un imposible para los hombres y mujeres de esta época, incapaces de entender y vivir los principios claves de la divinidad en nosotros: “atención”, “decreación”, “vacío”, “silencio”, “belleza”, “dolor”, “inactividad”. Su sola enunciación plantea que el libro funciona a contracorriente de los valores sociales actuales. El autor dialoga con el pensamiento de la filósofa comunista y católica de origen judío Simone Weill (1909-1943), una personalidad singular que no solo escribió y fue profesora, sino que también trabajó como obrera, participó en la Guerra Civil española del lado republicano y murió de tuberculosis, negada a comer lo suficiente porque quería pasar por las mismas restricciones que los demás en el Londres de la Segunda Guerra Mundial. La verdad es que la biografía y obra de la autora de La gravedad y la gracia tienen más ribetes de hagiografía que de una vida de intelectual. Su entrega a sus causas era común entre las tantas personas que formaron parte de las luchas revolucionarias pero, a diferencia del materialismo comunista, Weil apostaba por la trascendencia de la vida humana, es decir, por la existencia de Dios.

Comienzo por el capítulo dedicado a la atención. Vivimos una realidad intermediada por la técnica que favorece el debilitamiento de la atención, visible en la educación formal pero también en los entornos laborales, culturales y hasta del simple entretenimiento. En lugar de moralizar al respecto, cabe la pregunta de si la dispersión de la atención nos favorece, y la verdad es que no parece ser así, desde el punto de vista intelectual. Además, estamos entregados apasionadamente a nuestro yo en las redes sociales, por lo que la simple y pura contemplación en pos de la verdad pareciera un anacronismo, una nostalgia de intelectuales modernos que no se han enterado de que la verdad es una noción ya debidamente desmontada. Han afirma que los dispositivos inteligentes inhiben la atención, la posibilidad de entregarnos al mundo sin que medie el frívolo placer de las sustancias químicas que se liberan al mirar las pantallas.

Poner atención es lo más difícil que podemos exigirle a alguien en esta época, y lo digo a conciencia como profesora universitaria. Por otra parte, la sumisión a un aparato está en el extremo opuesto de la relación profunda con las personas: estas dejan de interesarnos y no queremos escucharlas porque funcionamos para nuestros apetitos, como los bebés. La atención es clave en la relación con Dios, con los rituales y con la experiencia religiosa, que se define por dejar caer las murallas del yo. No miramos el mundo, subraya Han, lo comemos para satisfacer una necesidad o interés inmediatos, como cuando consultamos la inteligencia artificial y nos brinda automáticamente una respuesta. En cambio, en la oración sentimos a Dios como una ausencia, en lugar de una satisfacción. El bien es atención, el mal nos vuelve adictos e incapaces de crear.

De hecho, para Han la manera actual de plantear la creatividad no pasa de consagrarla como una mercancía potenciada por la inteligencia artificial. Se olvida que la verdadera creación es una memoria de Dios, pues lo nuevo se crea desde la nada. Hay entonces que “decrearse”, hay que convertirse en nada para que hablen a través de nosotros la ciencia, el arte y el pensamiento, para que hable la verdad. Ser el instrumento de Dios se opone al impulso de ser alguien, de que nuestro nombre valga como marca, de fortalecer nuestro yo. Han sigue aquí la senda de su libro La sociedad del cansancio, en el que afirma que nos autoexplotamos a cuenta del mandato neoliberal de la máxima productividad. No es época de genios sino de la percepción superficial del mundo, que se regodea en lo que llama el autor los desechos de la cultura, refiriéndose concretamente a las prácticas musicales, escriturales, visuales y de pensamiento masivas y repetitivas, alimentadas de “likes”. Vivimos en una ficción de creatividad extendida, basada en la idea de que todo es posible para todos a través de la inteligencia artificial. Esta ficción se extiende a nuestras propias vidas: inventamos un futuro personalísimo, que no es creación sino pura imaginación basada en las ambiciones.

El vacío nos desconcierta porque solo pensamos la existencia en términos de plenitud, no de abjurar de nuestro poder sobre la vida y nuestros semejantes. Detrás del mundo sin Dios que preocupa a Han subyace el horror al vacío, pues este se opone a la lógica del poder. Los individuos ejercemos el poder del que disponemos, pues tendemos naturalmente a llenar con este el espacio disponible, el espacio donde están los otros. No ejercerlo es escoger el vacío y en este oponerse a lo “natural” está Dios. La “termodinámica del poder” se opone a la sobrenatural perspectiva aneconómica: entregarnos a las relaciones asimétricas, de las que no esperamos nada a cambio, lo cual permite que una corriente de vacío nos ponga en contacto con lo divino. Por ejemplo, ante el impulso natural de la venganza como despliegue absoluto del propio poder, hay que decantarse a su restricción a través del perdón y la justicia.

El vacío y el silencio constituyen dos formas del temor que se conjugan a través del desborde de la información y el afán de una comunicación sin sustancia tan común en las redes sociales. El silencio es la gran experiencia de Dios; nada más contrario a una época tan vulgarmente ruidosa y volcada a las funciones informativas y comunicativas del lenguaje. Han llama a la preservación del espacio de silencio, propio de la poesía y el pensamiento, cuando la contemplación suspende el ánimo de comunicar. Hoy en día existimos en el grito. Gritamos para hacernos notar, para entretenernos, para no pensar libremente, para no entregarnos a la potencia del instante. Gritamos porque necesitamos que nos vean, porque el silencio equivale a aislamiento. Gritar significa la afirmación del yo y Dios solo se manifiesta como ausencia, es decir, como silencio.

En cuanto a la belleza, se ha impuesto la idea de que no pasa de una convención social propia de los campos artístico, literario e intelectual. La belleza dejó de ser meta, inspiración o acervo a transmitir, para convertirse apenas en los patrones estéticos de cada época y cultura, un enfoque de lo más plausible si no hubiese extirpado el carácter radical de la experiencia estética, reducida a una convención que puede ser útil para el mercado del arte o para el mercado de los bienes ideológicos, muy cotizado actualmente.

La belleza, aseguran Han y Weil, se liga con el dolor, tan lejano del afán de felicidad y de pasarla bien, porque la belleza al transformarnos duele. También se relaciona con la inactividad, con la contemplación no productiva que no sirve para las fotos de Instagram ni para contar que estamos al día en las referencias del “mainstream” cultural. “Dios es la belleza pura” afirma Simone Weil. Hoy día no hay espiritualidad y sacralidad en lo bello porque la belleza es objeto de consumo, un adorno que no debe, como dice Han, “estremecer ni doler” sino ser un espejo que nos reafirme en nuestra singularidad. La estética kantiana plantea la experiencia estética como satisfacción y deleite; Weil niega esta satisfacción, pues la belleza muestra una otredad radical, inquietante, hasta dolorosa. Debemos espiritualizar la belleza como sacramento, como presencia de lo divino en la línea del pensamiento de Platón, lo cual implica rescatarla del consumo y tomar conciencia de la distancia que media entre nosotros y lo bello como instancia sagrada. Nada más alejado de la sociedad del “like”, del mundo digital espejo de uno mismo y del arte como mercancía. La contemplación del arte no tiene un objetivo práctico ni se inclina ante el sentimentalismo pues semeja la belleza de la materia dócil ante dios, la belleza del mar o los árboles. La ciencia puede pensarse del mismo modo, como pura contemplación de la verdad. Han propone que deberíamos, incluso, espiritualizar la técnica para que deje de ser un medio para un fin, en un sentido semejante al de Yuk Hui en Cosmotécnicas.

Si a algo estamos negados es al dolor, porque rendimos culto a la felicidad, la plenitud y la satisfacción. Ser infeliz es de mal gusto, una falla del carácter que espanta a los demás. Nada debe doler demasiado y por mucho tiempo: el desamor, la soledad, el despojo, la injusticia, el rechazo, la pobreza. Weil concibe el dolor como la vía para alcanzar la eternidad, no en términos de una falla subsanable. Quienes no saben qué es la desdicha y han conjugado por completo el dolor corporal, tienden a pensar que dominan el mundo y que este es producto de su voluntad; quienes prueban la desdicha están más dispuestos a entregarse a Dios. La dialéctica del dolor de Weil significa que el alma rasgada por el sufrimiento se olvida del yo, lo que constituye una forma divina del gozo. La poesía es también así, dice la filósofa, “dolor y gozo imposibles”. Además, al experimentar el dolor del otro, estamos en el camino del bien; al evitar todo dolor, afirma Han, nos abrimos a la adicción de los pequeños placeres, como el que nos brinda el teléfono inteligente.

En la sociedad del rendimiento, apunta el autor, no hay espacio para el dolor. Tampoco hay espacio para la inactividad, para la contemplación profunda del mundo fuera de la lógica de la productividad, de lo cuantificable, del dinero como el bien mayor. Weil se refiere a la trilogía álgebra, dinero y maquinización como la causa de alienación humana, que convierte la relación con la realidad y el trabajo en el producto de una voluntad ajena al sujeto. Según Han, la trilogía alienante está constituida por el capital, la digitalización y la inteligencia artificial, orientados a cuantificar el mundo y a rebajar al ser humano a la condición de esclavo de sus creaciones. Estamos sometidos a la promesa de la liberación y la felicidad por la vía de la técnica y el dinero, convertidos en idólatras desconectados de lo divino. Los rituales religiosos como las misas católicas se basan en la repetición, nos señalan la existencia de lo inmutable y no tienen otro objetivo que unir a los feligreses. Dan sentido a la vida, esta es su función, al ligarse con un orden simbólico que nos trasciende. Los rituales son un ejemplo perfecto de la inactividad al no producir nada, a diferencia, por ejemplo, de la inteligencia artificial.

La lectura de Sobre Dios… muestra una vuelta a ciertas nociones provenientes del pasado que no caben en la palabra “conservador”. La obra de Han se inscribe en una impugnación tremenda de la contemporaneidad y propone la belleza, la narración, la religión, el arte, la poesía, la esperanza y la vuelta a la espiritualidad como las vías para una transformación que no atiende estrictamente a la acción política y al cambio social como la panacea para todos los males. No se trata simplemente del regreso de las religiones, que en América Latina se traduce en el crecimiento del evangelismo neopentecostal, una fe que cuestiona la ciencia, la separación de la iglesia y el Estado y los logros del feminismo y el activismo LGBTQ. Tampoco del catolicismo como pretexto estético de un paganismo explosivamente creativo, al estilo de la cantautora Rosalía con su estupendo Lux, ni del fundamentalismo islámico o el crecimiento del número de bautizos cristianos en la juventud. Se trata de preguntarnos qué hacemos en este mundo, por qué y para qué estamos aquí.

Byung-Chul Han ora, medita, toca el piano, escribe y cultiva su jardín; Simone Weil era una mística, una revolucionaria, una santa y una mujer hasta cierto punto trastornada, por decir lo menos, en términos de la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis. Los no creyentes como yo, que no comulgamos con el misticismo de Weil que la llevó a la muerte, nos movemos entre la voluntad de vivir, la razón y las exigencias de un mundo independiente de nosotros, aferrándonos a una ética que no se funda en valores absolutos y sin la posibilidad de entregarnos a la placidez de la vida del filósofo. En el último libro de Byung-Chul Han se aprecia cierto espíritu de huida, que pareciera incompatible con su despiadada crítica de los tiempos que corren y con su libro El espíritu de la esperanza, pero no es de extrañar: su manera de ver la omnipresencia de la inteligencia artificial es apocalíptica y solo queda orar, supongo.

Me distancio de su pesimismo porque todavía sostengo que la acción humana influye sobre lo que se puede hacer con la tecnología. Apartando esta diferencia y mi ateísmo, le doy la razón a Han respecto a que la ausencia de Dios se acompaña más de la frivolidad, el consumo, el hedonismo y la estupidez que del espíritu científico y del cultivo de la razón, la autoconciencia, la disciplina y el respeto al otro, las estupendas razones ilustradas para abandonar los dogmas de la religión. La obsesión por la política y el cambio social como soluciones universales puede degenerar en la soberbia de las revoluciones, de las satisfacciones mezquinas del sectarismo y de la fantasía cruel de poner el mundo a nuestro servicio, muy evidente en los líderes de esta época. La soberbia de los tecnólogos, visible en reaccionarios como Peter Thiel o Elon Musk, se manifiesta en la pretensión de excluir lo humano de una creación tan humana como la tecnología. Dios no existe, pero vale la pena no olvidarlo por completo, como tampoco a la belleza, la verdad, la contemplación y la atención. ~


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