¿El monstruo de Amstetten?

AÑADIR A FAVORITOS

En 1984, en Amstetten, un pueblo a 100 kilómetros de Viena, el austriaco Josef Fritzl secuestró a su hija Elisabeth de 18 años y maquilló su desaparición afirmando que la adolescente se había adherido a un grupo de corte sectario. Desde entonces y hasta hace una semana, el padre abusó sexualmente de la hija suficientes veces para concebir con ella 7 hijos-nietos, y no la dejó salir del zulo (construido específicamente para el cautiverio) hasta que una de las hijas en común tuvo que ser hospitalizada por complicaciones propias de los casos de incesto. La policía local, al tanto de algunas pistas extrañas, encontró a la desaparecida Elisabeth con su padre y ató cabos hasta terminar con la nota que ha dado la vuelta al mundo.

Apenas unos días atrás, Fritzl, de 73 años, parecía un viejo normal, incluso ejemplar. Sus vecinos o amigos, entrevistados por los medios internacionales, señalan que era un hombre educado, jovial, atento; tenía fama de padre ejemplar y una fortuna modesta, valor incuestionable en nuestra sociedad consumista. Lo curioso es que los medios subrayen estos hechos como si la noticia apenas dada a conocer se contrapusiera a todas estas virtudes modelo, al rol de abuelo bueno: tal como si maldad y bondad no se hospedaran nunca en la misma carne.

¿Qué hace pertinente la noticia de Fritzl más allá de Amstetten, más allá incluso de las fronteras austriacas? ¿Es tan solo el morbo desmedido que carcome al ser humano lo que provocó la invasión de la nota roja en todos los continentes? ¿Por qué este caso nos interesa y repugna tanto? Existe una fascinación humana por lo macabro, es cierto, pero no creo que sea sólo eso lo que haya hecho popular a este crimen. El escándalo en torno al señor Fritzl goza de auge mundial pues tiene que ver con lo poco que en realidad sabemos de nosotros mismos. Nuestra extensamente estereotipada concepción de “humano” –en buena medida heredada de la visión bonachona de Rousseau– contrasta con esta humanidad descarnada y real representada en Fritzl. Como en negativo, el austriaco nos muestra una faceta salvaje de nosotros mismos, y por eso el mundo entero se alarma.

“Es un caso criminal espantoso…”, dijo un funcionario austriaco: “…supera todo lo conocido hasta ahora”. ¿Será? ¿En serio estamos tan profundamente sorprendidos? Pongamos al crimen en perspectiva. ¿Qué diferencia existe entre este secuestro y otros también condenables? ¿Por qué nos aterra este incesto mientras que nos tiene sin cuidado que un porcentaje inmenso de la población rural de México copule con sus consanguíneos? ¿Será que la mezcla de ingredientes (secuestro+tiempo e incesto+hijos) fue lo que consiguió que se desataran el temporal mediático y la crítica moral que acosan al señor Fritzl? Tal vez lo más incómodo de este crimen es que todos nos hayamos enterado de lo que humano realmente significa.

Ingenuamente horrorizada, la prensa de Austria, en un desplante de fácil impresionabilidad, ha bautizado al señor Fritzl como “El monstruo de Amstetten”. ¿”Monstruo” no es, digamos, demasiado? ¿Es que no éramos ya conscientes de lo que somos capaces de hacer, de que los lindes de lo humano rozan los más descorazonadores lares?

O somos ingenuos, o nos falta memoria, o somos hipócritas hasta el hartazgo; más bien esto último. Recuerdo que Kinsey, al realizar el estudio sobre los hábitos sexuales gringos, dio con cierta verdad avasalladora: los varones norteamericanos de los años cuarenta mantenían una vida sexual mucho más florida de lo que admitían, ya fuera con otras mujeres distintas de sus esposas, e incluso con hombres. Homosexualidad, bisexualidad y adulterio fueron los resultados sobresalientes del estadista, que le dieron fama en su país y un éxito de ventas increíble.

Cuando Kinsey publicó el tomo referente a la mujer norteamericana, donde se describían más los devaneos sexuales de prostitutas –según la concepción de los lectores conservadores– que los hábitos cristianos que debían ejercer en el lecho marital las madres, hermanas, esposas e hijas de los norteamericanos, la temporada de ventas terminó: los estadounidenses cerraron los ojos, clausurando así su conciencia, y continuaron con su vida hipócrita, juzgando de acuerdo a reglas que nadie seguía y de las cuales muchos tenían que olvidarse al caer la noche.

El caso del señor Fritzl consigue lo mismo: traer a la mesa de debate un tema antiguo que desde siempre se ha negado como propio, como humano: el incesto. Por eso llamamos “monstruo” a Fritzl: al definirlo así, al clasificarlo como algo no humano, antinatural, excluimos la maldad de nuestra condición y la dotamos con la exclusividad del bien maniqueo. Lo humano es lo bueno y lo malo es monstruoso; Fritzl es malo y es, por lo tanto, un monstruo. Aceptar que Fritzl sea malo y sea, a la vez, humano, implicaría una operación impensable: admitir en nosotros cierto tipo de humanidad que consideramos deleznable.

Al parecer, para abordar el crimen de Fritzl como sociedad tenemos que darle tratamiento de patología, como si fuera algo infrahumano, y al negar esta faceta de nosotros mismos –nuestra capacidad de hacer el mal– ignoramos rampantemente el potencial benigno y perverso que nos define. Recuerdo a Frankl, cuya definición de hombre es, de las que conozco, la más realista: “¿Qué es, en realidad, el hombre?”, se pregunta el antes reo de Auschwitz: “Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.” “Humano” no es un punto conceptual inamovible, simple y uniforme como el que plantea la falsa sorpresa de los medios internacionales, sino un rango variadísimo que acepta muchas formas de ser, como dice Frankl.

Quizá sea importante saber de qué somos capaces, pues el reconocernos capaces de cualquier cosa es el mejor remedio para no llegar a ser aquello que más aborrecemos.

– Jorge Degetau Sada