Rufián y la M-30

Sin votantes ni territorio, el principal activo del líder independentista son los periodistas que se cruza en el pasillo del Congreso.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Ningún político español es más M-30 que Gabriel Rufián. Los rasgos madridcentristas se detectan en lugares poco señalados por los avistadores habituales.

David Jiménez Torres escribió en diciembre de 2020 que claro que Madrid gobernaba España: en concreto, la izquierda madrileña. Pedro Sánchez era presidente del Gobierno y Pablo Iglesias vicepresidente.

Una prueba del provincianismo del primero y sus masajeantes mecanógrafos es que el relato canónico de su regreso comienza contando que “recorrió España en un Peugeot”, como quien va en burro por las Cevennes. Suerte que lo acompañaban el recio Koldo, el ingenioso Ábalos y el taciturno pero resolutivo Cerdán: con la de bandidos que hay en Sierra Morena.

La muestra principal de la mentalidad M-30 está en la teoría y práctica de la “diversidad”: consiste en defender el estatus privilegiado del País Vasco, en entender que la pluralidad es complacer al nacionalismo catalán y en pensar que el resto del país son sitios para mear y echar gasolina cuando vas hacia la playa.

La mentalidad también aparece en la derecha, y no solo en el cada vez más cargante folclorismo madrileño o en la grotesca gira de Díaz Ayuso en México: hay razones para criticar a Núñez Feijóo, pero una de las más endebles es la insistencia en señalar que es gallego y no entiende Madrid.

En la propulsión artificiosa de líderes desde núcleos de poder ha habido casos antes de Rufián. Los promotores, a veces involuntarios, son medios y periodistas que viven en una proximidad insalubre con los políticos mientras nos iluminan sobre la diversidad y el sentir de la calle.

Así, Rufián, el independentista “español” token que denunciaba que sus primos de Jaén tuvieran becas de comedor, se presenta para unir a la izquierda española, en una opción montypythonesca que sería la izquierda española antiespañola. El figurante de quienes querían romper la unidad de redistribución levanta la mano generosamente para encabezar un proyecto solidario. El hombre que dijo que se iría del Congreso a los 18 meses sigue allí 11 años después y se postula como voz auténtica y próxima al pueblo: la prueba es que dice tacos.

Es simpático, da titulares y hasta lo han convertido en un gran orador: hace años, cuando hablaba en el Congreso, muchos se preguntaban si había tomado algo; ahora, igual de demagogo y algo más contenido, resulta tentador sospechar que los intoxicados son sus cheerleaders.

Desprecia el auto de la imputación de Zapatero y unas horas después se muestra consternado por su contenido, tras haberlo leído 15 veces, dice. Lo hizo a la velocidad del personaje de Woody Allen que se apuntó a un curso de lectura rápida, terminó Guerra y paz en 20 minutos y concluyó que iba de Rusia.

El partido de Rufián rechaza su propuesta en Cataluña y las formaciones con las que debería aliarse en otras comunidades autónomas tampoco la aceptan. Sin constituency ni territorio, su principal activo son los periodistas que se cruza en el pasillo.

Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: