Funar o morir

La coordinación y el odio entre las funas de la nueva izquierda y la nueva derecha se parecen pero no son idénticas.
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Llevo años siendo blanco de lo que en Chile llamamos “funas”, esa práctica que consiste en señalar públicamente a alguien para que la tribu caiga sobre él por X, Facebook, y a veces, pocas veces Instagram. Por esas redes los animalistas me mandaron fotos de mis hijas siendo sacrificadas en un matadero. Querían que yo dejara de existir pero carecían de los medios para lograrlo, lo cual los volvía patéticos y casi tiernos, si no fuera por las fotos algo más que inquietantes. 

Las feministas pidieron mi cabeza a la universidad donde trabajo, y el rector tuvo que negársela. No necesitaron amenazarme como los animalistas, les bastó con presionar en los lugares correctos, con la paciencia de quien conoce la arquitectura institucional. Su odio no era personal: me interponía entre ellas y el poder, un poder que por lo demás me parecía justo y necesario que consiguieran. Quise desesperadamente algún debate para aclararle esto último, nunca lo obtuve. No había nada que hablar, tenía simplemente que callarme para que la rueda de la historia siguiera girando sin mi.

 Los comunistas tuitean todos lo mismo al mismo tiempo con una coordinación que haría llorar de envidia, pero no varían apenas los insultos que tienen que ver con mi supuesta condición de millonario. Como esta no existe su odio masivo pero vano apenas logró herir. Ellos siguen fieles al error hasta que la orden de partido les indica una nueva víctima a la que acosar. El Frente Amplio me odió con una torpeza conmovedora: Alondra, la dirigente autonomista, dijo que quería cortarle la cabeza porque tradujo en Google Translator la letra de una vieja canción canadiense que no decía exactamente lo que ella temía que decía. El intento de corregir su francés fue inútil, aunque finalmente el propio absurdo de su reclamo terminó por agotarlos a ellos mismos y todo terminó en nada, como terminó la carrera de la aludida Alondra.

Fui también odiado por los escritores de clase media, por los padres que adoptan hijos. Los antisionistas me acusaron de ser sionista por horrorizarme por los crímenes del 7 de octubre. No les importó que me horrorizara del mismo modo por los crímenes sin fin de Netanyahu y sus adláteres. Los defensores de los Ayatolá por no lamentar la muerte de varios de ellos, lo mismo que les pareció cruel que me alegrara de la extracción de Maduro. Todos ellos, a su modo, querían algo más que mi silencio. Querían educarme, corregirme, integrarme a su causa por la vía del miedo. El odio era un instrumento, brutal pero instrumento al fin de algo parecido a la pedagogía.

Los fanáticos del presidente Kast, los republicanos con bandera chilena en su avatar y fotos de Pinochet son otra cosa. Tuvieron su turno en el carrusel de mis funas cuando me atreví a decir, en un programa de televisión, que la ideología de la dueña de casa –levantarse temprano, ducharse todas las mañanas, llegar a la hora– era un sustento bastante pobre para un gobierno. Se me ocurrió recordar que esa había sido, justamente, la única ideología oficial de la que hizo gala la dictadura militar, en boca de su vocera más beligerante: la primera dama Lucía Hiriart de Pinochet. Esa misma noche alguien había conseguido mi correo y mi WhatsApp para ofrecerme lo que en Chile se llama un combo: insultos coordinados, personales, físicos. 

Gordo, feo, hediondo, sarnoso, piojoso, sucio fueron sus insultos coordinados e incesante de las bases digitales del Partido Republicano, esa formación de nueva derecha que en pocos años pasó de la marginalidad a conseguir la presidencia de Chile detrás de la figura de José Antonio Kast. Hombres jóvenes en su mayoría, anónimos, organizados en cuentas falsas y grupos cerrados, devotos de un candidato que les promete devolverles un país que sienten que les fue arrebatado justo por gente despeinada, piojosa y desaseada. La odiada “izquierda caviar”, los impresentables gozadores liberales de los años noventa acusados de drogadictos, borrachos, corruptos y sexualmente omnívoros. Acusaciones que comparten con la nueva izquierda de la red, que también odian físicamente la liberalidad de los que crecimos en los permisivos años noventa.

La coordinación y el odio entre las funas de la nueva izquierda y la nueva derecha se parecen pero no son idénticas. Las feministas y el frente Amplio me querían arrepentido. Los kastistas republicanos me quieren inexistente. No es el odio del ofendido sino el del propietario. El resentimiento del capataz, que es más peligroso que el del peón no porque sea más justo sino porque cuenta con más recursos para convertirse en otra cosa. Son personas que sin ser jefes de nada se sienten dueños de eso mismo, de su indignación de propietario. Su impotencia se alivia pensando que están del lado del poder. La “funa” es su forma de ejercerlo, por eso pasan del insulto a la maldición, de la maldición a tomar el auto y conseguir tu dirección e ir a lanzarte basura o garabatos (como le paso a una amiga que trabaja en televisión), e intentar de cualquier modo que El Mercurio expulse a Carlos Peña, su principal columnista.

La izquierda está dispuesta a torturarte para que no le inflijas más dolor. Necesita inventarte una superioridad económica, cultural, para derribarte como una estatua de tirano. La derecha no necesita nada de eso: te odia porque te odia, porque simplemente no deberías existir. La izquierda quiere ser ofendida. La derecha solo quiere ofender. En la primera, el odio es un medio, torpe, injusto muchas veces, pero hay algo más allá: un mundo que se quiere construir o reparar. En la nueva derecha no. Ahí el odio es el medio y es el fin. No hay nada después. No hay sociedad imaginada, no hay justicia por venir, no hay reconciliación posible. Solo está el placer de funar, de cancelar, de borrar. Es lo único que saben hacer y es lo único que quieren hacer. Por eso son inagotables. Por eso, también, son frágiles: el día que se les acabe el enemigo, se devorarán entre ellos. Esa función en Chile, gracias a la ineficiencia e incoherencia del nuevo gobierno, ya empezó.

La vieja derecha tenía haciendas, parroquias, regimientos, gremios; podía ser detestable pero estaba anclada en algo más que la subjetividad homogeneizada de las redes. La nueva derecha es pura pantalla. Su militancia es el retuit, su asamblea, el grupo de WhatsApp, su catedral, el algoritmo. La nueva derecha sabe odiar mejor que cualquiera porque el odio es su único motor ideológico. Nacieron ahí y morirán ahí. Fuera de las redes no existen, no tienen biografía, no tienen densidad, no tienen voz propia. Si mañana se cayeran las redes durante un mes, ese mundo desaparecería como un decorado de cartón bajo la lluvia. La mala noticia es que no sé si sobreviviríamos nosotros. La nueva derecha no existe fuera de las redes, ¿pero qué hay fuera de las redes? Responder la vida, o el mundo, es pecar de optimista, o de nostálgico. Decir nada es simplemente ser realista.


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