De Púrpura y Glostora

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Querida Ana [García Bergua]:

Anoche he leído de un tirón tu segunda novela, que no conocía: Púrpura (Biblioteca Era, 1999). Es novela light con segunda intención, light sesgado y bueno, y me hizo sonreír y reír mucho con su mirada ibargüengoitiana pero finalmente muy tuya. Qué buena manera de narrar, en principio linealmente, una historia dizque plana de cotidianidades vulgares y cursis, luego enriquecida con pliegues de ambigüedad y de ironía que pasan como entre líneas, y con magníficas anotaciones de un exquisito y perverso barroquismo como en nupcias de Góngora y Agustín Lara, sobre todo las anotaciones de ropa, de gastronomía, de urbanidad, de gestualidad, y las maneras y los tópicos y lirismos “sublimes” que van formando una activa segunda fluencia de la narración: la “colonia [loción] que se nos pegaba a todos como un pulpo viscoso, persiguiéndonos por toda la calle de San Gil”; “un vestido de terciopelo verde oscuro que comenzaba en sus pechos y la recorría hasta sus pies como si estuviera poseyéndola” (¡perfecto, qué movimiento para una cosa inánime como un vestido!), “los pechos de la señorita de Ledesma amaneciendo entre su vestido de gasa” (sólo falta que la tetona hubiera entregado a un Blanco Diván de Tul su Exquisito Abandono de Mujer), “escuchar adentro de mí su voz emplumada”, “la fachada adusta del matrimonio presidencial” (¡caramba, te adelantaste a la pareja presidencial foxiana!), el “ramito de nomeolvides atado con una cinta color vino, guardado en una cajita de cristal como un corazón palpitante” (admirable objeto emblemático: una verbal visualización de regalo de Día de San Valentín), “¿era posible que oyera con deleite esa música [de tango] una mujer que seguramente tararearía a Mahler?” (¡a Mahler, que es puro tango pero en modo “grandioso” y con campanillitas!), ah, y las adjetivaciones entre baudelairianas, mallarmeanas, sternbergianas, vargasvilescas y orolianas: “aquella seda delirante”, “esa cama que ya era como un animal, como una carne pura y sangrante”, “hacía el amor jadeando secretos de guerra” (como los machos víctimas de la belleepoquiana Mata Hari), más los detalles de gastronomía barata aun en momentos “cumbre”: esas “tortas compuestas magníficas, de pavo y pierna, con sus frijoles, su cebolla, su guacamole y su jitomate”, esos “tequila y botana de chicharrón con salsa verde” que se alternan con las “côtteletes d’agneu au berre noir” y las langostas a la Thermidor, etc, etc. El proceso moral del protagonista ingenuo: el glostorado Artemio González, que, atraído por el brillo (de brillantina de más lujo) del tal Mauro, va pervirtiéndose sin abandonar la ingenuidad, está muy bien llevado como en una parodia (que quizá no te propusiste conscientemente) de The great Gatsby: tiene una parecida historia de un ser deslumbrado por otro, pero en comedia con algún pequeño guiño de vodevil: “de hecho nos abrazamos y nos besamos enfrente de la criada, que salía con unas copas en una charola, y mientras Alejandra se colgaba de mi pecho, yo alcancé a mirar a la de la cofia, que me cerró un ojo”. ¡Aplausos! Y algo que me ha llamado la atención como un signo de que vas entretejiendo tus obras narrativas como en una misma tela: ya en Púrpura esbozas, como marginalmente, y de mano del personaje/narrador, la historia de Isla de bobos (Biblioteca Breve, Seix Barral, 2007), tu reciente y todavía mejor lograda novela sobre otra gran ilusión degradada: el soñado y después atroz Paraíso fundado en la isla Clipperton.

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