Homenaje a la sirena Williams

Una celebración de la escultura actriz Esther Williams.
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Fue en el Lido, cine de estreno, y luego en el Magerit y el Lindavista, y después en el Estrella y el Roxy —éstos de programas dobles aportados siempre por la marca del “León que Ruge”: la Metro Goldwyn Mayer (MGM)— donde vi mis primeras comedias musicales, las de la “Metro”, las de los años cuarenta que, antes de dar obras maestras como Cantando en la lluvia y Bandwagon, ya ofrecían el goce de mostrar bellos cuerpos femeninos liberados en la danza, en la música, en los vastos colores pastel o caramelo de la MGM. Entre ellos imperaban entonces en esplendor kitsch los filmes “acuáticos”: aquellos fesivales filmados sobre y/o bajo el agua con una cámara que se movía en extensión, profundidad y altura, siguiendo en las azules aguas de mar y de piscina a una Esther Williams escultural, maxfactorizada, bella como una lograda flor artificial (una especie de encarnación colorida y brillante de la reiterada, siempre distinta y siempre la misma girl espléndida entre atlética y sofisticada de los calendarios de Vargas): Esther “la” Williams a la que yo, adolescente, no me cansaría de ver allí en la pantalla sumergiéndose, nadando, emergiendo, volviendo a sumergirse, sonriendo, burbujeando, brotando chorreante y alzándose en un trapecio ascendente hasta la vertiginosa altura desde donde su cuerpo brillaba elástico y fuerte y mojado y glorioso para lanzarse al agua en un clavado perfecto, un vuelo hacia abajo, imagen prototípica de la mujer norteamericana a la vez deseable y mítica y supuestamente accesible en cuanto multiplicada, estándar, “fabricada en serie”: la gringuita ideal emitida por la casa de moneda hollywoodense, el visual fetiche en el estilo de las Vargas Girl’s, adorada por el muchacho casi sin recuerdos que no solo sentía que la vida se vive mejor con el cine sino que además el cine es una segunda vida, una vida paralela donde la realidad no está divorciada del deseo.

La soñada Esther era accesible por el solo precio del boleto, y a veces ni eso, porque a finales de los años cuarenta mi hermano Raúl y yo, todos los sábados y en la segunda de las tres funciones, nos colábamos en el Lido en compañía de los hermanos Solar, los hijos de una familia amiga que era dueña o encargada del restaurante adlátere al cine, desde cuyo retrete y luego a través de un estrecho corredor estorbado de trastos viejos pasábamos por entre unas espesas cortinas de color rojizo a la sala de butacas ya oscurecida. Ese rito de pasaje yo no lo ejecutaba sin el gozoso estremecimiento, sin el dulce escalofrío de esa aventura, la de “colarse” sin pagar el boleto y a riesgo de ser descubierto. Un riesgo tal vez ilusorio, porque no es verosímil que el hombre encargado de recoger los boletos a la entrada de la sala no nos tuviera ya identificados como los “colados” a los que cada sábado nos veía salir por la puerta del frente sin habernos visto entrar, y siempre los mismos, siempre juntos. Y supongo ahora que el hombre, que en el recuerdo se parece al redondo y mostachudo Gilbert K. Chesterton, quizás nos permitía gustosamente la travesura para combatir el aburrimiento viviendo, él, un instante de infancia vicaria.

 

 

ADDENDA

Esther Williams nació el ocho de agosto de 1921 en Los Ángeles, California. A los 15 años fue campeona nacional de natación de los Estados Unidos. Bailarina en exhibiciones de music hall, la descubrió la MGM en 1942. Tras apariciones secundarías en algunos filmes, ascendió al estrellato dos años después en Bathing Beauty (Escuela de sirenas). Por sus películas acuáticas (de piscina o de mar), fue llamada La Sirena de América y La chica que mojada es más bella. Falleció el seis de junio de 2013 a los 91 años, mientras dormía en su casa de Beverly Hills, California.

La siguiente es su filmografía acuática y musical: Bathing Beauty (Escuela de sirenas), 1944; Till the Clouds Roll By (Cuando pasan las nubes), 1946; Ziegfeld Follies (Las follies de Ziegfeld), 1946; On an Island with You (En una isla contigo), 1948; Neptune’s Daughter (La hija de Neptuno), 1949; Pagan Love Song (Canción pagana), 1950; Million Dollar Mermaid (La reina del mar), 1952; Skirts Ahoy! (Faldas a bordo), 1952; Easy to Love (Fácil de amar), 1953; Dangerous When Wet (Una chica de fuego), 1953.

 

(Una versión de este texto apareció publicada en el periódico Milenio Diario)

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