Detalle de la serie Aforismos de Lawrence Ferlinghetti, de Frederic Amat.

Ferlinghetti y Amat: consigna y brochazo

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“Poetry is the subject of the poem”, reza el célebre dictum de Wallace Stevens en el fragmento XXII de su poema “The man with the blue guitar”. Y Lawrence Ferlinghetti (1919), poeta, editor y último sobreviviente de una generación que marcó para siempre el rostro de la poesía estadounidense, lleva esta primicia hasta sus últimas consecuencias en ¿Qué es la poesía?, una sucesión de aforismos o definiciones no excluyentes recientemente publicado por Zare Books (Oaxaca, 2010), en una edición de lujo completada por una serie de imágenes del catalán Frederic Amat (1952).

Desde 1950, año de su llegada a San Francisco, en donde se establecería como librero –fundando la mítica City Lights– y cabeza del movimiento beat, Ferlinghetti comenzó a escribir frases sueltas en torno a la poesía, reunidas casi cinco décadas después en Poetry as insurgent art (2007), y publicadas ahora en castellano con un título más didáctico. El resultado: una reivindicación de la consigna como género mayor, del eslogan como gesto poético, de la definición como cápsula revulsiva de conocimiento inestable.

Las sentencias de Ferlinghetti sobre la naturaleza de la poesía abarcan varios registros. Las hay que conservan innegables ecos beatniks, con esa exaltación de América como cuna de un renacimiento erótico (“La poesía es hacer el amor en tardes calurosas de Montana”); otras que plasman intuiciones sobre el lenguaje que ayudan a comprender, retrospectivamente, ese giro hacia la oralidad que Ferlinghetti anunció con A Coney Island of the mind (“La poesía como primer idioma antes de la escritura canta en nosotros todavía, una música muda, una música incipiente”); y otras más que cargan un lirismo descarnado e imprevisible (“La poesía es el papel aluminio sacudido de la imaginación. Puede resplandecer y medio cegarte”). Es en estos últimos fragmentos, sin duda, donde la prosa de Ferlinghetti se vuelve más lúcida, si bien de una manera extraña: en la conjunción casi dadaísta de elementos disímbolos, Ferlinghetti encuentra definiciones descabelladas de la poesía, pero también imágenes estremecedoras que enuncian, desde el delirio, una fe y una confianza radical en la palabra. Nonagenario que lleva en la frente la marca de quien inventó una cierta idea de la juventud, Ferlinghetti juega con seriedad de sabio, torciendo la palabra en estos eslóganes antes que pontificando o construyendo una obra acomodaticia y complaciente.

Largo poema reiterativo, acumulación de destellos, cajón de sastre que se ha dedicado a hilvanar sonidos, el libro es también, y hay que decirlo muchas veces, crítica. Porque la crítica es ante todo una lectura activa y un cuestionamiento no de los resultados, sino de los puntos de partida desde los que se construye una obra. Es crítica porque es una descripción de la caótica tramoya del poeta, de este poeta. “Y cada poema es una exageración, subestimada”, agregaría Ferlinghetti.

Claro que el libro tiene sus bemoles. Como sucede con los poemas tardíos de Allen Ginsberg, hay momentos en los que el panfleto hace sonar una nota discordante que interrumpe el fraseo repitiendo tópicos poco o nada elaborados: “Usando el desastre del 9/11 de las Torres Gemelas como pretexto, América ha iniciado la Tercera Guerra Mundial, la cual es la Guerra contra el Tercer Mundo.” Ferlinghetti se permite estas digresiones políticas porque sabe que el mundo tiene que entrar en la poesía aunque no sea estetizable, y hasta ahí vamos bien, pero pierde fuerza al calcar discursos manoseados que no acompañan la crítica social con una concepción igualmente crítica del lenguaje.

Por lo demás, lo que interesa del ejercicio de Ferlinghetti es, ante todo, la capacidad de posproducción sobre su propia obra. Al organizar temáticamente estos fragmentos dispersos, el autor da una nueva forma a lo que se fue acumulando como apuntes, esbozos de poemas y deliberados aforismos, reuniéndolo ahora como prontuario de eslóganes, con la resonancia mercadotécnica del término, para sondear la poesía de un modo no exhaustivo ni ordenado, pero definitivamente pop.

El diálogo entre el texto de Ferlinghetti y las imágenes de Amat se presenta como un contrapunto antes que como un complemento. El trazo de Amat es tan libre como la sucesión de frases, pero guarda la coherencia de una serie concebida como tal desde un inicio, a diferencia de la acumulación de intuiciones plasmadas a lo largo de los años que conforman el texto.

Amat, por supuesto, registra sus propias investigaciones estéticas, que lejos de ilustrar violentan la referencialidad llana del texto y proponen un discurso abstracto en el que la composición y el equilibrio cromático, tan característicos del artista catalán, generan una experiencia autónoma. Por otro lado, hay una suerte de caligrafía personal en Amat que remite al acto de la escritura –herencia, pareciera, de las caligrafías orientales que han marcado su obra–, vinculándose así con el desparpajo textual de Ferlinghetti.

Frederic Amat es un artista voraz, capaz de absorber lenguajes ajenos a lo pictórico y de establecer profundos vínculos con otras disciplinas. Su paso por el cine, el teatro, el diseño, la creación de espacios y el performance ha permeado, como no podía ser de otro modo, su trabajo pictórico. En vez de sumergirse, como tantos, en una idea autista de la pintura, en una idea fijada en un tiempo nostálgico, Amat crea una obra viva, en conversación con otras manifestaciones y enmarcada en una visión vitalista y fluctuante del arte contemporáneo.

En la relación de su obra con la literatura palpita también esa curiosidad genuina, esa apertura omnívora. Sus acercamientos anteriores a las letras –de la mano, nada menos, que de Paz, de Lorca, de Joan Brossa, de Cabrera Infante– han sido todo menos tangenciales: lejos de comentar, desde el hermetismo de una técnica, las creaciones ajenas, o de rendirles burdos homenajes en los títulos, Amat se ha servido de las palabras como de un material más en esa aventura transdisciplinar que ha desplegado durante décadas. En ¿Qué es la poesía? se trasluce esa íntima relación con el lenguaje. Desde su confianza políglota, Frederic Amat entrega una serie de imágenes que redondean esta bella edición y realzan las sentencias de Ferlinghetti sugiriendo una lectura nada redundante. El trabajo de Amat, presentado con un protagonismo merecido, incluso hace perdonables las francas cursilerías de Ferlinghetti –beatnik al fin y convencido, hasta la melcocha, del poder profético de la poesía. ~

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