Fósforo

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Fósforo. Si Rafael Alberti mintió poéticamente al decir “Yo nací, ¡respetadme!, con el cine” (cuando realmente nació siete años después que al cinématographe le dieran a luz los hermanos Lumière), don Alfonso Reyes pudo pedir más respetabilidad porque había nacido seis años antes del invento y ocho antes de que el ingeniero Salvador Toscano trajera a México un aparato tomavistas que a la vez era proyectavistas y que al parecer inauguró filmando y exhibiendo los paseos de don Porfirio y su parentela por Chapultepec.

No se sabe cuándo el futuro semiFósforo (la otra mitad sería don Martín Luis Guzmán) descubrió el cine. He reojeado el tomo XXIV de las Obras Completas (el de las Memorias) y ni en la Historia documental de mis libros ni en la Parentalia ni en los Albores hay una sola línea acerca de ese acontecimiento acerca del cual me hubiera gustado leer un recuerdo fijado en la sabrosa prosa alfonsina. Así que para documentarme acerca de las relaciones de Reyes con el cine he acudido a las cuarenta páginas sobre el asunto que le dedica en la tercera serie de Simpatías y diferencias (tomo IV de las O.C.), donde recoge sus crónicas fosforinas y madrileñas de 1915-6 publicadas en las revistas España y El Espectador, y que en 1950 precedió de una “Justificación”:

 

Por aquellos años, Martín Luis Guzmán y yo –bajo el seudónimo de “Fósforo”, que usábamos indistintamente– nos divertíamos en escribir una notas sobre el cinematógrafo […] que tuvieron cierto éxito de curiosidad entre los amigos. […] Creo que nuestra pequeña sección cinematográfica (‘Frente a la pantalla’) inauguró prácticamente la crítica del género en lengua española, y acaso fue de los primeros ensayos en el camino que hoy está abierto a todos –abierto aun cuando no sea, claro está, merced a nosotros: muchos pudieron también descubrirlo por cuenta propia.

 

“Fósforo” Reyes fue más un cronista que un crítico del cine aunque no faltaran en sus páginas comentarios sobre los “albores” del arte nuevo. Y los comentarios derivan de ver aquel que quizá ya se glorificaba apodándolo “el Séptimo Arte” desde el punto de vista del escritor, es decir de los argumentos, y considerándolo una “musa menor”, como el ajedrez. De hecho no se refiere a casi ninguna de las primeras grandes obras de la primera cinematografía, y si menciona a Cabiria (acreditándosela a D’Annunzio sin mencionar a Pastrone), nada dice, quizá por la simple razón de que no las vio, de las películas de Méliès, Feuillade, Ince, Griffith, DeMille, Sjöström, Wiene, etcétera, con las que se iniciaba un arte del cine, pues es verdad que debía atenerse a los filmes que las salas madrileñas le ofrecían con títulos en español que ya entonces obedecían a la mala costumbre de apartarse de los títulos originales: ¿qué cosas eran Las luces de Londres, El cofre negro, El féretro de cristal, La prueba trágica, Salteadores de salón, etcétera? Pero en cambio hace pertinentes anotaciones sobre el funcionamiento de las salas, sobre el buen o mal tino en la adaptación de una novela o una obra de teatro, sobre la gracia visual aun en meros documentales, sobre actitudes y gustos del público, y acierta a distinguir las bondades de las películas de aventuras y de intriga policiaca como La moneda rota o Fantomas o Los misterios de Nueva York, que aprecia por el ingenio, la vitalidad y la rapidez de la “acción” (el argumento, siempre). Y es de los primeros en advertir el genio y las primicias del mito de Chaplin en quizá la mejor y más profética de sus páginas dedicadas al cine:

 

Héroe impertinente de la risa, su recuerdo se asocia al de dos o tres gestos fundamentales: un saludo, un golpe y un salto. Chaplin ha logrado una de las invenciones más sutiles: ha inventado el frisson nouveau. Y ya para siempre, como emblema de la sensibilidad popular de nuestro tiempo, Charlot piruetea, piruetea ‘más serio que un enterrador’ […]; señálese la hora en que Charlot aparece, primera influencia palmaria del cinematógrafo en la vida, imprimiendo un nuevo, diminuto temblor en el desarrollo de las cosas humanas. ~

 

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