Biografiarse es traicionarse

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Asociamos a Mark Twain con Tom Sawyer (1876) y Huckleberry Finn (1884), pero sus coetáneos lo conocían ante todo por The innocents abroad (1869), sus aventuras alrededor de Europa y Medio Oriente. En el prefacio a esa obra advierte que se aleja de la escritura de viajes típica porque ha visto con “ojos imparciales” y ha escrito “honestamente”.

Twain hizo de esa honestidad total un esfuerzo íntimo que procuró remontar hasta sus últimas consecuencias. Al año siguiente de la publicación de The innocents abroad comenzó a rumiar la idea de escribir su autobiografía: trataría de verter una introspección despiadada de sí mismo en un relato exento de miramientos. Como si eso no le bastara, Twain se propuso incluso la invención de un nuevo estilo literario. En una exaltación llegó escribirle a un amigo: “[William Dean] Howells piensa que la Auto[biografía] sobrevivirá a The Innocents Abroad mil años, y yo ‘sé’ que así será. Quiero que el mundo literario vea (como dice Howells) que la ‘forma’ de este libro es una de las invenciones literarias más memorables de todos los tiempos. Puesto que lo es. Está a la par de la máquina de vapor, de la imprenta y del telégrafo eléctrico.”

Ese regocijo epistolar pertenece a la época en que Mark Twain había encontrado –¡finalmente!– la “forma” idónea para (auto)biografiarse. Su petulancia elude unos cuarenta intentos previos que terminaron en bosquejos insatisfactorios. Admiraba las memorias de Giacomo Casanova y las confesiones de Jean-Jacques Rousseau, pero había decidido emanciparse del corsé cronológico. Precisamente en ello cifraba la innovación de su “forma”: contaría las historias de su vida según brotaran de su memoria hasta revocar la noción artificial de progresión cronológica. Twain pensaba que su método mantendría el flujo natural de la consciencia –como se llamaría más tarde– y que así sería más fiel a la vida misma: una historia de la infancia puede concluir en la madurez cuando un nuevo suceso se integra a un recuerdo que se creía ya avejentado.

Samuel Clemens (1835-1910) llegó a confundirse con su mejor creación, Mark Twain, ese hombre vestido siempre de blanco, de bigote indomable y melena alborotada. Trabajó intermitentemente en la Autobiografía durante treinta y cinco años. Dio el impulso más importante al proyecto autobiográfico en sus últimos años, sobretodo en 1906. En 1876 ensayó los primeros bosquejos, se sirvió incluso de un diario que no logró llevar más de una semana. Una década más tarde hizo dictados a un taquígrafo, vapuleó nuevos fragmentos, se rindió y recomenzó, prefirió escribir una colección de biografías de personajes cercanos o admirados. Al doblar el siglo, su hija menor, Jean, había aprendido ya el incipiente arte de la taquigrafía y el buen entendimiento entre los dos lo animó a probar de nuevo el método del dictado. Del trabajo con Jean y otra estenógrafa salió el núcleo de la Autobiografía.

Originalmente, Twain había dispuesto que la Autobiografía se publicara cien años después de su muerte, pues pensaba que así hablaría con mayor soltura acerca de sí y de terceros. Pero el fiasco en que un tal James Paige lo había metido le pesaba demasiado: Twain había invertido una suma bastante fuerte de dinero en el diseño de una máquina de escribir. Paige lo timó y Twain temió por la situación económica de los suyos. Calculó que una extensión de las regalías por derechos de autor socorrería a sus hijas cuando él faltara. Para extender los derechos de sus obras más antiguas, planeó una segunda edición: si añadía un capítulo de su Autobiografía a manera de apéndice, la cuenta regresiva comenzaría de nuevo, y sus hijas podrían pasar el resto de su vida desahogadamente. Firmó otros contratos que contravenían un contrato de exclusividad anterior y permitió la publicación de algunos fragmentos selectos en The North American Review, The New York Times y The Washington Post. Tras la muerte de su padre, Clara Clemens tampoco tuvo reparo alguno en permitirle al biógrafo de su padre, Albert Paine, que publicara en 1924 algunos pasajes de la Autobiografía. Lo mismo hicieron después Bernard DeVoto en 1940 y Charles Neider en 1959.

Transcurrido el primer siglo desde la muerte de Samuel Clemens, Harriet Elinor Smith publicó el pasado noviembre el tomo uno de la primera edición completa y crítica de la Autobiografía de Mark Twain. La mayor parte de las páginas son anotaciones y comentarios de los editores, el aparato crítico está disponible en la página electrónica del Mark Twain Project (www.marktwainproject.org), auspiciado por la Universidad de Berkeley, en California. El equipo ha hecho un trabajo editorial estupendo que incluye colación de manuscritos y que reconstruye la historia de los malentendidos subyacentes a las ediciones parciales de Paine, DeVoto y Neider. Pero su recepción ha sido dispar. Algunos críticos han calificado este grueso volumen como destinado a los investigadores y de poco interés para el público general. Otros han querido descubrir un artificio publicitario velado: “sólo 5% del material es inédito”, arguyen.

Sin duda, la Autobiografía es la obra más compleja que Mark Twain emprendió y que realmente jamás terminó. La suspendió justo después de la trágica muerte de su hija Jean la Noche Vieja de 1909. A los cuatro meses expiraba él mismo también.

Los últimos dos años lo había desanimado la consciencia de haberse censurado a sí mismo y de haber dejado de cumplir las dos condiciones imprescindibles que se había propuesto desde el inicio, la completitud y la sinceridad: “he pensado mil quinientos o dos mil incidentes de mi vida de los cuales estoy avergonzado, y no he consentido todavía en poner ninguno de ellos en el papel. Pienso que ese repertorio permanecerá completo e incólume cuando termine estas memorias, si acaso algún día las termino. Creo que si pusiera todos o algunos de esos incidentes, sin duda los eliminaría al llegar el momento de revisar el libro”. Había entendido que “ningún hombre puede decir toda la verdad acerca de sí mismo, ni siquiera bajo el convencimiento de que lo escrito no será nunca visto por otras personas”. Samuel Clemens aprendió por la vía dura que biografiarse es traicionarse. ~