Cuevas fuera de su cueva

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De frente abombada y embestidora, mirando como por encima de las cejas, muy parecido a las mascarillas de Beethoven que parecían responderle la mirada desde las vitrinas de la casa Veerkamp de instrumentos musicales, con las muñequeras de cuero que usaba (y usa) para fortalecer el pulso dibujante, con los dos gordos tomos del Jean Christophe de Romain Rolland bajo el brazo, su Biblia de artista heroico, José Luis Cuevas desde la adolescencia imitaba al personaje genial que en el fondo era (y es), e iba erigiendo su mítico anecdotario de enfant terrible. Invitado a comer sopa de almejas en casa de un amigo miraba asustado las conchas y preguntó si esas piedras se comían; en alguna casa bien casi hizo desmayarse a señoras otoñales contando que, pues las modelos eran demasiado caras para él, iba a los anfiteatros de los hospitales a retratar putas muertas, una de las cuales quizá era el célebre Fantasma del Correo, la mujer nocturna de edad babilónica que trotaba por la esquina de Tacuba y San Juan de Letrán y por la acera del edificio de Correos; y en otro episodio de su leyenda, cuando estaba en el lecho con una de sus enamoradas admiradoras, que era una belleza pero no del tipo de las que le atraían, ella, después de horas de inútiles escarceos, le habría chillado: ¡José Luis, por favor, haz de cuenta que soy tuerta y jorobada! (“como las de tus dibujos”, pudo haber añadido).

Cuevas es un genio cuando en la soledad dibuja, pinta o, esculpe, pero ante el público posa de falso genio. Dijeron que eso lo copia de Dalí, pero yo creo que lo aprendió él sólo desde cuando era niño y aprendió a hacerse una armadura moral contra los mayorcitos abusones de la clase. Al subir los escalones de la Escuela de Artes de la Esmeralda se robustecía el corazón diciéndose que tenía que defenderse forjando su propio mito así como robustecía su pulso para durar por los dibujos de los dibujos, amén. Y si se le acusa de ególatra, de hipervanidoso, él sonríe como quien sostiene un cuchillo entre los dientes para proteger una niñez interior.

Con la alucinada precisión de sus dibujos surge José Luis en mi memoria desde los primeros años 50’s, cuando, nacidos él y yo en el 34, íbamos para veinteañeros: engabardinado, la cabezota por delante en embestida de minotauro, zarandeado por un viento marceño que pegaba en la enorme carpeta de los dibujos como en un velamen, venía José Luis por una calle de la Colonia Roma. Venía a la Galería Prisse, ¿o fue la Proteo?, trayendo innumerables dibujos a pluma y gouaches que mostró a los ojos asombrados de Gironella, de Vlady, de Echeverría, de Bartolí, y éste exclamaba: “¡Cojonudos!” Allí empezamos a conversar de cine y resultó un erudito en filmografías. Era como si nos enlazara una telepatía memoriosa, y reconocimos que hacia las mismas fechas de nuestras adolescencias habíamos tenido los dos en el Palacio de las Bellas Artes la temblorosa erección erótica ante la puta en decúbito dorsal del mural Catharsis de Orozco: la mujer morena, de rostro achinado, de dientes blancos y salvajes, de bellos muslos delgados y fuertes, que impúdicamente ofrece el oscuro pubis en medio de la catástrofe.

Cuando comenzó su guerra casi unipersonal contra los muralistas de la Gran Escuela Mexicana de Pintura, los críticos de la izclesia se escandalizaron contra el sacrílego, mientras Cuevas tranquilamente seguía diciendo su verdad. Tranquilo y como jugando, guerreaba sus batallas de angelito profano contra los monstruos sagrados Siqueiros y Rivera, pero siempre respetó al tercer Grande, quizá el primero entre ellos: Orozco. Y ya entre sus bravos ramalazos polémicos dibujaba cosas exquisitamente escalofriantes, criaturas de la noche desvelada y lúcida hasta la alucinación.

Desde entonces y con la misma ininterrumpida línea de acero de la mano con muñequera (para tener firme el pulso) José Luis ha narrado sobre las cartulinas la incursión de sus ojos en una cotidiana hecatombe, en un familiar infierno: su jardín de los horrores, su cárcel de las delicias. Este profundo tímido todos los días arma y da cuerda a su robot, le pone su nombre y lo lanza a la calle ansiosa del mundo a trompetear y tamborilear, a pregonar autoalabanzas para luego, en casa, dejar fluir en las finas cartulinas su caligrafía de monstruos y horrores, de seres comunes aunque inquietantes, entre los cuales se autorretrata vaciando de tinieblas el corazón. Su línea maestra, su bien llevado y rítmico hilillo de tinta china surge de allí como la melodía de una flauta y va transcurriendo en figuras. Si el poeta dijo: Merece tus sueños, José Luis añade: Y reconoce tus pesadillas. Esos monstruos son su otro yo y son nuestros alteregos, personajes de la comedia inhumana por demasiado humana, aullantes en el silencio del señorial dibujo, del agudo grabado.

Toda su obra es una caligrafía de cuerpos y rostros, una zarabanda de enternecedores esperpentos atrapados por la tinta china como por un rayo disecador y amorosamente cruel que delata esas escenas íntimas de manicomio fijándolas en una inquietante quietud, en un latido de alucinación helada, en una eléctrica pelambrería de líneas que otorga a ese desfile patético un estremecimiento nuevo, un lirismo moderno con luz de alba terminal.

En los años setenta el corazón le dio una campanada malagorera y debió internarse en un hospital de los Estados Unidos. Allí le tomaron una foto (que yo publiqué en la portada de “Sábado”) en que se le veía tendido en la mesa del quirófano para el cardiograma, apresado en una densa red de alambres y tubitos de plástico que entraban y salían de su cuerpo. Alguno diría que ése era el habitual Cuevas narcisista, pero él, paladeando el gustazo que iba a dar a quienes denostaban su “teatrito”, ponía en juego y exhibía en sincero show su verdad de José Luis de carne, sangre, hueso “y un pedazo de pescuezo”.

¡Artista hasta en el filo de la navaja!

Y ya era hora de que el Instituto Nacional de las Bellas Artes reconociera a este fuerte y fino fijador de alucinaciones.