El señor del suspense/ 7

Una entrega más de la serie sobre Alfred Hitchcock. 
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En la ciudad de San Francisco el detective John Ferguson, alias Scottie (James Stewart), se ha retirado de la policía estatal porque, sufriente de acrofobia o “vértigo de las alturas”, no pudo impedir la muerte de un colega. Su amigo, Gavin Elster (Tom Helmore) le encarga vigilar a su esposa Madeleine Elster (Kim Novak), a la que le sospecha tendencias suicidarias. Eso es, digamos, el prólogo. A continuación Scottie sigue en su automóvil al de la bella, la rubia, la elegante Madeleine, quien, fascinada con su abuela Carlota Valdés, una dama loca y suicida del siglo anterior, visita su tumba en el cementerio de un convento y contempla por horas su retrato en el museo citadino. Una tarde en que Madeleine intenta suicidarse tirándose al río, él la salva y la lleva a secarse a su propia casa en una de las calles altas de la ciudad, donde se vuelven amantes, aunque no se sabe si hay consumación física. Para sanarla de su obsesión mediante el amor y un algo elemental y rudo psicoanálisis, Scottie lleva a Madeleine al convento junto al cementerio, y ella, en una crisis de angustia, sube al campanario y se lanza al vacío sin que él pueda impedirlo por causa de su acrofobia. Desde ese momento Scottie, enamorado para siempre del fantasma de Madeleine, vaga por la ciudad en perpetua reminiscencia de la amada. Una tarde por azar encuentra a Judy Barton (otra vez Kim Novak), una bella y vulgar muchacha que es, aunque sólo físicamente, el facsímil de Madeleine, y él, mediante recursos de vestuario y tintes de cabello, trata de transformarla en la amada perdida, mientras ella, al principio reticente pero al fin obediente por amor a él, se resigna a ello. Y cuando casi se ha logrado la virtual reencarnación del fantasma, un medallón que fue de  Madeleine y es hallado entre las alhajas de Judy le revela brutalmente a Scottie que ella ha sido instrumento de Gavin Elster para asesinar a la esposa y para hacer creer al detective que él mismo sería el asesino. El tremendo grand finale ocurre cuando Scottie, vengativo aunque aún loco de amor, lleva a Judy al campanario del convento para extorsionarle una completa confesión, pero ella, asustada por la súbita aparición de una monja a la que toma por un fantasma, cae al vacío y muere, dejando allá arriba a Scottie en la inminencia del vértigo y anonadado por la pérdida de dos mujeres en una.

Así concluye Vértigo, obra maestra de suspense interior realizada por Hitchcok en 1958 a partir de la mediocre novela D’entre les morts, de Pierre  Boileau y Thomas Narcejac.

Vértigo o de De entre los muertos —que de las dos maneras fue titulado simultánea o alternativamente en la mayoría de los países de cualesquiera lenguas en que se exhibió… salvo en Francia donde el segundo título fue el chabacano Sueurs froides: “Sudores fríos”—es el film más romántico, el más cercano a la poesía y también el más gustosamente artificial de Hitchcock. Es un doble magistral ejercicio de suspense pues su narración fluye entre dos vasos comunicantes: en el primer vaso transcurre una historia fantástica, de vida más alla de la muerte, de tiempo más allá del tiempo, de fantasmal posesión de un ser (Madeleine) por otro (Carlota Valdés), mientras en el segundo vaso la misma historia continúa pero ahora con una trama no sobrenatural sino realista y con asunto de misterio meramente policiaco, pero también de trauma psicológico y de pasión erótica.

 

Así, Vértigo es, entre los dos vasos de la línea narrativa, una película con tres modos de fascinación, es decir: fascinación de Carlota hacia Madeleine y de Madeleine hacia Scottie, más la fascinación ejercida por el mismo Hithcock en el espectador. En el ápice de su maestría, mister Hitch hace un cine de la absoluta manipulación de los deseos y las inquietudes del espectador, al que hipnotiza con los trayectos automovilísticos de Scottie, con las dos escenas en que el escenario gira alrededor de los protagonistas abrazados, con las escenas predominantemente teñidas de color verde o rojo, e incluso con la fuerte presencia de una Kim Novak frondosa y bellísima, bien utilizada mediante el contraste de su frialdad de actriz y su poderosa atracción animal.

La partitura envolvente y diríamos embriagadora de Bernard Hermann, más la reincidencia del elemento visual y simbólico de la espiral móvil, contribuyen a esa calidad hipnótica de la película, que es casi una película-poema y hace olvidar algunos errores como la breve pero molesta secuencia onírica de pétalos expansivos realizada con… ¡dibujos animados!,  y unos cuantos momentos sobreactuados en que Stewart pretende expresar la angustia y sólo obtiene la comicidad involuntaria.  

Vértigo es para muchos críticos la obra mayor de Hitchcock, en la cual logró uncine de la fascinación y aproximado al surrealismo. Y yo diría que es un puro poema cinematográfico si la maestría técnica, que es indudable, pero también es narcisista, no se hiciera notar demasiado. 

(CONTINUARÁ) 

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