Notas tangenciales a propósito de Nicolás Gómez Dávila

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Ser civilizado es poder criticar aquello en que creemos sin dejar de creer en ello.

Nicolás Gómez Dávila

El adinerado y proclive al hedonismo Theodor Adorno vacacionaba en Sils-Maria. Gustaba hospedarse en el Hotel Waldhaus, de cinco estrellas. Cuentan que de allí partió en cierta excursión a pie a la casa donde Nietzsche había rentado una habitación durante los veranos que trabajó en ese pueblo. Una habitación rentada a la familia Durisch era lo más que podía costearse. Esa tarde, Adorno escribió en el libro de visitas: “Glücklicher Zeiten, in denen es noch möglich war, in Ehren arm zu sein” (“Tiempos felices en los que aún era posible ser pobre con dignidad”). El siguiente firmante agregó: “Guter Mann, das ist auch heute noch möglich” (“Buen hombre, aún es posible”).

A menudo se le achaca a Adorno el defender una postura de corte marxista-comunista mientras es sabido que deleitaba su vida con los más caros y refinados placeres capitalistas. A diferencia suya, la congruencia entre el pensamiento y la vida de Nietzsche parece estar exenta de grietas. La llevó incluso hasta consecuencias dolorosas: su rompimiento con Wagner y la mayoría de sus amigos.

El dueto Nietzsche-Adorno se complementa, para transfigurarse en tríptico, con la figura del colombiano Nicolás Gómez Dávila. Como Adorno, Gómez Dávila nació en una familia acaudalada y aristocrática. Como Nietzsche, no parece haber malentendidos entre su vida personal y su pensamiento. Como cualquiera de los dos, amó y cultivó las máximas, las sentencias y los aforismos.

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) es una rara avis que nos ha dado nuestro siglo XX latinoamericano, aunque es curioso que se le conozca mejor en el ámbito germánico. Nació en una familia acomodada de Bogotá, de niño fue educado privadamente por benedictinos franceses en París, y regresó –joven de 23 años– a su tierra natal, para nunca más abandonarla. O, dicho con rigor: lo que ya jamás abandonaría fue su biblioteca. Letrado, culto, bibliómano y bibliófilo, supo recaudar los libros más asombrosos y exquisitos, superando los 30,000 títulos. Quienes han estado allí aseguran con unanimidad que se trata de una de las bibliotecas privadas más estupendas. Filósofo autodidacta, se opuso largos años a publicar sus textos. Cuentan que desde lo secreto, su hermano envió a México algunos de ellos, que se publicaron privadamente bajo el título Notas (1954). Allí se adivina que su primera influencia son La Rochefoucauld, Chamfort y muchos otros moralistas franceses del XVII y XVIII. Durante décadas rechazó todas las invitaciones a hablar en público, a ocupar puestos diplomáticos, y prefirió vivir aislado, encerrado en su biblioteca. Bajo ninguna razón se comprometió con afiliaciones políticas vigentes en su natal Colombia. A diferencia de otros intelectuales, no quiso crear escuela ni tener discípulos, no se preocupó por publicar su obra, ni por traducciones. Desestimó siempre la vida pública y los fuegos fatuos de la fama.

Más de 20 años habrían de pasar hasta que cediera a la insistencia de su familia: reacio a publicar “El Texto” que contuviera la médula de su pensamiento, prefirió dar a conocer algunas observaciones laterales a ese sobreentendido Texto. Así se comprende el título y la naturaleza aforística de sus Escolios a un texto implícito (1977), Nuevos escolios a un texto implícito (1977) y Sucesivos escolios a un texto implícito (1992). Ante la imposibilidad de sistematizar la filosofía –observación atribuida a Schlegel, suscrita de alguna manera por Nietzsche– Gómez Dávila prescinde del Texto para centrarse en las notas laterales y tangenciales que lo explicarían.

Como Nietzsche y Adorno, también Gómez Dávila rechaza los ideales de la modernidad: el racionalismo, el progreso, la igualdad, la democracia, el Vaticano II y la distribución de las riquezas. Reconocer la desigualdad natural de los talentos y capacidades individuales le lleva a criticar la democracia y a defender cierta aristocracia natural, a la que sabe incardinado. Aceptada la muerte de Dios, la democracia moderna es resultado de la entronización del hombre. En tanto democrática, la modernidad es necesariamente vulgar. El mejor ejemplo es Estados Unidos, la encarnación de la vulgaridad, la bobería y la banalidad.

Harán ya 20 años que autores como Martin Mosebach, Robert Spaemann y Franco Volpi comenzaron a interesarse en la obra de Gómez Dávila y a traducirla al alemán, primero, y al italiano después, e incluso al francés. El éxito ha ido en aumento.

¿Por qué un escritor conservador, de raigambre católica es tan popular en Alemania? Vittorio Hösle ofrece una explicación: históricamente existe esa tradición antiilustrada que arranca con el romanticismo. No es de extrañar, pues, que algunos autores de esa época se hayan convertido al catolicismo, como Novalis. Y tras la experiencia nazi aparece esa desconfianza radical y postraumática a todo lo que pueda remotamente oler a masificación.

Más allá del entusiasmo de algunos autores, la postura frente a Nicolás Gómez Dávila es ambivalente en Alemania. Por un lado, Michael Naumann, del partido socialdemócrata SPD, ha coeditado en “Die andere Bibliothek”, la colección de Hans Magnus Enzensberger, una compilación de aforismos de Gómez Dávila titulada La vida es la guillotina de las verdades. Los editores lo llaman un sucesor digno de Schopenhauer y Nietzsche. Por otro lado, el pasado diciembre el Instituto Cervantes de Berlín organizó un ciclo dedicado al pensador colombiano. Un periódico comunista se escandalizó por la ayuda brindada al “fascismo católico”, y puso el grito en el cielo. Más causal que casualmente, el programa se desangró a la menor brevedad posible: el crítico literario y especialista Till Kinzell fue desinvitado, mientras que el editor de Die Zeit Jens Jessen fue reportado enfermo.

Aunque se discrepe, a Nicolás Gómez Dávila no podrá achacársele ni la incongruencia –acaso el único pecado imperdonable a un filósofo–, ni la falta de erudición, de mordacidad o de lucidez. Sus aforismos son siempre estimulantes, aún más cuando se está en desacuerdo con ellos. Se esforzó por ser el reaccionario auténtico: “el reaccionario no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas” . No es difícil imaginar al Zaratustra de Nietzsche, émulo del Adorno turista, con una probable ironía en sus labios: “Tiempos felices en que aún era posible ser filósofo reaccionario desde la comodidad de las riquezas”.

Berlín, abril, 2008

– Enrique G de la G

Leer el ensayo “El reaccionario auténtico”

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