Ratonera con gramófono

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Es posible que la mayoría de los admiradores de Thomas Mann o los intérpretes de su obra ignoren la existencia del “villino”, una casa de campo semejante a un little english cottage en la que el autor de La muerte en Venecia disfrutó de breves temporadas de descanso entre los años 1919 y 1923. La modesta villa se ubicaba entonces en una zona residencial de Feldafing, pequeña localidad de la Alta Baviera situada a 25 kilómetros al sudoeste de Múnich, en las inmediaciones del lago de Starnberg.
     Desde mediados del siglo XIX, la aristocracia y la alta burguesía muniquesas convirtieron la región de Starnberg en una colonia privilegiada de veraneo. El rey Maximiliano II de Baviera proyectó un hermoso parque inglés a la orilla del lago y edificó en la cercana Isla de la Rosas un palacete de recreo para su disfrute privado. La célebre Sissi, emperatriz de Austria-Hungría, que había pasado su niñez en el cercano castillo de Possenhofen, eligió Feldafing como lugar de descanso estival, alojándose en el gran hotel que, desde su trágica muerte y hasta hoy, lleva su nombre. Precisamente fue en una de las dependencias del Kaiserin-Elisabeth Hoff, en el verano de 1883, donde nació de manera prematura Katia Pringsheim, la futura esposa de Thomas Mann; también sus acaudalados progenitores, de origen judío, solían veranear en Feldafing. El escritor desposó a la joven en 1905 y ambos establecieron su residencia en Múnich.
     Entre los años 1909 y 1917, los Mann veraneaban en Bad Töldz, asimismo en las cercanías de Múnich; pero hacia el final de la Gran Guerra, e inducido por su patriotismo, Thomas Mann vendió la propiedad, invirtiendo la suma obtenida en bonos de guerra: el negocio fue catastrófico y, aparte del dinero, la familia perdió la posibilidad de volver a aquel lugar idílico, tan añorado por Erika, Klaus, Golo y Mónica, los despabilados retoños del matrimonio Mann, que gozaron allí de felices estíos, como consta en sus respectivos libros de memorias. “El villino” carecía de comparación con la amplia residencia de Bad Töldz. La casita de Feldafing sería únicamente asunto del cabeza de familia.
     Un amigo de Thomas Mann, el editor y marchante de arte Georg Martin Richter, compró el “villino” en 1919 por 48 mil marcos; en principio, con un fin meramente especulativo. El escritor participó en el “negocio” prestándole a Richter diez mil marcos para la adquisición y contraviniendo con ello la voluntad de Katia, que desconfiaba de la empresa. Mas con su dinero, el autor de Los Buddenbrook obtenía también el derecho a disfrutar de vez en cuando de la casa, y así lo hizo hasta que, en 1923, por razones desconocidas y en una época en que la inflación se cebaba con más voracidad en la Alemania de posguerra, Richter vendió la propiedad en la exorbitante suma de dos mil billones de marcos. A los Mann les devolvió de inmediato la suma invertida, los diez mil marcos de 1919, que, dadas las circunstancias, sólo valían ya como curiosidad museística. La indignación de Katia fue mayúscula. Con todo, los breves periodos de descanso de los que Thomas Mann disfrutó en la bella comarca de Starnberg, junto al famoso lago rodeado de apacibles aldeas e impresionantes robledales, hayedos y pinares, lo compensaron con creces de la pérdida, al menos anímicamente.
     Escasos datos aportan los principales biógrafos de Thomas Mann (De Mendehlsson, Harpprecht, Kurzke…) sobre las temporadas en Feldafing; en realidad, las consideraron insignificantes o meramente anecdóticas. Sin embargo, varias anotaciones del escritor en sus diarios de 1919-1921, así como en la correspondencia de los años 1922 y 1923, consignan referencias fidedignas a catorce estancias en el “villino”, de notable significado para aquél en una época en que su desarrollo intelectual estaba sufriendo transformaciones relevantes: la primera visita acaeció en mayo de 1919 y la última en marzo de 1923. Sabemos que el escritor solía viajar a Feldafing solo, sin la compañía de Katia y los niños (Elisabeth tenía un año de edad y Michael estaba a punto de nacer por entonces), y que a veces debía compartir la casa con Richter y su esposa, lo que no le causaba molestia alguna.
     Así pues, si por algo debe recordarse el “villino” y merece permanecer en los anales museísticos de la gran literatura es porque contribuyó a que el padre de familia numerosa que era ya Thomas Mann hallase de vez en cuando un lugar apacible y aislado en el que aliviar su estrés; “su ratonera”, lo denominaría aquél con ironía. En Feldafing, y aunque sólo fuese por breves espacios de tiempo, el escritor recuperaba la ilusión de disfrutar de aquella verdadera soledad de juventud de la que habían surgido sus “novelas de artista”, entre ellas, su celebrada Tonio Kröger (1903). Los largos paseos hacia la parte de Tutzig o hacia la de Possenhofen, los desayunos al sol o las cenas al calor de la chimenea y, sobre todo, la posibilidad de disfrutar de los libros y de entregarse a la trabajosa labor literaria sin que lo importunasen las voces de los chiquillos o las quejas de las niñeras, todo ello se lo proporcionaba la apacible casita de estilo inglés. Pero hay algo más. El “villino” será un lugar unido para siempre al cambio de actitud política de Thomas Mann, en los primeros años veinte, así como a La montaña mágica, acaso la obra más importante nacida de su pluma después de Los Buddenbrook.
     De 1916 a 1918, el autor de Tristán había trabajado con dedicación absoluta en sus polémicas Consideraciones de un apolítico, donde defendía un credo ideológico de tipo conservador-nacionalista, el “servicio espiritual de las armas”, en abierto debate con el liberalismo y la democracia, los ideales de su hermano Heinrich. Mas aquel credo político sufriría un inesperado revés con la derrota bélica de Alemania y con el desengaño y el pesimismo vital reinantes, así como con la disolución de toda una era de seguridad y la perspectiva de un futuro incierto. Las lecturas preparatorias para su ensayo “Tolstoi y Goethe”, redactado en parte en Feldafing, los poemas de Walt Whitman o las ideas expresadas en su discurso Sobre la república alemana, pronunciado en 1922, contribuirían necesariamente a impulsar la transformación ideológica que experimentará Thomas Mann en aquellos años: poco a poco iría abandonando su talante estético-conservador y nacionalista para adoptar una postura de socialdemócrata-republicano. Tal cambio se advertirá “transformado en arte” en la monumental segunda parte de La montaña mágica —capítulos VI y VII—; es más, sin aquél, lo mismo que sin el estallido de la Primera Guerra Mundial, la novela, iniciada en 1912 e interrumpida en 1914, hubiera permanecido estancada sin remedio.
     En efecto, fue en 1919 y coincidiendo con una de sus primeras visitas a Feldafing cuando Thomas Mann decidió proseguir con el trabajo en La montaña mágica. Y así, será también en el “villino” donde vean la luz largos fragmentos de la novela, tal como el final del capítulo v, bautizado como “Noche de Walpurgis”, que concluye en mayo de 1921 y con el que cerraba la “Primera parte”, y todo lo que escribió antes de la guerra. Más adelante, también allí, iniciará el capítulo vi y penúltimo del extensísimo relato.
     Finalmente, en Feldafing sucedió algo extraordinario que supuso un hito en la existencia, sumamente artística, de un Thomas Mann a punto de cumplir 45 años. Se trata nada menos que del encuentro del escritor por primera vez en su vida, frente a frente, con un gramófono prácticamente de su propiedad; o, mejor dicho, con una excelente gramola de última generación —que poco tenía que ver con ese modelo antediluviano de gran trompeta deforme. El anfitrión de la pequeña casa decidió sorprender a su amigo con aquel “arca maravillosa”, así como con un pequeño balandro con el que navegar en las apacibles aguas del lago, a fin de hacer más atractivas las visitas al “villino”, justo después de una desagradable desavenencia de Richter con Katia Mann por discrepancias financieras que estuvo a punto de terminar con la común amistad.
     Lo que supuso para Thomas Mann el descubrimiento de aquel “plato fuerte”, de aquella “atracción sin igual”, quedó anotado en el diario. El melómano escritor podía pasar horas y horas plantado delante de la “elegante caja negra”, escuchando discos: la obertura de Tannhäuser, fragmentos de La Bohême, el final de Aida; las voces del gran Caruso, de la Melba y de Tita Ruffo… Pero, además, apenas comenzó a disfrutar de la gramola, comprendió que con ella se le revelaba una maravilla, “mitad diversión, mitad magia”, así como un inapreciable motivo que incluir en su novela: el gramófono era “desde un punto de vista intelectual y puramente épico, un tesoro”.
     La experiencia con el gramófono de Feldafing inspiraría uno de los pasajes quizá más hermosos de toda la obra de Thomas Mann: se trata de la narración del encuentro y disfrute de Hans Castorp con aquel “cuerno de la abundancia, dispensador de goces artísticos, alegres o melancólicos”; el apartado, casi independiente, del capítulo séptimo titulado “Plenitud de la armonía”. El héroe saluda el invento con las mismas palabras con que lo saludó Thomas Mann: “¡Alto! ¡Atención! ¡Esto es sensacional! ¡Y me ocurre a mí!”
     La sencilla “ratonera” a secas de Thomas Mann pasó a ser, pues, merced a aquel ingenio de la técnica moderna, un lugar maravilloso tocado por el espíritu de la música y la armonía casi en estado puro, esto es, se transformó en su “ratonera con gramófono”, a la que añoraba regresar una y otra vez.
     Como ya indicamos, el idilio de Feldafing concluiría en 1923. A partir de entonces, la casita de campo acusó directamente los avatares de la historia europea. En 1938, y después de haber pasado por varios dueños, la compró el Partido Nacionalsocialista Alemán, y, junto con otros edificios de la zona, constituyó parte de una escuela de élite para hijos de altos cargos del Partido y las ss. En 1945, los aliados ocuparon el recinto escolar y lo convirtieron en campo de refugiados —displaced person area— para alojar a más de tres mil judíos supervivientes de los campos de exterminio. Años después, el “villino” volvió a caer en manos privadas hasta que, en 1958, la República Federal lo compró de nuevo, ya que se hallaba entre las edificaciones que formarían parte de una escuela de telecomunicaciones del ejército. La pequeña villa quedó entonces cercada y semioculta por los barracones que construyeran los nazis, nuevamente en servicio.
     En 1994, Dirk Heisserer, estudioso de la obra de Thomas Mann, descubrió la existencia del olvidado “villino”. Tras conseguir el consentimiento de altos cargos militares, logró que el Ministerio de Defensa le concediese permiso para instalar en la villa un museo dedicado a la memoria del escritor y de su relación con Feldafing y, asimismo, al recuerdo de las víctimas del terror nazi y al triunfo de las ideas democráticas. Por ello, junto a una exposición de carácter permanente, La montaña mágica en Feldafing, pueden escucharse también grabaciones de algunos de los discursos que Thomas Mann emitió entre 1940 y 1945 desde el exilio americano a través de la bbc londinense, conminando a los alemanes a rebelarse contra la tiranía nazi. Pero en la misma habitación se recuerda también al general del cuerpo de telecomunicaciones Erich Fellgiebel, ejecutado por haber cooperado con los conjurados contra Hitler en 1944.
     Destacan multitud de documentos y libros pertenecientes al legado póstumo de la última secretaria del escritor, Anita Naef, así como un copioso archivo con material inédito relativo a Georg Martin Richter. Con todo, la anécdota más entrañable del museo es una estupenda gramola, idéntica a la que tanto deleitó a Thomas Mann, así como varios discos que el Dr. Heisserer ejecuta para el visitante; éste, perplejo, trata de imaginarse qué impresión provocaría aquello en los oídos de alguien que a tanta distancia se hallaba aún de los actuales discos compactos de puro sonido digital.
     Hasta finales del pasado año sólo podía accederse al museo en visita privada y en compañía del Dr. Heisserer, pero a partir del 1 de enero de 2003 la entrada es pública, aunque restringida a un número determinado de días por mes. Toda la información concerniente al “villino”, sus dueños, el ilustre inquilino y los avatares posteriores la ha recopilado Dirk Heisserer en un magnífico y ameno volumen: Thomas Manns Villino” am Starnberger See, P. Kirchheim, Múnich, 2001. —

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