De la tauromaquia

La Fiesta, como llaman a la tauromaquia con fanfarrona, fútil y faroleante F, hace mucho que se ha vuelto un show ramplón para llenar con cualquier cosa el coso y la tarde del domingo.
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A Fernando Savater

La lidia de toros, se dice, tiene nobilísimo origen: viene de los antiguos ritos religiosos mediterráneos que fueron trasplantados a la Península Ibérica luego sobrenombrada, qué coincidencia, “la Piel de Toro”. Al comienzo el juego taurino estuvo reservado a la nobleza, pero durante el reinado de los Borbones adquirió un carácter más popular, antes de caer en lo populachero y el señoriterío. Ya no fue sólo cosa de “caballeros”, sino que comenzó a ejecutarse a pie y el torero se convirtió en un profesional, es decir: un evasor de las profesiones respetables empezó a cobrar por hacer desplantes y monerías ante la bestia y “el respetable”. (El toreo fue realmente espectáculo de masas y ha llenado a reventar las plazas donde se perpetra. Se dice que en la ciudad de México el “coso” principal, la Plaza México, tiene capacidad para 45,000 almas, aunque sólo en la hipótesis, harto aventurada, de que se pueda contar un alma por cada aficionado). Cuando la lidia fue encajonada en normas técnicas fijas, en la segunda mitad del siglo XVIII, un tal José Delgado, alias “Pepeíllo”, escribió un pedantuelo tratado de tauromaquia. Por entonces el ritual taurino se dividía en tres partes: de pica, de banderillas y de matar, y las cualidades más requeridas eran parar, templar y mandar. Durante esa época “clásica” empezaron los toreros a usar seudónimos ridículos como “Lagartijo”, “Guerrita”, “Frascuelo”, “Bombita”; y la manía se ha extendido en el tiempo y en la geografía taurómaca, de modo que ha habido apodos tan pintureros como “Caleserito de Sevilla” y “Manolete”, o tan petulantes como el “Indio Grande”, el “Califa de León”, el “Orfebre Tapatío”, el “Faraón de Texcoco”, y aun tan repelentes como “Cagancho”, apodo que es una verdadera apoteosis fecal (y más vale no menearlo).

Hoy la fiesta taurina se sobrevive como una patética vieja goyesca que aún intenta seducir con la mueca del esqueleto apenas revestido de garigoleado. Cuando vi por la televisión (canal 11) un programa titulado “Toros y toreros” casi no creí que eso aún existía. El toreo va del coso a la fosa. Y la decadencia viene de largo tiempo: ya desde el tercer cuarto del siglo XIX don José Barbadillo comprobaba melancólicamente que la Fiesta “no es, hogaño, sino la burla de sus pasadas grandezas, y no hay hombre otrora apasionado por sus glorias que no maldiga del amaneramiento y la presunción de los que apenas se pueden llamar varones y se pavonean con la triste irrisión de sus figuras mujeriles, convirtiéndose en lamentables contrahechuras de la varonía y el donaire que antaño brindaron viril gozo a nuestros abuelos.” (Que conste: el señor Barbadillo era un intenso aficionado, pero también un hombre lúcido.)

En nuestro “hogaño” la cosa es aún peor. La Fiesta, como llaman a la tauromaquia con fanfarrona, fútil y faroleante F, hace mucho que se ha vuelto un show ramplón para llenar con cualquier cosa el coso y la tarde del domingo. “El arte del toreo”, dicen algunos, y, para probar que efectivamente lo es, aducen que lo honraron artistas como Goya, Gutiérrez Solana y Picasso, por sólo dar tres casos celebérrimos. Pero no habría que confundirse entre lo que es el arte mismo y lo que es meramente materia, motivo o tema del arte. Pues nadie diría que el bombardeo de Guernica sea un hecho artístico porque haya motivado una genial obra picassiana. Por lo demás, en los grabados de la Tauromaquia de Goya, hay una atmósfera de pesadilla, un difuso malestar, un ambiente sonámbulo, tal como el pintor supo ver la España negra que (decía don Antonio Machado) “ora y embiste, cuando se digna usar de la cabeza”. Los pintores kitsch Romero de Torres y Ruano Llopis, queriendo mostrar la belleza del toreo, sólo lograron evidenciar la vulgaridad vistosa, la cursilería centelleante, el gallináceo colorido, la inelegante música (esos pomposos y machorros pasodobles) y la gestualidad relamida de la Fiesta. ¿Y qué decir de las páginas inmortales que “inspiró” el toreo, desde los bonitillos versos de García Lorca y Alberti a las buenas prosas de José Bergamín, Ernest Hemingway o Michel Leiris? ¡Vaya! Si el toreo ha motivado páginas admirables, también lo han hecho los diluvios, masacres, asesinatos, guerras y monstruosidades diversas, pues, como más o menos dijo un ilustre antiguo, “los males de la humanidad ocurren para que los poetas tengan algo que cantar”. En todo caso, si Rabelais y Quevedo y Joyce y Henry Miller lograron hacer música verbal de las más bajas funciones fisiológicas, nada se opone a que la esencial bajeza y la amanerada vulgaridad de la tauromaquia sean “redimidas” por la literatura y el arte. La vocación de la poesía es nutrirse de lo prosaico. “Tú me das fango y yo te devuelvo oro”, decía un poeta inolvidable… cuyo nombre no recuerdo ahora.

Quienes han pretendido ensalzar el espíritu trágico y poético de la tauromaquia como “graciosa huída” y “apasionada entrega”, o por sus valores plásticos, o su grandeza ritual, no han podido ocultar la gratuidad, el vacío moral, la ridiculez de las corridas. El espectáculo de un hombre (dizque “punto más alto de la escala animal”, “ser racional”, “caña pensante”, etcétera) vestido como una loca, y con purpurina y dorada chatarra, y medias rosadas o violetas, haciendo gestos de bailarina narcisista ante un animal realmente noble y estatuario, que no entiende de valentonadas y pizpiriterías, tal espectáculo, lejos de tener solemne grandeza, sólo delata la pobretería y la locura humanas. Los toreros, actores de un tramposo juego con la muerte, engolosinados con sus propios ademanes repipis, irrisoriamente imitan la danza de las tontuelas avestruces ballerinas inmortalizadas por Walt Disney en Fantasía. Vestido y adornado como un travestí, el “mataor” se menea mujerilmente ante el toro, coquetea con la cornamenta doblemente fálica y huye de la embestida con una coquetería femenil. Es la comedia de la vacuidad y la cursilería del hombre frente a la verdad concreta y la aristocracia verdadera de la bestia que va a ser sacrificada. Es la abyecta farsa de una chabacana simulación de la hombría contra el franco, oscuro, señorial instinto animal. Cuando el torero pone las banderillas o se dispone matar (¡esa jactancia amanerada es llamada “la hora de la verdad”!, parecería que los papeles se han invertido y que el torero asumiría una seria virilidad, pero lo hace cobardemente frente un hermoso enemigo indefenso: cuando el torero desafía a un animal mareado, desangrado, arrancado de su medio natural, sometido a un ritual ajeno, rodeado montoneramente de hombres multitudinarios, más la cuadrilla y los picadores cómplices (que no se exponen ellos, sino a sus caballos), es difícil imaginar más impunidad, alevosía y ventaja de parte de la “humanidad”. (El torero, graciosillo y melodramático, cuenta con miles de cómplices para el asesinato. El toro está solo. Heroicamente solo, bello y trágico. Esa bestia cuadrúpeda es el único honorable protagonista del drama.)

Me ha ocurrido tres veces ir a ver la Fiesta, invitado (o más bien casi arrastrado) por amigos que participaban en la complicidad de “la afición”, y en una de esas veces supe, para mi eterno asombro, que había yo tenido el privilegio de asistir a una sublime corrida. El ajetreo de mamarrachos chispeantes, su “partir plaza” meneando el chulapón trasero, la monotonía de la acción llena de momentos muertos, y sobre todo la actitud de los aficionados aglomerados en torno a esa pachanga sangrienta, y su gritería y el postizo tono “calé” (y ya lo “calé”, en sí, es muy postizo), me suscitaban la náusea o la risa.

Habría que escribir sobre “la Fiesta” un libro titulado De la Tauromaquia, o de la Innobleza del Hombre ante la Noble Bestia.