Arreola: El loco por la literatura / 1

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En mil novecientos cincuenta y cinco, ¿febrero o marzo?, la XELA había radiado que en la Feria del Libro, instalada en la plaza Morelos, a un costado de la Ciudadela, tenía el escritor Juan José Arreola un puesto donde esperaba la llegada de escritores noveles para incluirlos en su recién iniciada colección Los Presentes. Yo fui con un primer librito de cuentos de cuyo título no quiero acordarme, y por primera vez vi a Arreola:

Enmarcado en el escueto stand de madera, en los humildes suburbios de esa feria libresca cuyo centro era ocupado por los grandes editores, se me apareció como flaco signo de interrogación, oscura chaqueta de pana, inglesa gorra de visera, nariz angulosa y afilada, mata de cabello gallardamente despeinado, pequeños ojos vivaces y manos de mimo, de orador de plazuela, de acariciador de raras encuadernaciones, de mujeres ideales o idealizadas, de curvas prosísticas y rotundeces en verso. Sentado y engarabitado ante un tablero de ajedrez, frente a Eduardo Novoa, novel autor de unos Fragmentos, Arreola, mientras vigilaba y comentaba la estrategia del juego, recitaba a Lope o a Claudel o a López Velarde, atendía a los visitantes, alababa los libros expuestos, que no todos eran de los editados por él pero sí magníficos y algunos raros, de los buscados por unos cuantos lectores no siervos de la moda: recuerdo sobre todo una edición de Emecé de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob traducidas por Ricardo Baeza: un aristocrático tomito en octavo, de encuadernación en oscura tela azul y páginas color hueso esmeradamente tipografiadas, libro codiciadísimo por mí, que no había logrado obtenerlo en el idioma original, y cuyo precio nunca tuve el valor de preguntar. Cuando me presenté y le presenté mis cuentos, me tomó la carpeta del original nada original, lo ojeó, leyó en voz alta unas líneas, asintió con la cabeza y me ofreció publicarme aquello, disculpándose de que yo debiera costear parcialmente la edición con una corta cantidad. Luego me invitó a adquirir algunos de los títulos ya publicados en su colección, y yo, desembolsando todo lo que en la ocasión tenía mi flácido bolsillo, compré Lilus Kikus de Elena Poniatowska, Los días enmascarados de Carlos Fuentes y Ausencias de Carlos Valdés, y él como agradecimiento me dijo que los autores se aparecerían dentro de poco allí y me los dedicarían. Así ocurrió: los tres llegaron al poco tiempo, uno a uno, y me los presentó anunciándome como un “joven Charles-Louis Phillippe” (demostrando con ello su velocidad y tino de lectura, porque, con un solo un vistazo a uno de mis cuentos, había detectado en él esa fugaz influencia).

En el tiempo en que se hacía en la imprenta mi librito lo acompañé en unos cuantos recorridos de distribución de Los Presentes, trabajo que para él era de placer. Íbamos desde unas oficinas de la empresa Delher en Bucareli, su ganapán como redactor de gacetillas de publicidad para las estufas de esa marca, a la heroica, estrecha, destartalada y lenta imprenta Juan Pablos en la primera calle de Donato Guerra, en la que discutía con el profesionalísimo y melancólico director tipográfico, el señor Baltasar Hidalgo, algunas características tipográficas de un “presente” allí en prensa, y luego a un café cercano, el Kiko’s de Juárez frente al Caballito, donde, disculpándose él por no quitarse la gorra de visera porque, decía, le quedaba el pelo como de muerto, tomábamos refrescos, y más tarde me invitaba a acompañarlo hasta su casa (que no puedo precisar ahora dónde estaba, me parece que hacia el este de Paseo de la Reforma), pues le sucedía que no podía andar solo por grandes lugares abiertos, tenía ese problema con esta ciudad y confesaba ser agorafóbico, misterioso vocablo que yo nunca había oído. Y cómo recuerdo esas andanzas en que Arreola, cruzando las calles con un estratégico descuido, pensando quizá que la Providencia de las Letras lo preservaba de las embestidas de coches, autobuses, tranvías y camiones, unas veces tomándome del brazo en el paso de peatones para inmovilizarme con la cita de un verso en español o en francés (¿entonces fue cuando supe de las mínimas, exactas y divertidas Contrerymes de Paul-Jean Toulet?), otras soltándome para ejecutar una teórica demostración del arte de la esgrima o para imitar al mimo Pierrot-Baptiste de Jean-Louis Barrault en el film Les enfants du paradis, iba hablándome de libros, de escritores, de vinos, de ajedrez, de las mujeres, de su pueblo jalisciense, de literatura, siempre literatura, o de cosas y asuntos que, viniesen de donde viniesen, aterrizaban en la literatura, o, fuesen hacia donde fuesen, despegaban de ella, siempre flotando entre la realidad y la arreolidad. Ninguno de aquellos vertiginosos no monólogos sino diálogos de Arreola con su reflejo daba la impresión de estar preparado, salvo que los hubiera ido urdiendo desde el pueblerino comienzo de su vida, no ya desde que hubiera comenzado a leer y escribir sino desde que había comenzado a respirar, o desde que, fascinado, habría oído a parientes y familiares, a campesinos y artesanos, a vendedores de plazuela, los merolicos, soltar sus discursos y decires, diciéndose ya desde entonces que él tendría que poseer esa llave mágica, el don de la palabra. Me pareció que hablaba no tanto por lo que tuviese que decir como por el gusto de hacer surgir las palabras, sentirlas aletear en los labios, saboreándolas, oyéndose hablar sin solemnidad, pero con una teatralidad espontánea y excitada de la que él mismo era el primer sorprendido. Perdón, digo bien: tetralidad, porque en aquello ponía no sólo la voz y la declamación, sino además todo el cuerpo convertido en vehículo de su verbo: los ojos chispeando, la afilada naríz explorando el espacio para verificar si allí cabían más palabras, las manos moviéndose como ágiles tramoyistas alrededor de él, mimando la forma, el volumen, el aleteo, el color del habla. Escribía así en el aire y en el instante su prosa alada, convocando y recitando de paso a Lope, Góngora, López Velarde, Schwob, Claudel, Reyes, Torri, Rulfo, y, sin parar en supuestas jerarquías, hermanaba con ellos los grandes narradores orales y anónimos de su tierra, trayendo a cuento a todo lo que viniese o no a cuento, mezclando, rehaciendo, rediciéndolo todo con la respiración libre del gozoso hablante peripatético, cada palabra invitando a la siguiente a viajar una vuelta al mundo en treinta minutos, a bailar un vals sin fin por el planeta.

Y de cuando en cuando, con cualquier pretexto, como recurriendo a un fetiche verbal, un amado talismán de métrica, rimas, acentos, música del idioma, encontraba el modo de decir, con tono y silabeos admirables, el soneto de Lope:

Suelta mi manso, mayoral extraño,

pues otro tienes tú de igual decoro;

deja la prenda que en el alma adoro,

perdida por tu bien y por mi daño.

Ponle su esquila de labrado estaño

y no le engañen tus collares de oro;

toma en albricias este blanco toro

que a las primeras yerbas cumple un año.

Si pides señas, tiene el vellocino

pardo, encrespado, y los ojuelos tiene

como durmiendo en regalado sueño.

Si piensas que no soy su dueño, Alcino,

suelta y verásle si a mi choza viene,

que aún tienen sal las manos de su dueño.

Dos o tres veces, en esas febriles andanzas, compartiendo yo su sacra enfermedad: la pasión por los libros como seres y objetos, lo acompañé a incontables librerías donde buscaba él colocar Los Presentes con muy desigual éxito, pues los casi cuadernillos o plaquettes eran rechazados, o en caso de que se aceptaran, había que dejarlos “a comisión”, y es que, salvo Andrés Zaplana, el dueño de dos grandes y desordenadas librerías: una en San Juan de Letrán casi esquina con Avenida Júarez, y la otra en Avenida Juárez casi esquina con Bucareli, frente a El Caballito y al edificio de Relaciones Exteriores, y que compraba puntualmente una decena de ejemplares de cada título lanzado por el romántico editor, todos los libreros se ponían reticentes, sonreían, se disculpaban, alegaban que ya no había espacio en sus mostradores, que era demasiada responsabilidad cuidar de una mercancía fina que estaría mucho tiempo sin venderse y sería estropeada por el manoseo de los lectores de pie, esos que no compran libros pero los leen en las librerías, algunos de ellos desde la portada al colofón. Y para seducir a los comerciantes del libro Arreola se desflecaba en alabanzas a la espiritual mercancía, encendiendo toda la cohetería de su labia, la pantomima de su gestualidad, ponderando cada libro como la revelación del momento en las letras mexicanas o de habla española: cada poeta podría ser un nuevo Díaz Mirón, cada cuentista un renacido Maupassant, y todos miembros serían capitanes de la vanguardia literaria dernier cri y a la vez marmóreos clásicos del futuro.

Colaboré con él en la lectura y la corrección de pruebas, en su casa o en un pequeño café vecino, y creo que en esos días me enteré de que, según una encuesta de la Unesco sobre las profesiones más fatigosas, que incluía las de leñador, conductor de locomotora, labrador, minero, carpintero, fundidor, herrador, qué sé yo cuántos más, aparecía en los primeros lugares la de corrector tipográfico, profesión heroica y sin gloria, que no en balde a las primeras pruebas de imprenta se les llamaba galeras. Arreola mismo hacía ese trabajo en las galeras de los textos publicables, pues veía en la corrección de pruebas una variedad de las artesanías tradicionales, una humilde pero imprescindible y querible profesión compañera de la de las letras, y sin duda lo mismo sentía por todo lo que abarcaba la confección de los libros. Por ejemplo, la encuadernación…

La encuadernación era, cuando menos en aquel entonces, una de las pasiones menores que giraban en torno a su gran pasión de la literatura. Un libro amado era para él un ser vivo que pertenecía simultáneamente a la vida privada y la vida pública de su poseedor, como una lujosa amante secreta que debía ser acariciable en la privacía de uno solo y a la vez debía estar muy bien vestida ante las miradas de los demás. Tuve evidencia concreta de esa pasión cuando lo acompañé una o dos tardes a un cuarto de azotea, ¿del Convento de las Vizcaínas?, ¿del Palacio de Minería?, donde tenía instalado su obrador un encuadernador solitario, verdadero artista en el oficio de vestir al libro, a quien Arreola, que lo llamaba maestro, le encargaba sus obras y sus joyas bibliográficas, y con el que se demoraba examinando y eligiendo cueros, telas, papeles, tipos para titular en dorado los lomos de los volúmenes, consultándose los dos minuciosamente sobre sus mutuos conocimientos.

(Continuará…)

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