Entre la literatura y la acción

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¿Qué surge primero en usted, el interés literario o el político?

El literario. Como todos, me inicié escribiendo versos a los doce o trece años, y poco más tarde decidí que el único oficio digno de ser practicado era el de escritor. Luego la vida me ha apartado de ser un verdadero escritor. Publiqué mi primer libro a los cuarenta años, después de haber hecho política activa como militante comunista en la clandestinidad.

¿Qué lecturas de juventud le hicieron desear ser escritor? ¿Qué autores influyeron en la formación de su pensamiento político?

Mis lecturas de filosofía política datan de mis años en la universidad e incluyen una amplia gama de pensadores, desde Marx hasta los pensadores liberales. Sin embargo, literariamente lo que más me ha influido ha sido la poesía española. Puede decirse que el siglo xx ha sido un nuevo Siglo de Oro no solo de la literatura española sino de la lengua española: César Vallejo, Antonio Machado, Octavio Paz, Pablo Neruda…

Usted abrazó el marxismo-leninismo con apasionamiento, incluso escribió algunos poemas dedicados a Stalin que aparecen en la Autobiografía de Federico Sánchez. ¿Cómo se dio su deslumbramiento por esa ideología?

Me preocupa que no todos seamos capaces de asumir nuestro pasado marxista, con todas sus enajenaciones y cegueras, que no podamos hacer la crítica radical de ese pasado. No podemos aparecer como vírgenes en la historia diciendo: “Empezamos hoy”, porque lo cierto es que empezamos ayer. Hay que ser consecuentes y reconocer nuestro pasado. En lo particular, yo no me arrepiento de mi pasado, reniego intelectual y conceptualmente de él, pero no puedo arrepentirme de haber combatido en la resistencia francesa, por ejemplo. Critico sí que mi necesidad de combate me haya llevado a adoptar puntos de vista enajenantes. Por otra parte, creo que fue preferible participar en la lucha y no en los salones de la intelectualidad.

¿Qué proceso siguió su desencanto del comunismo?

Participé en la resistencia francesa, fui detenido por la Gestapo y deportado a Buchenwald, un campo de concentración nazi. Como marxista consecuente, preferí tener las armas en la mano en vez de estudiar a Marx en las bibliotecas, pero no fui estalinista. Leí poco a Lenin y a Stalin y mucho a Marx. Las actividades dentro del Partido Comunista, que actuaba clandestinamente, me estalinizaron en cierto modo: ¡hasta llegué a escribir unos pésimos poemas dedicados a la muerte de Stalin, como Neruda! Los publiqué muchos años después en la Autobiografía de Federico Sánchez porque, para dar legitimidad a la crítica que hacía de los demás, tuve que hacer mi autocrítica. Debo decir que, aun en aquella época de glaciación ideológica, conservé siempre mis jardines literarios secretos. Nadie me impidió leer a Kafka, ni a Proust, pese a que no eran autores realistas socialistas. Como dirigente del buró político del Partido Comunista, fui responsable del trabajo intelectual universitario bajo la dictadura franquista, experiencia que me desestalinizó. Luego de la crítica de Jruschov a Stalin en el famoso xx Congreso del Partido Comunista, comencé a darme cuenta de que el discurso ideológico del partido no reflejaba la realidad española. Por expresar críticas en tal sentido fui expulsado del partido en 1964.

¿Decidió entonces escribir la
Autobiografía de Federico Sánchez?

Sí. Había decidido no publicar ese libro hasta que el Partido Comunista Español fuese legal y actuara en un escenario democrático, para evitar que una crítica de ese tipo, por justa que fuera, pudiese ser entendida como una puñalada por la espalda y utilizada contra el mismo partido, que después de todo fue un valioso instrumento en la lucha antifranquista. Empecé a escribirlo en 1967, pero esperé hasta el sábado de Pascua de 1977, cuando el partido fue legalizado. Se publicó ese año.

¿Qué queda de Federico Sánchez en Jorge Semprún?

Queda mucho y al mismo tiempo no queda nada. Nada, en el sentido de que lo siento como un personaje lejanísimo; mucho, porque está ligado a mi experiencia en la lucha clandestina contra el franquismo, donde trabé relación con personas que hoy son, o han sido, ministros, directores de bancos, jefes de empresas o intelectuales de prestigio. El núcleo de la dirección intelectual política y económica del país se forjó en esa lucha.

Se trata básicamente de una reflexión sobre su pasado ideológico, ¿no es así?

Intenté ajustar cuentas con mi pasado, tomar conciencia de lo que había sido para poder ser otro, explicar los mecanismos por los cuales se produce la enajenación de un militante comunista. Esa alienación es comparable con el fervor religioso, con la diferencia de que la creencia religiosa refiere a una trascendencia que se puede compartir o no, pero que es respetable en cuanto trascendencia. El integrismo religioso es peligroso cuando intenta ordenar la sociedad, pero sin duda menos peligroso que el marxismo-leninismo puesto a la tarea de transformar el mundo.

Usted proviene de una familia de gran tradición e influencia política en la España del siglo xix y principios del xx, los Maura, marcada por convicciones republicanas. ¿Cómo influyó su familia en su trayectoria política? Su padre influyó mucho en usted, a pesar de que él no era un Maura, ¿no es así?

Sí, la tradición política en mi familia es mayor por parte de los Maura. Mi abuelo fue Antonio Maura, una de las primeras figuras de la monarquía española. La primera vez que vi al rey Juan Carlos, antes de que fuera nombrado ministro, le dije: “Mi abuelo trabajó con su abuelo, yo no sé, tal vez llegará el día…” Los dos nietos trabajamos en la misma empresa. La influencia más directa que recibí fue la de mi tío Miguel Maura, quien formó parte del comité político revolucionario que instauró la República en España en 1931. Ese año salió de la cárcel de Madrid para ser primer ministro de la república española. Intelectualmente, la mayor influencia la recibí de mi padre, un ser extraño en la España de los años treinta, ya que era católico de izquierda.

¿Qué opina de la relación del intelectual con el poder? ¿Cómo se ha dado en usted esa relación, cómo la ha vivido? ¿Había usted pensado en la posibilidad de ser ministro de Estado?

No lo había pensado y todavía no me acostumbro a la idea. Es cierto que pude cerrar los ojos y no ver lo que pasaba en el mundo, sobre todo en una época como la que me tocó vivir; pude haberme apartado de la política y haber hecho una vida dedicada a mi familia y a mi trabajo, esa fue una de las posibilidades de mi vida. Sin embargo, por la influencia familiar, por el desgarramiento que representó para mí el exilio, mi vida siguió otro rumbo, oscilante entre la política y la literatura, entre escribir y actuar, entre escribir y gritar. He vivido esa oscilación de un modo natural. La circunstancia histórica me llevó a la resistencia contra el nazismo en Francia y contra el franquismo en España; ahora formo parte del gobierno socialista de Felipe González. Siento el deseo de participar, aunque sea levemente, en la modificación diaria de las cosas, algo que es también una de las grandes ambiciones intelectuales.

¿Le pareció insuficiente la literatura, por eso se decidió por la acción política directa?

No, ni la literatura ni la política han sido nunca insuficientes para mí. No acostumbro poner una cosa encima de la otra, sigo un ritmo que me permite ir de una a la otra: ambas han sido igualmente importantes en mi vida.

¿No hay conflicto entre su labor literaria y sus actividades políticas?

Siempre he dicho que no soy un escritor de verdad, del modo en que lo fue, por ejemplo, Franz Kafka, quien sacrificó matrimonio, familia, amistades, para dedicarse por completo a escribir cuentos que nunca terminaban de gustarle y que hubiera quemado de no ser por Max Brod. No me siento un escritor de verdad porque, aun y cuando esté escribiendo con pasión una novela, si un amigo mío de Caracas o México me llama por teléfono y me dice: “Estoy en Madrid, ¿podemos vernos en una hora?”, dejo mi novela y me voy a charlar al café. Siempre existen los conflictos, lo importante es no ser víctima de ellos. Mi conflicto actual es que soy escritor y ministro de Estado, pero ser ministro no me impide ser escritor. Siempre encuentro tiempo para seguir manteniendo con vida los libros que ahora escribo. Algún día dejaré de ser ministro, pero seguiré siendo escritor.

¿Su cargo en el gobierno no disminuye su capacidad crítica?

En absoluto. Una de las características esenciales del escritor es su espíritu crítico no solo con el poder sino con la sociedad. Se puede también ser crítico desde un ministerio. Ser ministro no significa que uno deje de ser intelectual, que tenga uno que decir amén a todo y que todo lo que el gobierno realice lo vea uno con benevolencia; por mi parte intento, como ministro de Cultura, modificar críticamente la forma en que se desarrolla la vida cultural de mi país.

Hace muchos años usted se desilusionó del marxismo. Los últimos meses hemos sido testigos de la desilusión histórica de ese sistema. ¿Ha fracasado definitivamente el comunismo?

Radicalmente. Lo que ha determinado dramáticamente la significación del siglo xx ha sido la revolución comunista. Otros dirán que este siglo ha sido determinado por el progreso de la ciencia o la exploración espacial, pero yo creo que lo que ha hecho de este siglo algo diferente en la historia de la humanidad es la tentativa de la revolución comunista, esto es, la tentativa de modificar la naturaleza del hombre. El fracaso de esta ideología es el acontecimiento más importante del siglo. Es un fracaso en todos los sentidos: no solo no creó una nueva y mejor sociedad, sino todo lo contrario, creó una sociedad opresiva, con más privilegios, con más distancias entre las capas sociales, con más autoritarismo. No pudo ni siquiera crear un sistema capaz de autotransformarse. Lo que recientemente ha ocurrido en los países del Este no es la reforma del comunismo, sino su derrumbe. Una de las cosas más importantes en este fin de siglo es oír a los economistas, los periodistas y los escritores soviéticos –nacidos, crecidos y educados en esa sociedad– hacer la crítica radical de la sociedad en la que vivieron. Ellos pueden responder a aquellos intelectuales occidentales que se declaran en contra de la sociedad capitalista. Es preciso aceptar el riesgo y luchar porque se desarrolle del mejor modo posible la sociedad de mercado, porque sin ella no hay libertad. Ser testigo de la trasformación que ahora se está dando es una de las cosas más placenteras que he vivido.

¿Tiene el marxismo posibilidades de resurgir, no como comunismo sino como socialismo? Ha dicho Gorbachov que la perestroika no acaba con el socialismo, sino que intenta renovarlo…

Es evidente que no se le puede pedir a un dirigente como Gorbachov, iniciador de la perestroika y de algún modo desbordado por ella, que desmitifique completamente su proyecto. Está obligado a justificarlo diciendo que se trata de un socialismo de mercado. Lo que actualmente se ve en la Unión Soviética no es un progreso económico ni social, sino fuertes luchas internas, grandes posibilidades de que reine el caos. Ojalá ese país, que en realidad es un continente, alcance sin grandes costos la estabilidad, tan necesaria para la estabilidad del mundo. De cualquier modo, lo que resultará de esta evolución no será parecido a lo que en los libros aparece como socialismo: un sistema que suprime la propiedad privada y que controla por completo el mercado. Eso es lo que hoy día está destruyéndose en la Unión Soviética.

¿Por qué no es usted miembro del Partido Socialista Obrero Español?

No soy miembro de ese partido porque no estoy dispuesto a sacrificar mi autonomía personal todo el tiempo. Creo que ya he pagado mi cuota como militante: casi veinte años milité en el partido comunista. Me han llamado para ser ministro sin importar que yo no sea miembro del partido y sin pedirme que lo sea. Se puede participar en un proyecto de reforma de la sociedad por vías democráticas, aceptando los riesgos del conflicto político como motor de la sociedad, sin ser miembro de un partido, ya que se tienen menos trabas e impedimentos ideológicos.

Los socialistas españoles acaban de renunciar, en su programa 2000, a la utopía de lograr un país socialista en el siglo XXI. ¿Ya no es vigente el socialismo ni siquiera como ideal?

El socialismo continúa vigente como idea si se considera que toda sociedad, incluso la más democrática, necesita contrapoderes que corrijan, modifiquen y orienten los mecanismos del mercado. Esta lucha permanente constituye la esencia misma de la democracia. Si esta lucha, que puede incluso participar de una cierta dosis de utopía racional, no ocurre, nada garantiza que los mecanismos de mercado no produzcan acumulaciones de poder en algún extremo de la sociedad. Es necesario que se establezcan contrapoderes que limiten ese riesgo. En lo personal prefiero la palabra socialdemocracia a la palabra socialismo, porque contiene en sí misma la palabra democracia, esencial para mí.

Actualmente nos enfrentamos, tanto en España como en América Latina, a una revolución democrática, sin duda más emocionante y más profunda. ¿Quiere comentar algo al respecto?

La izquierda europea consideraba a la democracia, y he escuchado que lo mismo ocurrió en América Latina, una enemiga a vencer. Tanto los comunistas como los socialdemócratas, lo mismo que los socialistas, consideraron a lo largo del siglo a la democracia un instrumento de la burguesía y el capitalismo, como un obstáculo para el desarrollo de las sociedades. Hoy comprendemos que la democracia no es ese obstáculo con el que hay que acabar para que se instaure la verdadera democracia, la proletaria, la socialista, etcétera. Todo lo contrario: hay que aceptarla con todo y sus riesgos, ya que es la única forma conocida de evitar un nuevo despliegue de los totalitarismos.

España se ha convertido en un ejemplo por su paso decidido y pacífico de la dictadura a la democracia, ¿cómo explica la suavidad de una transición política tan profunda?

La transición pacífica ocurrió por la acumulación de una serie de factores. No hay que olvidar que en los cuarenta años de la dictadura no cesaron las luchas populares, sindicales, políticas; luchas que no consiguieron su objetivo –derrocar a Franco– pero que fueron creando una amplia conciencia social. A muchas personas de Europa del Este les interesa el caso de España, nos vienen a ver y nos preguntan los mecanismos de nuestro proceso. Lo distintivamente español, dado que esta situación no se produjo en ninguno de los países del Este, es que el franquismo, luego de algunos fracasos colectivistas, impuso las leyes económicas del capitalismo. Sobre esta base económica, sobre todo a partir de 1957, se fue desarrollando la sociedad civil. Otro factor importante fue la existencia de un grupo de personas, en primer lugar el rey Juan Carlos, como Adolfo Suárez y otros líderes de la derecha y la izquierda, que eligieron decididamente el camino de la democracia. No se puede soslayar tampoco la formación, fruto de la Guerra Civil, de una conciencia histórica que aportó la imperiosa necesidad de evitar una nueva contienda.

El proceso todavía está en marcha. Nuestra democracia necesita desarrollarse, abrirse a la crítica de todos los procesos de desigualdad que el pasado y el presente van generando. Con esto quiero decir que también en España la democracia tiene un brillantísimo porvenir. ~


Publicado en la colección “La experiencia de la libertad”, núm. 7, Miradas al futuro, México, Vuelta/Fundación Cultural Televisa, 1991.

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