Las postales de Georges Perec

Aunque al escritor francés no le gustaba viajar, le fascinaban las postales. En su texto “Las 243 postales de colores verdaderos” juega con la cotidianidad y la repetición.
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A Georges Perec nunca le gustó viajar. Pasó años sin irse de vacaciones, incómodo con la idea de desplazarse como lo hacen tantos turistas. Esta actitud se inscribe en su inclinación hacia lo infraordinario: un rechazo de lo espectacular, de los grandes titulares que parecen definir la vida de una persona. Frente a ello, Perec reivindicaba lo aparentemente insignificante: lo banal, lo cotidiano, lo evidente. “Ya no lo exótico sino lo endótico”.

En su libro Lugares, encontramos un texto titulado “Notas adicionales sobre el viaje”, donde evoca la emoción viva que puede despertarle una simple puerta amarilla a las afueras de Lyon, en contraste con los monumentos o los paisajes de un viaje a países lejanos:

Si me preguntaran sobre mi escasa afición por los viajes (pero ¿dónde está el viaje?), lo primero que respondería es que los paisajes y los panoramas son la cosa más compartida del mundo, que los monumentos no son en última instancia sino postales ampliadas y que un ser humano (a human being) no se descubre hasta el final de un largo camino […].

Así que ayer, mientras cruzaba Francia en coche, casi se me saltan las lágrimas al ver la puerta de hierro forjado de un jardín pintada de amarillo. Tras ella, tres escalones de ladrillo conducían a una pequeña parcela, antesala de un chalet de piedra molar. Todo esto en los alrededores de Lyon.

Siempre resulta conmovedor ver qué emociona a Perec. Un poco más adelante, evoca la “mirada tierna, indulgente y totalizadora” que dirige a esa puerta amarilla, a través de la cual “se le apareció la vida entera de la familia que allí residía”. Lo que le emociona, lo que siempre emociona a Perec, es la imagen, a la vez soñada y deseada, de un hogar: un lugar protegido donde, como escribe en W o el recuerdo de la infancia, un niño “ayudaría a su madre a limpiar la mesa de la cocina después de la cena”.

Postales de colores verdaderos

En octubre de 1978, Perec publica en una pequeña revista, Le Fou parle, subtitulada “revista de arte y humor”, su texto “243 postales de colores verdaderos”. El texto se compone de una sucesión de postales, una tras otra, enviadas desde distintos lugares de vacaciones y que describen, en apenas unas líneas, un día a día hecho de sol, baños, comidas abundantes, encuentros amistosos y ociosidad feliz. Estos mensajes dibujan el retrato de unos veraneantes despreocupados, que evolucionan en un mundo sin asperezas ni inquietudes.

Acampamos cerca de Ajaccio. Hay buen tiempo. Se come bien. Me insolé. Muchos besos.

Estamos en el hotel Alcázar. Nos bronceamos. ¡Ah, qué bien! Conocí un toco de vagos. Volvemos el 7.

Navegamos por los alrededores de L’Île-Rousse. Dejamos que el sol nos broncee. Comemos admirablemente. ¡Me pegó mucho el sol! Besos y todo lo demás.

Para escribir estas 243 postales, Perec recurrió a dispositivos muy complejos y a procedimientos de escritura muy próximos a los que empleó en La vida instrucciones de uso. No me detendré aquí en detallar todos estos mecanismos, pero sí en recordar su matriz principal.

Perec parte de cinco “componentes”, cada uno de ellos con tres posibles actualizaciones:

— Localización: ciudad; región o país; hotel
— Consideraciones: buen tiempo; siesta o admiración; bronceado
— Satisfacción: comida; playa; bienestar
— Ocupaciones: insolación; actividades; relaciones
— Saludos: besos; recuerdos; regreso

Cada postal combina estos cinco componentes, actualizando en cada caso una de las posibilidades de cada uno de ellos. Los 243 mensajes corresponden, así, al conjunto de todas las combinaciones posibles.

El texto resulta divertidísimo, ya que genera un humor de repetición. El lector espera, una y otra vez, que el veraneante vuelva a sufrir una quemadura de sol o una insolación. También provoca risa la reiteración de ocupaciones idénticas en cualquier lugar del mundo, la preocupación constante por la ingente cantidad de comida ingerida, así como la retahíla de despedidas estereotipadas.

De forma irónica, la mención “de colores verdaderos” contrasta con el hecho de que el texto esté publicado en blanco y negro. En realidad, no se trata de postales propiamente dichas: solo leemos los mensajes, es decir, su reverso. Las imágenes, esenciales en una postal, están ausentes, por lo que el lector se ve llevado a imaginarlas –playas soleadas, paisajes idílicos, hoteles acogedores– a partir de un imaginario colectivo ya muy asentado. 

Este dispositivo combinatorio pone de relieve el carácter estereotipado de las postales de viaje: los mensajes se asemejan, se repiten, se recombinan. No importa el lugar ni las circunstancias; las mismas fórmulas regresan una y otra vez, como tantos tópicos de una supuesta felicidad. 

Sin embargo, Perec era incapaz de esconder algo de su intimidad incluso en un texto en apariencia tan mecánico. Bernard Magné, uno de los grandes estudiosos de su obra, ha demostrado (gracias al acceso al dosier preparatorio) que Perec cifró, mediante alteraciones alfabéticas en la lista de los 81 países bajo la letra W, un doble viaje: el del niño Perec, que logra sobrevivir en los Alpes, y el de su madre, deportada y desaparecida en Auschwitz. 

Sin necesidad de descender a esos mecanismos profundos, también un amigo o un lector atento podría reconocer su huella en la superficie misma de las postales. Así, cuando nos situamos bajo el cielo sin nubes de Gijón, ¿no pensamos en el lugar donde Bartlebooth pintó su primera acuarela? Cuando acampamos cerca de Exeter, ¿no recordamos el obispado de Les Revenentes? ¿Y no habrá sonreído Harry Mathews al leer una nota enviada desde Ars-en-Ré que celebra la belleza del lugar y un día de playa, él que pasó allí unas vacaciones con Perec? Recordamos que este se protegía del sol con “una inmensa gandoura”, y que “ese disfraz de jeque árabe” les hacía reír mucho.

De hecho, las numerosas alusiones a las quemaduras solares no son casuales: David Bellos, biógrafo de Perec, evoca “la gran sensibilidad de su piel al sol de verano”, un problema que lo acompañó durante toda su vida y que su entorno conocía bien. Se trata, pues, sin duda, de un guiño dirigido a sus amigos.

El tiempo que hace

Hay un tema omnipresente en las postales: el tiempo que hace. Roland Barthes dedica a este gran motivo unos análisis en su curso del Collège de France de enero de 1979. Si bien no se refiere de manera específica a las postales, su reflexión sobre este tema en apariencia trivial, “el tiempo que hace”, resulta especialmente iluminadora para comprender su recurrencia en ellas. En un primer momento, Barthes lo considera un ejemplo típico de la función fática: una manera mínima de asegurar el contacto con el interlocutor. 

Sin embargo, Barthes observa después que son muy a menudo los seres que se aman quienes hablan del buen y del mal tiempo. A partir de ahí, elabora la idea de una “insignificancia afectiva”: una palabra pobre, convencional, pero cargada de una verdadera intensidad relacional. Hablar del tiempo no consiste, por tanto, simplemente en llenar el silencio, sino en mantener un vínculo con aquellos a quienes se ama, en “respirar en la dulce insignificancia de las palabras”.

Al leer este curso de Barthes, me sorprendió especialmente una frase que parece encontrar un eco directo en la obra de Perec. Dice así:

El tiempo que hace, lejos de ser una forma banalizada de interlocución, expresa por el contrario una especie de “por debajo” del lenguaje que es, en realidad, el propio núcleo de toda relación afectiva. Pienso en el dolor que supone no poder volver a hablar nunca más del tiempo que hace con el ser amado si ha desaparecido.

Barthes piensa sin duda aquí en su propia madre, fallecida dos años antes, cuyo duelo fue para él tan doloroso. Perec, por su parte, también podría pensar en la suya. ¿No sería, entonces, otra manera oblicua de abordar la suerte de estar vivo, a través de esa forma infraordinaria de “insignificancia afectiva” de la que habla Roland Barthes?

Las “243 postales de colores verdaderos”, como muchos textos de Perec, son profundamente ambiguas. A la acumulación de clichés de postales, casi estúpidos, responde un humor discreto, una risa que va creciendo poco a poco. Pero esta repetición no es solo cómica: también dice algo sobre nuestras maneras de viajar y de ocupar nuestro tiempo de ocio, basadas en la reproducción mecánica de las mismas experiencias, de las mismas fórmulas, de los mismos relatos.

Y, sin embargo, todo en ellas es sol, baños, “recuerdos afectuosos”. Detrás de esas palabras triviales, infinitamente repetidas en su insignificancia, aflora un gesto de ternura, como si Perec señalara con el dedo aquello que constituye el corazón mismo de la postal: escribir para decir que todo va bien, escribir a alguien, a un ser querido que recibirá, unos días más tarde, ese pequeño rectángulo de cartón.

Los restos del inmueble

Hay numerosas postales en La vida instrucciones de uso, dispersas por el edificio del número 11 de la calle Simon-Crubellier. La postal más memorable es sin duda la que la señora Trévins muestra a su amiga la señora Moreau, recién llegada de su pueblo, en la que se ve a un mono con gorra al volante de una furgoneta. Perec, como de costumbre, no solo agota todas las categorías de postales posibles e imaginables, sino que también cataloga los lugares en los que suelen aparecer: encajadas en un marco, colocadas sobre una estantería, sujetas con una chincheta en una puerta o en un panel de corcho, guardadas en cajas de zapatos o utilizadas como marcapáginas. 

Bernard Queysanne y Georges Perec (dirs.), Un hombre que duerme, Francia/Túnez, 1974.

Sin embargo, tras un análisis minucioso, lo que más salta a la vista es que, en La vida instrucciones de uso, las postales son, en la mayoría de los casos, restos, vestigios de vidas. Se descubre una en el pequeño salón de Winckler después de su muerte, donde se lee: “Ahora, en el pequeño salón, queda lo que queda cuando no queda nada.” Otra aparece en la buhardilla del viejo Troyan tras su desaparición. Otras más aparecen en la “Tentativa de inventario de algunas de las cosas que se han encontrado en la escalera con el paso de los años.” Finalmente, se las encuentra, relegadas en cajas de zapatos, en el sótano de la señora Beaumont o en el de los Marquiseaux.

En esa idea persistente que recorre la obra de Perec, la del final inexorable de las cosas (“un día, sobre todo, desaparecerá toda la casa, morirán la calle y el barrio”), las postales parecen dotadas de una singular capacidad de resistencia, de una verdadera capacidad de supervivencia. Son los últimos vestigios, lo que queda cuando la fiesta ha terminado. ¿No es significativo que aparezcan en mercadillos de todo el mundo mucho después de la muerte de quienes las compraron o las recibieron, mucho después de que las familias se hayan deshecho de ellas? 

Perec debía de ser particularmente sensible a la vitalidad propia de las postales. Sin duda por eso las integra en su proyecto El herbario de las ciudades, esa “especie de papelera de cosas escritas, de prospectos, todo lo que François Le Lionnais llama el ‘tercer sector’, es decir, esa literatura que va desde lo que está escrito en los sellos de correos hasta todo ese uso intransitivo de las palabras…”. En 1980, Perec había esbozado varias secciones para este proyecto, entre las cuales figuraba precisamente “Postales”, junto a “Prospectos”, “Papeles guardados”, “Catálogos” y también “Notas en trozos de papel”.

Por último, otro proyecto de 1980, también basado en postales y que quedó inédito, se titula “Vestigios de algunas vidas”. Es un texto que yo no conocía y que Jean-Luc Joly menciona en su último artículo “État des lieux, état de Lieux”. Joly explica que se trata de doce fragmentos escritos a raíz de la compra por parte de Perec de una colección de postales antiguas “en un mercado del Poitou”.

Los textos se componen de la transcripción de los documentos (once postales antiguas y un menú de banquete de boda), acompañada de una descripción de la ilustración de cada postal, así como de algunas consideraciones en la introducción y en la conclusión. Perec escribe al final de su prólogo: 

De estas cartas torpes en las que, en definitiva, no se dice otra cosa que se está todavía vivo y que se espera volver a verse pronto, me parece que emerge algo que constituye el tejido mismo de nuestra existencia en lo que tiene de más cotidiano y más cercano: una historia olvidada, tan poco importante frente a los nombres de los generales y de las batallas, pero que cuenta mucho más de qué está hecha nuestra vida que lo que los historiadores, la mayoría de las veces, nos cuentan.

Esta reflexión me conduce, a su vez, a otras dos citas. La primera, de un gran lector de Perec, Christian Boltanski:

La gran memoria está en los libros. La pequeña memoria es saber dónde están las mejores quiches de París, algunas historias divertidas… eso es lo que somos. Y cuando alguien muere, lo que siempre es terrible, es que su pequeña memoria desaparece totalmente. Lo que nos diferencia a unos de otros son esas pequeñas historias. Intentar preservar esa pequeña memoria, que en realidad es imposible de conservar, porque está tan ligada a cada ser humano, siempre ha sido algo que me ha interesado… salvar fragmentos de vidas. 

La segunda, de uno de sus amigos y grandes especialistas, Claude Burgelin: 

La atención que Perec presta a lo ínfimo, a lo infraordinario, a lo casi desecho, a las migajas del tiempo y de las vidas que pasan no es solo una delicada vigilancia puesta en el detalle, en lo perecedero, en lo desprovisto de historia –en aquello que fue, como su madre, frágil, destinado a desaparecer sin dejar huellas–. Sino que, tanto o más, hay en ello por su parte la afirmación de un poder que es casi de creación o de resurrección.

Una postal de Australia

Durante esta estancia, se divierte contándoles a los lugareños que los canguros y los koalas no son, en realidad, más que invenciones. Elabora así una teoría conspirativa tan ingeniosa como divertida: estos animales habrían sido, en origen, mitos procedentes de relatos aborígenes, luego retomados y amplificados por los colonos europeos para dar la ilusión de un continente extraordinario. Llevando aún más lejos la broma, sugiere que, gracias a los avances de la genética moderna, estas criaturas habrían acabado siendo fabricadas, convirtiendo el engaño en realidad en los zoológicos occidentales. Y añade que un secreto semejante no podría revelarse sin poner en peligro tanto la economía turística australiana como el conjunto de la clasificación animal.

Sin embargo, sabemos, gracias a Jean-Michel Raynaud, entonces profesor del departamento de francés de la Universidad de Queensland, que Perec fue, a petición suya, llevado una tarde al parque zoológico de Lone Pine para descubrir la fauna australiana. Allí observa loros, lagartos y dingos, pero también canguros y otros marsupiales, así como, en el acuario, un ornitorrinco. Ante esta sorprendente combinatoria de pato, castor y nutria, Perec exclama: “Haremos venir [a los oulipianos] a hacer esta visita, por el ornitorrinco. Les gustará mucho.”

Quizá sea en esa ocasión cuando compra una postal que representa a dos koalas (una cría agarrada al lomo de su madre), una imagen de las más comunes, un tópico de un viaje a Australia. Y pasa al acto: en el reverso escribe “Recuerdos afectuosos desde Brisbane” y firma con su G en forma de signo de interrogación. Pega con su saliva un sello con la efigie del príncipe Carlos y de la princesa Diana, y envía la postal a su amigo Robert Bober y a su familia, al 44 de la rue René-Boulanger, en el distrito X de París.

Robert Bober, De la rue Vilin à Ellis Island, La Bibliothèque oulipienne, 2024.

Y esto es lo que dice Bober en su pequeño libro De la rue Vilin a Ellis Island:

Esta postal muestra dos koalas: un koala sobre la espalda de su mamá y, justo al lado, un texto. Como no hablo inglés, pedí que me lo tradujeran. Paso por alto el principio del texto. Les leo el final: “… Al nacer, la cría tiene el tamaño de una moneda de 2 centavos, pesa 5,5 gramos y mide dos centímetros de largo. Tras seis meses pasados en la bolsa de su madre, la cría trepa a su espalda. A la edad de un año, debe dejar a su madre para arreglárselas sola y encontrar su propio árbol.” Pues bien: a la edad de un año, debe dejar a su madre para arreglárselas sola y encontrar su propio árbol. No puedo evitar pensar que Georges eligió esta postal con muchísimo cuidado. Este bebé koala quizá le permitía decir de forma más secreta, más indirecta, el niño que había sido. La escritura fue el árbol que encontró. Y me emocionó mucho ver que no había sido el único destinatario de esta postal, sino que estaba dirigida a Robert, Elen, Nicolas y Benjamin Bober.

No se puede sino estar de acuerdo con Bober cuando subraya hasta qué punto Perec eligió y escribió esta postal pensando en su destinatario. Bober, que trabajó con él en el proyecto de Ellis Island, representa para Perec mucho más que un simple interlocutor: es aquel con quien compartió una interrogación profunda sobre la identidad. Para el campesino Perec, Bober acudía a menudo a echar una mano a arar ese campo de alfalfa que constituyen sus cuestionamientos autobiográficos.

Quería terminar con esta postal. Porque creo que es, en sí misma, una pequeña obra, fácil de pasar por alto si no se conoce a Perec. En esta postal, la más simple, la que cualquiera podría enviar, se muestra su arte de hacer mucho con casi nada. En ella están su humor, esa ironía tierna hacia el turista que fue en Australia, pero también el deseo de participar en la conspiración mundial de esa simpática invención que serían los koalas. La intertextualidad es evidente: imposible no pensar en “Las 243 postales de colores verdaderos”, con este mensaje reducido a lo esencial, donde solo subsisten la localización y los saludos. 

Pero también se adivina en ella, en negativo, la dimensión trágica de su vida: la pérdida de su madre, la falta de ternura, el deseo nunca satisfecho de una vida familiar. Pensemos en la puerta de jardín pintada de amarillo que vio en los alrededores de Lyon. Y se despliega su arte de “permanecer oculto, ser descubierto”, en una correspondencia a cielo abierto: la postal, por su misma falta de pudor, impone una forma de retirada redoblada. Todo ello, concentrado en unas pocas palabras banales que rehúyen cualquier sentimentalismo. 

Y, sobre todo, está ese gesto minúsculo, propio de toda postal y en el corazón del proyecto perecquiano: dejar una huella, escribir para decir que uno sigue ahí, que, a pesar de todo, tiene la suerte de estar vivo. 

El presente texto procede de la comunicación que Kim Nguyen Baraldi presentó en el Congreso Internacional de Escrituras Potenciales: lo ordinario y lo infraordinario, organizado por la Universidade de Vigo y la Université de la Sorbonne Nouvelle, bajo la dirección de Hermes Salceda y Alain Schaffner, celebrado en Vigo del 23 al 25 de abril de 2026.


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