Queridísimos mártires

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El ejercicio de la memoria histórica es por su propia naturaleza selectivo. Claro que también cabe negarse a ejercerla: es una selección más radical. Pero si la opción por la desmemoria resulta indecente en un país como España, con sus miles de fusilados por motivos exclusivamente políticos, es directamente inviable en un país como Alemania, donde se gestaron las grandes matanzas europeas del siglo pasado y el único genocidio industrial. Alemania es así el país en el que, gracias al tesón de muchos (pero frente a la resistencia de otros muchos), se ha hecho un esfuerzo más sistemático por afrontar ese pasado, extraer de él lecciones, y sembrar una cultura cívica que evite su repetición. Los resultados de ese esfuerzo no son solo responsabilidad de quienes lo emprendieron, sino también de quienes lo entorpecieron o tergiversaron para adaptarlo a sus intereses: y es bajo ese prisma que quiero atender a la memoria de la oposición al nacionalsocialismo.

A lo largo de las cuatro décadas en que Alemania estuvo dividida tras la guerra, las formas de oposición al régimen hitleriano fueron honradas de modo muy distinto en las dos repúblicas enfrentadas: mientras en el Este se ensalzaba casi exclusivamente la resistencia comunista, el Oeste ponía el acento en el frustrado (y tardío) golpe de Estado del 20 de julio de 1944. Desde la reunificación, sin embargo, las estrellas indiscutibles del martirologio antinazi han pasado a ser los hermanos Hans y Sophie Scholl, que en febrero de 1943 fueron detenidos por arrojar unos folletos en la Universidad de Múnich y ejecutados a los pocos días, como después otros integrantes de su grupo estudiantil y el profesor Kurt Huber. Hoy rara es la ciudad alemana en que un instituto de enseñanza no lleve el nombre de los hermanos Scholl, y se los eleva a ejemplo de la juventud con una preferencia tan marcada que forzosamente ha de llamar nuestra atención.

Confieso que no comparto la extendida veneración por los hermanos Scholl. Su motivación cristiana me es ajena; el atrevimiento con que discutían la composición del futuro gobierno me parece menos ingenuo que soberbio, y las divagaciones de Sophie sobre la gracia de una banalidad sonrojante (la menor de los Scholl, desde luego, no era Dietrich Bonhoeffer). Pero eso no tiene importancia alguna, ni aminora su coraje cívico. Lo que me perturba es que el mayor ejemplo de resistencia civil que ensalza la memoria colectiva alemana sean dos jóvenes exaltados cuya inmolación no sirvió para aminorar el sufrimiento de un solo perseguido, mientras se ignora a tantos héroes anónimos que salvaron vidas ajenas. Sospecho que lo que genera una incomodidad, y es soslayado en esta forma de homenaje selectivo, es la eficacia de ciertas formas de resistencia que sí estaban al alcance de cualquiera, mientras que lo que atrae en los hermanos Scholl no es tanto su innegable valentía como la sonoridad de su fracaso.

Los mártires siempre han calado en el imaginario colectivo mejor que los héroes discretos. Mártires son, por definición, los que pierden la vida por su causa: sucumbir al riesgo que se asume se ve como un mérito mayor que salir airoso. Lo decisivo, temo, es que resulta más reconfortante para quien no asume riesgo alguno: para millones de alemanes bajo el régimen nacionalsocialista, a los que cada mártir viene a reafirmarles por contraste su complicidad o cobardía, o para los albaceas de la amnesia colectiva. Lo cierto es que no todos los que se opusieron al exterminio sucumbieron: en medio de una guerra y sin temer la delación, miles de alemanes (muchos de ellos con menos recursos que los Scholl) se aplicaron a ayudar a perseguidos y salvaron vidas arriesgando la suya propia. Solo en Berlín, cerca de dos mil judíos sobrevivieron en la clandestinidad a las deportaciones. Cada uno de ellos requirió la colaboración activa o pasiva de numerosas personas, que les proporcionaron alojamiento, comida, ropa y papeles o hicieron la vista gorda sobre la presencia de un misterioso “sobrino” en la vivienda del vecino. Algunos de los que más se implicaron en esas de redes de apoyo pudieron dar cuenta de ello tras la guerra y, aunque ninguno obtuvo ni remotamente el reconocimiento dispensado a los hermanos Scholl, su ejemplo sigue siendo accesible para desmentir la manida excusa de que no podía hacerse nada. Pienso en gente como Harald Poelchau, pastor de la prisión de Tegel, que no era menos temerario ni cristiano que los Scholl y dirigió la ocultación de docenas de personas, o en la periodista Ruth Andreas-Friedrich, que junto a su pareja el director de orquesta Leo Borchard (primer responsable de la Filarmónica de Berlín tras la guerra) colaboró en su red de apoyo y alojó y alimentó a tantos de esos fugitivos. Ambos han sido reconocidos por el centro Yad Vashem como “Justos entre las naciones”, al igual que más de quinientos alemanes entre los que, por motivos obvios, no están Hans y Sophie Scholl. Obviamente, no pretendo descalificar con ello la ineficacia de su acto. A los que no hemos vivido aquellos tiempos no nos corresponde evaluar la acción de quienes los padecieron y tasar lo que tendrían que haber hecho, pero sí velar por la justicia en su memoria. Lo que denuncio es la impostura que encierra el ensalzar como ejemplo únicamente los fracasos, obviando numerosos casos de ayuda eficaz.

Harald Poelchau fue designado “Justo entre las naciones” poco antes de su muerte. Más tarde, el senado de Berlín otorgó su nombre a un instituto en Charlottenburg; es el único en toda Alemania. También un asteroide descubierto en 1992 lleva su nombre: el 10348 Poelchau. La metáfora es tan reveladora como preocupante: mientras se educa a las nuevas generaciones en el ejemplo de una inmolación que aquieta las conciencias, la memoria de quien salvó tantas vidas es confinada a una galaxia remota. ~

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