Carlos era un príncipe

Era un espíritu generoso y un escritor brioso y brillante: un Balzac mexicano en el sentido que cumplió excelentemente con su ambición de novelar a todo México.
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Aunque él fue mucho más allá que yo, comenzamos al mismo tiempo como autores publicados: en los mediados de los años cincuenta, en la colección Los Presentes, de Juan José Arreola. Él publicó Los días enmascarados y yo un libro (también de cuentos) que prefiero olvidar. Fuimos desde entonces amigos, aunque no muyo cercanos. Él preparaba ya La región más trasparente y “exploraba” cantinas, burdeles, los giros negros, y Salvador Elizondo y yo lo acompañábamos a esos lugares donde era capaz de tomar apuntes sin dejar de compartir los vértigos de la noche. Luego, cuando fundó con Carballo la Revista Mexicana de Literatura, me pidió un cuento para el famoso número 6, dedicado a nuevos escritores mexicanos: la amistad continuó aunque ya no compartíamos los mismos ambientes literarios. Incluso estábamos él y yo en ambientes, si no enemigos, sí algo adversarios.

Años después, cuando Vuelta publicó el muy duro pero no malévolo ensayo de Enrique Krauze, Fuentes se equivocó creyendo que el texto había sido instigado por Octavio Paz y extendió su resentimiento a nuestra revista, pero nunca a mí: me recordó como amigo en su texto de ruptura con Paz y siguió publicando en El Semanario Cultural de Novedades, que yo dirigía.

Era un espíritu generoso y un escritor brioso y brillante: un Balzac mexicano en el sentido que cumplió excelentemente con su ambición de novelar a todo México. Lo hizo con una pasión extraordinaria, de narrador vigoroso, y con muy frecuente genio literario. Era un magnífico desmesurado: escritor de pulso fuerte y largo alcance, en su obra está casi todo el México histórico y (como diría Unamuno) introhistórico. Eso a veces lo llevó a presentar personajes y hechos en un modo simbólico y hasta alegórico que estorban y extravían algo el género de la novela. Tenía una amplia panoplia prosística, una facilidad portentosa, la capacidad de hacer cantar la novela casi hasta el poema, casi hasta el magma retórico. Hizo la Comedia Mexicana como una muy personal variante de la balzaciana Comedia Humana. Como el gran Honoré, quería lograr la novela total, totalizadora, la epopeya y la crónica de su siglo, y siempre procuraba escribir sus libros en un modo nuevo. Manejó bien el arte del collage y la intertextualidad.

A unos días de publicada Terra Nostra, Scherer me pidió que la comentara en el Diorama de Excélsior y que lo hiciera en cuando mucho cuatro días, para que el texto saliese ese fin de semana. Dediqué tres días y tres noches, enteros, a leer y anotar el novelón; era un libro muy arriesgado, una especie de catedral magnífica y a la vez deficiente, y tenía audacias como utilizar, intertextualmente, los clásicos de nuestra lengua y algunos modernos. Debí señalar en mi comentario que había utilizado un largo cuento de Poe, “Un descenso al maelströn”, casi íntegro, para presentar el naufragio que a mitad del libro da el cambio desde el Viejo al Nuevo Mundo. Era lícito, era intertextualidad con algunas modificaciones, pero había un error fundamental: el mar desde España a las tierras centroamericanas no es  como el mar del Norte, donde se dan los maelströns. Mi crítica, aunque reconocía muchas páginas extraordinarias del libro, se fijó demasiado en su lado pastiche, y no fue globalmente muy “positiva”. Fuentes no se enfadó. Mantuvo la amistad, continuó colaborando en en el Semanario Cultural de Novedades y su firma me apoyaba en el periódico.

Diré, en fin, lo que él bien dijo de Lázaro Cárdenas: había grandeza en él.

Carlos era un príncipe.

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