Entusiasmo y perspicacia

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Auden escribió sus primeros prólogos en 1926 y 1927, ambos para el anuario estudiantil Oxford Poetry. Mientras trabajaba en el segundo, dijo a sus amigos que aquel prefacio iba a ser tan importante como el de las Baladas líricas de Wordsworth. Tal vez en esa ocasión exageró —Auden, de joven, era muy entusiasta—, pero lo cierto es que con el tiempo acabaría siendo un maestro en el arte de prologar, epilogar y reseñar libros. Así lo demuestra este volumen —publicado originalmente en 1973, año de su muerte—, que recoge parcialmente su obra crítica publicada entre 1948 y 1971.
     En 1948 Auden ya era estadounidense, más o menos cristiano y definitivamente escéptico. Había dejado de lado el aliento político y pedagógico de sus primeros ensayos y había empezado a escribir una crítica muy erudita, bastante formalista —”toda obra de arte, en cierto modo, se revela por sí sola, aun cuando sea tan compleja que jamás terminará de revelarse”— y excepcionalmente inteligente. Además, contaba con una virtud de la que han carecido buena parte de los mejores críticos anglosajones: no sólo leía en francés y alemán, sino que además entendía a los escritores franceses y alemanes con la misma naturalidad que a los de lengua inglesa. Gracias a ello, su obra crítica puede abordar las notas de Valéry —”un observador asombrosamente entusiasta y penetrante”—, los libretos operísticos de Hofmannsthal —”la fama le importaba una barbaridad”— o el Viaje a Italia de Goethe —”a veces me recuerda a la antiliteratura de ciertos novelistas franceses contemporáneos”—.
     Y es que la heterogeneidad de los ensayos que conforman Prólogos y epílogos parece haber sido pensada exclusivamente para revelar la vasta cultura de su autor. Como algunos de sus contemporáneos —Connolly, Pritchett—, Auden se ganó la vida, sobre todo, escribiendo sobre los libros de otros, pero a diferencia de éstos su ingente obra crítica no se centra básicamente en las reseñas de novedades. En Prólogos y epílogos encontramos una excelente introducción a la literatura griega clásica, un pormenorizado estudio de los sonetos de Shakespeare, una reflexión sobre el artista moderno a partir de las cartas de Van Gogh, además de ensayos sobre los poemas de Cavafis, las cartas de Verdi y los cuentos de Poe. ¿Puede alguien abarcar tal abanico de temas, épocas y lenguas? Lo más sorprendente no es que Auden pudiera, sino que lo hiciera con el aplomo y la convicción con que lo hizo. Reacio a todo academicismo —rechazó impartir las célebres conferencias Charles Eliot Norton porque, según él, no tenía nada que decir—, la obra crítica de Auden impresiona porque parece haber sido escrita con la misma aparente facilidad que sus mejores poemas: un inmenso conocimiento del tema a tratar, una perfecta disposición formal que apenas puede apreciarse si no es con cartabón y calculadora y, por último, el tono conversacional de quien habla con un interlocutor casi tan inteligente como él.
     Auden fue un crítico clásico: entendía que una de las finalidades del conocimiento es su transmisión, y sabía que ésta sólo puede producirse mediante una mezcla de rigor y amabilidad. Sus ensayos rechazan todo biografismo —aunque a veces estén dedicados a biografías— y asumen unas coordenadas que a la vez ignoran y sintetizan las grandes tendencias teóricas del siglo XX. Fue marxista en su juventud, más o menos textual en su madurez —”el tema de un poema es sólo la percha en que se cuelga la poesía”, le dijo a Spender—, y reflexionó largamente sobre la vida de los escritores. Pero su punto de vista fue siempre el de un lector puro, si es que así puede decirse, y jamás renunció a las armas más poderosas de que dispone un crítico: el entusiasmo y la perspicacia. Prólogos y epílogos es buena muestra de ello. Así, por ejemplo, la biografía de Gutman de Wagner le parece “tan admirable como indispensable”, pero a la vez apunta que el autor “cuando hace una broma siempre termina la frase con un signo de exclamación: semejante superfluidad en el uso de los signos de puntuación habría que dejarla en manos de la reina Victoria”. Lo dicho: entusiasmo y perspicacia.
     Prólogos y epílogos es, junto a El prolífico y el devorador, La mano del teñidor y Conferencias sobre Shakespeare, una de las obras capitales en prosa de uno de los mayores poetas y críticos del siglo XX. Su concepción de la literatura como un entramado de convenciones que sólo mediante la perfección formal puede llegar a reflejar los problemas morales de un hombre en concreto que vive en una sociedad determinada queda aquí de manifiesto con una brillantez que ni siquiera pretende ser abrumadora. Auden entretiene con unos cuantos párrafos dignos del más riguroso y erudito presbítero británico y, de repente, con una modestia a la que nadie con su intelecto recurriría jamás, coloca la frase que permite por fin entenderlo todo. Es posible que su tendencia al pensamiento aforístico desvirtuara en ocasiones su sabiduría; cabe la posibilidad de que el lector no acabe de comprender la afición por la sentencia en alguien tan reflexivo como él, pero no se me ocurre un crítico que comprendiera mejor la ingrata tarea de contar a un desconocido la necesidad de leer un libro escrito por alguien a quien jamás conocerá. En este caso, un libro excelente. ~

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