Castañón, lector de México

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Con el rostro joven envejecido por blancas barbas neptunianas, socráticas, victorhuguescas y menendezpelayescas, con la siempre joven mirada dulcemente marchita de tanto leer, escribir y editar, con chaqueta de pana y cachucha de lana (o, también, de pana), con las laterales, enormes, repletas talegas de cuero (que en francés son les sacoches), en las que entran y de las que salen tantos y tantos libros que lee y relee, que escribe o traduce o edita y que sin cesar compra y regala, va Adolfo Castañón por México y el mundo. Va paseando y leyendo paisajes y ciudades como si fueran libros o libros como si fueran ciudades y paisajes. Va de un ocasional, humoso y recóndito café de literatos a un célebre restaurante de ultragourmets, y viceversa; va de librería de viejo en librería de nuevo, y viceverversa; va de nacional biblioteca pública o privada en extranjera biblioteca privada o pública, y viceversa. Y, en fin, pero sin final, va Adolfo Castañón caminando como si, usando las talegas librarias al modo de alas, sobrevolara su amado Sena, el río del que –hermosa y no sólo metafóricamente hablando– alguien, Anatole France o Apollinaire o Jean Cocteau, ha dicho que cruza París “fluyendo entre riberas de libros”. Y me pregunto cuántas veces habrá Adolfo recorrido el malecón fluvial de la Rive Gauche en el que, casi bajo la catedral de Nôtre Dame, ese “sagrado libro de piedra” (según Victor Hugo dixit), los viejos libros o bouquins envejecen y rejuvenecen humectándose junto a la más culta corriente de agua del mundo, pues Castañón, hombre mexicano e hispanoamericano, muy sabedor de las viejas y nuevas literaturas de las varias lenguas que viven en por lo menos el lado occidental del mundo, es a la vez hombre muy íntimamente afrancesado desde que en una tarde de su niñez y al volver de la escuela –por supuesto: con la mochila cargada de muchos más libros de los que le exigían los maestros– encontró a sus padres bailando y canturreando el tema musical de Georges Brassens para la película de René Clair Porte des Lilas, que ellos habrían visto en el Cine Paseo del justamente llamado Paseo de la Reforma, nuestra Avenue des Champs Elysées de la entonces muy paseable Ciudad de México (hoy convertida, pervertida, en Esmógico City, y, si no, que los imecas me desmientan). Porte des Lilas la vería él ya adolescente, cuando estaba ya enamorado de Francia, de sus vinos y panes y quesos, y de sus artes, sus letras y sus muchachas, entre éstas la que vendría a ser su esposa: Marie de Beaugency, a quien conoció diciéndole versos franceses en un juvenil campamento un tanto hippie en la campiña francesa. (Todo esto y algo más lo llevaría a escribir un voluminoso libro sobre la literatura francesa que se halla en vía de publicación con el título, entre dos o tres, que el autor quizá ya decidió asignarle, y con un prólogo que yo osé escribirle.)

Adolfo Castañón es un lector de ciudades y un gourmet de libros, y, además, un polígrafo, es decir un autor que a lo largo, lo ancho y lo profundo de su bibliografía de más de cuarenta títulos es simultáneamente un sexteto de escritores: poeta, cuentista, ensayista, traductor, crítico y editor (pues el que edita también a su manera escribe). Además, y como no podíamos menos de esperar, también tiene silla en la Academia Mexicana de la Lengua y apenas desde hace unos días (¡ya era hora!) ha ingresado al olimpo de los premiados por el dorado fantasma de Xavier Villaurrutia con motivo de su libro reciente, Viaje a México, en el que, lectorísimo infatigable y generoso, dedica ensayos o semblanzas o amplias menciones a Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Luis Martínez, Ernesto Mejía Sánchez, Álvaro Mutis, Augusto Monterroso, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Gabriel Zaid, José de la Colina [¡oh, gracias!], Alejandro Rossi, Leopoldo Zea, Jaime Reyes, Elsa Cross, Huberto Batis, Jaime García Terrés, José Luis Rivas, Christopher Domínguez, Guillermo Sheridan, nombres que transcribo en el orden en que él mismo los enlistó durante la ceremonia de premiación en la inevitable sala Ponce del Palacio de las Bellas Artes.

“Detrás del libro Viaje a México –dice Castañón– discierno una cuestión ética o, para decirlo con Paul Ricoeur, del ‘sí mismo como otro’. En la composición del manuscrito se fueron primero sumando y luego restando muchos textos (una primera versión incluía 82 textos y más de 500 páginas tamaño carta) hasta dar con la forma del libro en cuestión que sólo incluye 39 y tiene menos de 375 pp. Entre sus páginas palpita la pregunta: ¿quién soy?, ¿de dónde venimos?” Es decir que el afrancesado Adolfo Castañón, por medio de sus experiencias, sus lecturas y su escritura, viaja a México para reeencontrar al mexicano Sí-Mismo-y-el-Otro de Adolfo Castañón y para, en compañía de ellos, leer su pasado, su presente y su futuro de hombre de tres principales patrias culturales: México, la Lengua Francesa y la Lengua española. Viaje a México (editorial Iberoamericana, 2009) es a la vez un libro de viaje en el tiempo y el espacio y la cultura de México y una autobiografía presentida tras los rostros de otros durante un largo y amoroso paseo por el país natal tal como (quizá) es y como la sabia, la fina, la vívida lectura/escritura de Adolfo Castañón lo reinventa.

Publicado en Milenio el 1º de marzo de 2009

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