El calentamiento global, al desnudo

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Como todo cuento, el del calentamiento global del planeta causado por el hombre tiene un comienzo. O varios (esto sucede a menudo con los cuentos populares, como ya advertía Vladimir Propp). Atrevámonos a asignarle uno, que además de real es verosímil. Érase una vez, pues, un entomólogo aficionado a la demografía maltusiana, Paul R. Ehrlich, que escribió un best-seller: The Population Bomb. Ese científico (no confundir con el homónimo ganador, junto con Ilya Mechnikov, del Premio Nobel de Medicina en 1908) fue el primero en divulgar la relación entre tres factores de distinta naturaleza: el calentamiento producido por los gases de efecto invernadero, la polución atmosférica y el aumento de la población mundial. Formulaba Ehrlich en su libro una advertencia: “Actualmente no podemos predecir qué efectos climáticos globales producirá nuestra utilización de la atmósfera como si fuera un vertedero”. La bomba de la población impactó en 1968, año de su publicación, por su alarmista visión de una tierra sobrepoblada de contaminantes terrícolas, pero curiosamente apenas dejó rastro su no menos apocalíptica estampa del basurero medioambiental en que los habitantes del planeta acabarían convirtiendo su entorno.

En aquel entonces –hace tan sólo cuatro décadas–, la versión más popular del fin de los tiempos climatológico decía que se avecinaba una nueva glaciación. Se reconocía la existencia de los cinco gases naturales de efecto invernadero (vapor de agua, ozono, metano, dióxido de carbono y óxidos de nitrógeno), pero se consideraba que la amenaza más seria para las generaciones futuras no provenía de su drástico incremento o disminución en la atmósfera, sino del aumento de los artificiales aerosoles o clorofluorocarburos generados por la contaminación atmosférica de origen humano. En instituciones como la National Science Board de EE.UU. y publicaciones como Science se sostenía que la tendencia de las últimas tres décadas apuntaba a la probabilidad de que las temperaturas globales siguieran disminuyendo, con consecuencias que podían llegar a ser catastróficas para la vida en el planeta. Para remate, en 1975 Newsweek publicó un artículo alarmista, “The Cooling World”, donde se leía que la ya inminente “pequeña glaciación” causaría “hambrunas catastróficas”, “sequías devastadoras”, “destructores tornados”, “inundaciones y monzones no estacionales”. De paso, se culpaba a los gobernantes de no tomarse en serio esta muy real amenaza al no adoptar medidas de precaución como, por ejemplo, acumular ingentes reservas de comida.

Así, en los años setenta del pasado siglo, la idea de un cambio climático brusco y catastrófico causado o agravado por la acción del hombre ya era del conocimiento de la opinión pública. Los supuestos culpables eran otros y los anunciados efectos eran de signo contrario a los que hoy, y desde hace menos de dos décadas, integran la doxa de nuestros contemporáneos en punto a Apocalipsis climático. Vale la pena recordar esta contradicción, y no sólo porque los datos científicos en los que ambas predicciones están basadas sean sustancialmente los mismos. No estaríamos ante el primer caso de manipulación de investigaciones o datos científicos con intenciones acientíficas o tendenciosas; Martin Gardner escribió en los cincuenta un librito delicioso (Fads & Fallacies In the Name of Science) en el que exponía algunas de las teorías astronómicas, geológicas, genéticas y médicas más delirantes, nacidas de la colisión entre ideas científicas y cerebros paranoicos. Valga también esta evocación liminar de contrapeso a la credulidad rayana en la superstición de nuestros contemporáneos en cuanto oyen pronunciar la palabra “ciencia”. No es mi intención repetir el conocido lamento de C. P. Snow; que de la Física la mayoría de los mortales tengamos el mismo nivel de conocimientos que nuestros ancestros del Neolítico es una verdad palmaria, pero eso no impide que los físicos hagan su trabajo. La ignorancia sirve, por ejemplo, para ser feliz, como melancólicamente recordaba Voltaire, y no hay nada punible en ser razonablemente ignorante de algunas cosas. Una sociedad compuesta únicamente por individuos capaces de elaborar teorías originales, advertía Mencken, probablemente sería insoportable.

Pero lo que obviamente no se puede ser es razonablemente supersticioso. Como nada parece detener el progreso (ya lo decía Rimbaud, que poco sabía de ciencia y, a descargo suyo, menos aún del ferrocarril de Matallana: “le monde avance, pourquoi ne tournerait-il pas?”), ahora, gracias a los defensores de la tesis del calentamiento global de origen humano, tenemos la cuadratura del círculo que representa la vulgarización y aceptación del mentado oxímoron, la “darkness made visible” de una superstición razonable. Contra la evidencia factual de millares de años de cambios climáticos, se nos conmina a detener la máquina de la industrialización, en nombre de una superstición basada en una egocéntrica concepción de la vida en el planeta, según la cual los humanos, que lo habitan desde hace el equivalente de media hora en la vida de la Tierra, son los únicos responsables de procesos complejos que suceden desde mucho antes de la aparición de los homínidos y que previsiblemente continuarán sucediendo tras su desaparición.

No obstante, las supersticiones pueden hábilmente presentarse disfrazadas de razón, incluso maquilladas de razones científicas. La ola –qué digo la ola: el tsunami– de beata complacencia en los desastres que se nos vienen encima por culpa del calentamiento global del planeta que nosotros –y sólo nosotros– estamos generando, tiene su origen precisamente en una de esas creencias revestidas de racionalidad científica. La superstición, ya lo hemos visto, no es nueva; lo novedoso es que lo que comenzó siendo un delirio metafísico, convertido con el tiempo en movimiento de agitación política, haya acabado recibiendo la aprobación de una parte de la comunidad científica y el aval de organismos internacionales y gobernantes.

Antes de hacer inventario de estas prendas íntimas, convendrá situarse en el campo donde actualmente libran batalla los defensores y contendedores de la tesis del calentamiento global de origen humano para repasar sus respectivas armaduras. Los primeros son legión, y aunque esgrimen algunos datos derivados de las ciencias (física oceanográfica y astrofísica, básicamente) y muchas hipótesis generadas por cuasi y seudociencias (climatología y ambientalismo), se niegan por sistema a debatir con científicos que sostengan teorías alternativas o interpreten los mismos datos según modelos diferentes. Una clara demostración de que es más fácil esgrimir argumentos científicos o que aparentan serlo que aplicar los métodos que definen y gobiernan las actividades científicas: la duda razonable y la contrastación y refutación experimental.

Si alguien se atreve a recordar un hecho comprobable, como que el CO2 no sólo no es un gas “contaminante” sino que es uno de los gases de efecto invernadero cuantitativamente menos importantes, comparado con el vapor de agua, por ejemplo; o que el CO2 generado por actividades humanas representa actualmente una porción inferior del producido por los océanos, los volcanes e incluso la descomposición de las hojas de los árboles en otoño, los más fervorosos defensores de la profecía de que mañana Groenlandia o el Antártico occidental se fundirán y las aguas subirán siete metros, y que ello se deberá a nuestro uso inmoderado de fuentes de energía de origen fósil en lugar de instalar molinos de viento y paneles solares en el patio de nuestras casas, lo último que hacen los integristas del cambio climático antropogénico es discutir civilizadamente sobre la base de datos comprobables. Su primer y único reflejo consiste en echar mano a la soga y las antorchas para proceder a linchar públicamente a quien dice esas horrendas cosas, porque resulta que sólo puede proferirlas quien trabaje a sueldo de alguna multinacional petrolera. Ilusos de nosotros, que un día creímos que con la caída del muro de Berlín desaparecerían las viejas cazas de brujas de uno y otro bando. Ha quedado claro que el de la superioridad moral e ideológica ni sabe ni quiere renunciar a aquellos viejos aquelarres, tan concurridos y excitantes, en los que hasta Hannah Arendt, por aquello de su análisis del totalitarismo, o Isaiah Berlin, porque siendo ruso de nacimiento no cantaba las loas del padrecito Stalin y osaba estudiar seriamente a Hamann, Vico o Herder, eran agentes de la CIA o del MI5 y debían ser sacrificados al macho cabrío de la pureza ideológica. Quien hoy tímidamente recuerde hechos y datos como los mencionados más arriba será tachado de agente de los intereses petrolíferos de la familia Bush en la guerra de Iraq. Como mínimo.

Interludio: dos documentales

Pobre Al Gore, Jr. No sólo es el eterno ex futuro presidente de EE.UU., sino que ni siquiera ha logrado que su cinta Una verdad incómoda, que le ha valido un Oscar, sea la auténtica protagonista de la actual polémica entre defensores y detractores de la teoría del origen antropogénico del calentamiento global del planeta. Otro junior, un mañoso texano, ya le arrebató en 2000 con malas artes, dicen, los decisivos votos del Estado de Florida; ahora, cuando Gore estaba seguro de convertirse en el imbatible predicador estelar del Apocalipsis climático, un tal Martin Durkin produce un documental para BBC-Channel Four y se lleva este otro gato al agua. Al ex vicepresidente de Clinton le ha ganado esta carrera nada menos que un ex libertario inglés que flirteó en su día con un minúsculo Partido Comunista Revolucionario, y que ya en 1997 había fustigado, en una serie documental también realizada para la BBC (Against Nature), el oportunismo político y los jugosos beneficios económicos de los movimientos ecologistas. The Great Global Warming Swindle (“La gran estafa del calentamiento global”), el reciente documental producido por Durkin y Wagtv, fue emitido por Channel 4 el pasado 8 de marzo. Fue el programa más visto en la televisión inglesa no sólo ese día, sino en la semana en que se emitió, y esta cadena recibió el mayor número de llamadas de su historia, en su mayoría de felicitación.

Un aspecto interesante del impacto de este documental es que demuestra la creciente influencia de internet. Millones de personas en todo el mundo han visto The Great Global Warming Swindle a través de la red, y en ella principalmente se han ventilado las agrias polémicas desatadas por su repaso crítico a los supuestos básicos de la tesis antropogénica. Tras consultar una cantidad no desdeñable de artículos, entrevistas y comentarios en blogs, saco la conclusión de que el documental de Durkin incurre en algunas simplificaciones (sobre todo respecto de la compleja a la par que fascinante teoría de la influencia de la actividad solar en las variaciones climáticas), lo que no es de extrañar en una presentación de carácter divulgativo, y en un error grave, al sacar fuera de contexto y distorsionar las intervenciones de Carl Wunsch, uno de los mayores expertos mundiales en oceanografía, quien ha amenazado con emprender acciones legales contra los productores del film.

Hechas estas salvedades, la denuncia del “timo” del calentamiento global en el documental de Durkin ofrece un sano paliativo a las verdades a medias, vaguedades seudocientíficas y lamentable narcisismo autocomplaciente que hacen de An Inconvenient Truth, de Gore, un penoso espectáculo. Por no decir nada de los encuentros planetarios organizados por Naciones Unidas a través del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC, creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa para Medio Ambiente de Naciones Unidas), ni de los jolgorios lúdico-alternativos que salpican las carteleras globales de sedicentes acontecimientos culturales, desde el Fórum de las Culturas de Barcelona hasta los conciertos “Live Aid” y “Live8”, cada vez más elefantiásicos. El último de estos saraos, anunciado a los cuatro vientos por (guess who?) Al Gore, tendrá lugar el próximo 7 de julio, es decir el séptimo día del séptimo mes del año, y consistirá en una serie de conciertos celebrados en (guess what?) siete ciudades: Londres, Washington, Berlín, Shangai, Río de Janeiro, Ciudad del Cabo y Kyoto. Una modesta porción de los presupuestos engullidos por esta maquinaria político-mediático-cultural disfrazada de filantropía globalizada bastaría para facilitarle el acceso a agua potable a africanos, asiáticos y latinoamericanos pobres.

Que los cambios climáticos, sus orígenes y consecuencias sean materia debatible y debatida, ya se ha dicho, no es una novedad. Tampoco lo es que las ciencias pueden ser objeto de manipulaciones política y económicamente interesadas. Hoy ya hemos olvidado que en la Unión Soviética fueron elevadas a dogma irrebatible las opiniones de Trofim Lysenko, y que las ideas racialistas de Gobineau nutrieron a Hitler y a los suprematistas blancos del Ku Klux Klan. Tanto la fantástica noción de que no son los genes los encargados de transmitir caracteres hereditarios sino los cambios en el medio donde vive el individuo y que éste es automáticamente capaz de transmitir a su progenie, como la enrevesada trola de que existen razas que forman familias estables y se distribuyen jerárquicamente en superiores e inferiores, recibieron en su tiempo el marchamo de “ciencias”.

No se trata de negar que haya “ciencia” detrás de las tesis del cambio climático. En cambio, sí se puede afirmar –como procuran hacerlo, pruebas al canto, los científicos y expertos que participan en The Great Global Warming Swindle– que la ciencia realmente existente se ve sometida a tremendas distorsiones, por no decir a crasas imbecilidades, porque hay intereses económicos en juego. Por lo demás, asombrarse de que el clima registre variaciones, que pueden llegar a ser tan considerables como para producir períodos de enfriamiento y de calentamiento excesivos, es tanto como manifestar sorpresa ante el envejecimiento celular de los organismos vivos. Quizás la novedad en el actual fenómeno de aceptación beata de las tesis del calentamiento global del planeta tenga que ver, más que con la solidez o vaguedad de la ciencia en que se basan esas tesis, con el epíteto que da cuenta de la amplitud y generalización del fenómeno. La globalización tiene cosas buenas (mayor interconectividad y difusión más libre de bienes y de información que en cualquier otra época), pero las tendencias benéficas también engendran efectos perversos. La información circula más libre y ampliamente que nunca antes en la historia de la humanidad, pero lo mismo puede predicarse de las falsas teorías, los bulos y los camelos de toda clase. En cuanto a la tendencia a una mayor interconectividad, también se puede acabar conectando cualquier cosa con cualquier otra, incluida su contrario o negación. No conozco mejor ejemplo de lo que podría llamarse interconectividad delirante que la película de Gore, donde se afirma que el incremento de CO2 en la atmósfera no es tanto un “problema político” cuanto “ético”, y sin la menor sombra de rubor se sugiere que epidemias como la de la gripe aviar o la extensión de virus como el Ébola y el del Nilo Occidental, sin olvidar el rebrote de la tuberculosis en los países desarrollados, son producto del calentamiento global. Aún peor (o mejor, según se mire desde un campo de refugiados a las afueras de Nyala o desde la mansión de Gore cerca de Nashville): Gore da a entender que lo que hoy sucede en Darfur, con su medio millón de probables víctimas mortales, también es consecuencia del aumento de los niveles de dióxido de carbono. Por lo demás, huelga decir que Gore es menos explícito a la hora de describir qué medidas concretas tendrían qué efectos salutíferos en la climatología mundial. Pero como una parte del tiempo de sus costosas conferencias (417 euros costaba la entrada a su show con PowerPoint en Madrid, en febrero de este año, y sin derecho a hacerle preguntas a quien pudo ser y no fue presidente de EE.UU.) lo dedica a hacer guiños acerca del actual inquilino de la Casa Blanca a un público manso y rendido a sus pies de star, cabe inferir que la culpa de que mañana mueran más africanos, amén de todos los osos polares del ártico, la tendrá el cowboy que le arrebató la presidencia.

El triunfo póstumo de Heidegger

La eficacia de un strip-tease no se mide por el desnudo integral de su objeto. En realidad, tiene que ver con la insinuación de desnudez que pueda transmitirse mediante un paulatino y diferido despojamiento de cada una de las prendas de vestir. Por eso, a la hora de la verdad, las prendas íntimas son secundarias. Una vez alcanzado el nivel del liguero y las tangas, la mercancía ya ha sido tasada desde todos los ángulos. Lo demás es lo de menos.

En el caso del candente asunto del calentamiento global de origen humano, bastará con señalar la talla y el color de las prendas últimas de este objeto de deseo narcisista. Primero, el liguero. Como buen sostenedor, esta pieza será más eficaz cuanto más oculta aunque presentida sea. En The Great Global Warming Swindle, el meteorólogo del MIT Richard Lindzen pone el dedo en el liguero de encaje con tanta precisión que no le hace una carrera a las medias vamp-cristal que sostiene. Cuando ocupaba la Casa Blanca el primer Bush, padre del actual texano, las investigaciones sobre calentamiento global antropogénico recibían de la administración unos 170 millones de dólares anualmente. Lo que no estaba nada mal, añade Lindzen. Actualmente, esa cantidad oscila entre dos mil millones (cifra que da Lindzen) y cuatro millones de dólares (una estimación razonable, si se le suman los fondos de Naciones Unidas y otros organismos). Así pues, el calentamiento global será un timo, pero no cabe duda de que es un buen negocio.

¿Y el tanga, qué? Resulta que está hecho de material sensible a las fluctuaciones de la opinión pública, pero a la vez es resistente a las modas ideológicas. En realidad, las vergüenzas de nuestro objeto están tapadas por uno de los más viejos y cerriles anhelos del hombre: imaginarse de vuelta a una Edad de Oro en la que no había mediación alguna (ni tangas) entre el hombre y la Naturaleza. Así, con mayúscula de hipóstasis y ecologismo. Una Naturaleza virgen del molesto y complejo progreso, de la prometeica y antinatural voluntad de los hombres. Sin fábricas contaminantes, sin automóviles vomitando monóxido de carbono, sin proliferantes y cancerígenas urbes, donde el hombre ha dejado aun de ser un lobo para los otros hombres y vaga a la deriva, solitario, aislado, sin manada y sin propósito. Es la Naturaleza que describe, basándose en una profecía de los indios hopi extrañamente evocadora del Apocalipsis de los cultores del calentamiento global, la película de 1982 de Godfrey Reggio, Koyaanisqatsi. Que en el fondo dice lo mismo que el documental de Al Gore, pero sin el delirio ególatra de este personaje y al menos con un derroche de imágenes cargadas de belleza.

Y ahora, sin ligueros, braguitas o tangas, la desnuda cosa que a tantos atrae, nadie nombra y muy pocos tocan. Detrás de los intereses económicos (véase la secuencia, en The Great Global Warming Swindle, que trata de los orígenes thatcherianos del interés por el calentamiento global en Gran Bretaña) y las nostalgias ecológicas (tan a menudo convertidas en delirantes “sueños de la razón”, como el que hizo que Patrick Moore, cofundador de Greenpeace, abandonara esta organización cuando sus miembros decidieron nada menos que “prohibir” por su carácter contaminante el cloro), anida una boca de sombra. La del rector de una universidad alemana que en 1933 se puso el uniforme nazi, borró del mapa a sus colegas judíos o no conformes con el régimen, y pronunció uno de los discursos más hondamente serviles frente al poder de turno que imaginarse pueda. Una boca que, finalizada la guerra y conocido el horror de los campos de exterminio, no tuvo empacho en pronunciar en Bremen, en 1949, estas palabras: “La agricultura es ahora una industria y, en cuanto a su esencia, es lo mismo que la fabricación de cadáveres en las cámaras de gas y en los campos de exterminio”. Unas palabras que aúnan indecentemente la detestación del progreso industrial y el fraude histórico, y que cualquier antiglobalizador histérico ante el inminente Apocalipsis climático no tendría empacho en suscribir.

Su autor era Martín Heidegger. Heil. ~