Crónica de un apocalipsis demográfico anunciado

Ya somos 7,000 millones de seres humanos en el planeta. Pero a nadie se le ocurre agitar banderitas ni arrojar confeti o serpentinas. Por el contrario, el tono apocalíptico.
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    Para mi padre

 

Ya somos 7,000 millones de seres humanos en el planeta. Pero a nadie se le ocurre agitar banderitas ni arrojar confeti o serpentinas. Por el contrario, el tono apocalíptico adoptado en demografía en los años setenta parece haber retornado –con el riesgo de hacernos olvidar la verdadera amenaza demográfica: el envejecimiento global.

Según cálculos de la ONU, el año 2050 será testigo de un portentoso hecho sin precedentes en la historia humana. Por primera vez en los 195 mil años de existencia de nuestra especie, el número de personas mayores de 60 años superará al de los menores de 15 y llegará a representar el 20% de los habitantes del planeta: la tasa de natalidad descenderá y la esperanza de vida aumentará.

De ese modo, la pirámide generacional humana, compuesta por una base robusta de sangre joven y una cúspide afilada de supervivientes longevos, se transformará en un hongo demográfico, más amenazador que el hongo atómico, en el cual una base cada vez más menguante deberá sostener un cuerpo cada vez más creciente.

Recapitulemos las fases que han conducido a tal desarrollo.

I

En la primera fase, que va desde la aparición de nuestra especie hasta fines del siglo XVIII, había un equilibrio entre una alta tasa de nacimientos y una alta tasa de mortalidad, ambas inextricablemente unidas. Durante ese periodo, que representa el 99.8% de la historia humana, existía una alta tasa de mortalidad infantil, la cual solo podía ser compensada mediante una alta tasa de natalidad. La muerte de los hijos fue durante esa penosa y extensa fase de la humanidad un sufrimiento con el que los padres debieron aprender a vivir como con el dolor de un miembro fantasma. Tal vez esa sea una de las razones del triunfo del cristianismo como primera religión universal, pues en ella, un Dios Padre es llevado a padecer la misma agonía que todos los padres terrenales: la muerte del Hijo.

II

A finales del siglo XVIII, la tasa de mortalidad infantil empezó a descender, mientras que la tasa de natalidad continuaba en el mismo nivel de los milenios pasados, lo cual condujo a la explosión demográfica y la formación de la pirámide de edades. Así, mientras que durante el periodo anterior la población mundial requería de 5 mil años en promedio para duplicarse, en la nueva fase necesitó tan sólo 123 años para pasar de 1000 a 2000 millones (1804–1927) y después únicamente 47 para volver a duplicarse (1974). Durante esa fase, la población mundial aumentó en un 600% en únicamente 200 años, por lo cual no es de extrañar que a lo largo de ella el Apocalipsis adoptara el nombre de “sobrepoblación”.

III

Pero la tercera fase ya estaba prefigurada en la anterior. En ésta, en la que hemos irrumpido tan sigilosamente que la ONU habla de una “revolución silenciosa”, el decremento en la tasa de mortalidad conduce a un aumento en la esperanza de vida tan impresionante que no resulta exagerado hablar de “una nueva especie humana”, como propone Frank Schirrmacher. Durante la segunda mitad del siglo XX, la esperanza de vida humana aumentó de 46 a 66 años –un incremento del 43.5% en tan sólo 50 años, mientras que en los 20 siglos anteriores ésta había aumentado únicamente en un 31,5%. Y la ONU calcula que en el año 2050 la esperanza de vida a nivel mundial será de 83 años, lo cual representa un nuevo aumento del 25.75%. Al mismo tiempo, la caída tendencial de la tasa de reproducción, para parafrasear a Marx, ha conducido a que el número de nacimientos por mujer en los países industrializados y emergentes haya disminuido en un 50% en los últimos 50 años, hasta llegar a 2.5 hijos en promedio. Y ambas tendencias, a menos que ocurra un cataclismo mundial, son irreversibles.

La primera: porque, de acuerdo a la teoría evolutiva del envejecimiento, y por más paradójico que parezca, la tasa de mortalidad disminuye con la edad. En una serie de trabajos, hoy célebres, Gavrilova y Gavrilov establecieron el punto cronológico en los humanos (75 para las mujeres, 85 para los hombres) a partir del cual la mortalidad se vuelve más selectiva, es decir, la probabilidad de morir tiende a descender (cf. Journal of Anti-Aging Medicine, vol. 4, núm. 2, 2001). A partir de esa edad, y una vez superadas las fases de la vida con mayor riesgo de muerte extrínseca, las ansias genéticas de vivir despliegan todo su potencial. Así, los centenarios, que en el año 2000 constituían el 0.24% de los mayores de 60 años, en 2050 llegarán a representar el 10% de esa población, lo que significará un aumento del ¡4,150%!

La segunda: porque la productividad tiende a independizarse cada vez más de la fuerza de trabajo humana (razones infraestructurales) y, además, existe una correlación demostrada entre el grado de educación de las mujeres y la tasa de natalidad: cuanto mayor es el primero, tanto menor la última (segunda Ilustración).

No cabe duda: Nuestra especie se perpetuará cada vez más y se reproducirá cada vez menos –el hongo demográfico caerá por su propio peso y la humanidad será vencida por su propia inercia.

¿IV?

Cuantitativamente, 6 mil millones de habitantes son, según Wolfgang Lutz, del Instituto de Población y Desarrollo de Berlín, el óptimo ecológico para nuestro planeta. Cualitativamente: Su perfil demográfico debe ser piramidal. Mas ¿cómo alcanzar esa meta a partir de las tendencias actuales? La aritmética no nos ofrece sino una alternativa: Conservar una baja tasa de natalidad baja pero, ¡ay!, disminuir la longevidad.

Hemos construido un sistema de seguridad social basado sobre una premisa fatal: el periodo de vida económicamente activa es visto como un calvario necesario antes de alcanzar el paraíso de la jubilación. Vivimos contando con impaciencia los años que nos faltan para llegar al retiro, consumimos nuestros días arrancando con furia las hojas del calendario, pensando en un mañana consagrado al ocio y la improductividad. Ello sin importarnos que, de ese modo, nos convertiremos en un lastre para la sociedad productiva, más aún, en su perdición. La lógica del desarrollo demográfico es irrefutable: es imposible que cada vez menos manos productivas sostengan a cada vez más brazos cruzados. El filo de la tijera demográfica desgarra ese sueño. ¿Qué sentido tiene una vida que anhela sólo lo que hay al final? ¿Qué vida es ésa que no se vive, sino que es un paréntesis a la espera del coma en que se consumen los días del jubilado?

La única solución es educar a las futuras generaciones en una ética del buen vivir, inculcándoles el disfrute de cada minuto de vida productiva, para que, al llegar a la edad improductiva, opten –generosa, sí, sabiamente– por la libertad más absoluta: el buen morir.