Siempre nos quedará Trafalmadore

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Escribo estas líneas en los recesos que me permite la relectura, no por desarticulada menos absorbente, de fragmentos de Matadero Cinco, La pianola, Hocus Pocus, Desayuno de Campeones y Madre noche. El límite de estos pensamientos será el de las pausas que me concedo. Pausas, como se verá, necesariamente breves: son todos libros asombrosos y resulta mejor decisión leerlos que especular sobre ellos.
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Kurt Vonnegut ha pasado por ese trance sin importancia de la muerte. Dicho con la llaneza que exige el homenaje a uno de los grandes humoristas de la tragedia contemporánea, digamos simplemente, como Cervantes: se murió. Tenía 84 años y había sobrevivido a la crisis del 29, a la Segunda Guerra Mundial, a ser preso de los nazis, al suicidio de su madre, a ser encargado de publicidad de la General Electric, a los años sesenta, a no tener talento para el jazz pero sí para la literatura, a la carnicería idiota de Vietnam, a Nixon, a los dos Bush, a la carnicería idiota de Iraq. Bueno, en realidad la carnicería idiota de Iraq lo sobrevivió a él, pero al menos se dio el gusto de escupirle a la cara su último libro de artículos: Un hombre sin patria. Vonnegut ansiaba la muerte, si hemos de creerle a él mismo (y si recordamos que quiso suicidarse, en 1985, al estilo de su madre: con alcohol y pastillas). “Lo último que quisiera es estar vivo mientras los tres hombres más poderosos de la tierra se llaman Bush, Dick y Colin”, escribió en aquella recopilación final. Como aclaración: los estadounidenses llaman “Bush” al vello púbico y “Dick” a lo que, en los hombres, se alza por debajo del mismo. Sobre el significado de “Colin” sólo podemos especular.
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Hay que aceptar rápidamente (antes de que un detractor lo denuncie) que Vonnegut de plano no califica para autor atormentado. Ni siquiera por el intento de suicidio. Y básicamente, no lo hace porque apenas se descuidaba uno y él se ponía a escribir sobre extraterrestres. Incluso lo hizo con frecuencia, a la manera de Marco A. Almazán, aquel señor que escribió veinticinco veces el chiste del marciano que llega a México y no entiende nada y las veinticinco veces se ríe uno. Sólo que los extraterrestres de Vonnegut, comparados con la raza humana, son unos humanistas. Incluso los que perpetran abducciones de gente para cruzarla en jaulas destinadas a un zoológico espacial. Bueno, quizá ellos no. Aunque serían estupendos en la presidencia de ciertos países.
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Otro de los temas favoritos de Vonnegut era la extinción de la especie humana, posibilidad que lo indignaba y entusiasmaba a la vez. En Galápagos, por ejemplo, preconiza que nuestra última esperanza es mestizarnos con las focas del Pacífico. En Hocus Pocus, afirma: “Que algunos de nosotros sepamos leer y escribir y un poco de matemáticas no nos hace dignos de conquistar el resto del universo.” No hay para sus personajes mejor destino que la cárcel o la muerte. Aunque algunos, como su patético alter ego, el viejo y vencido Kilgore Trout en Desayuno de Campeones, le supliquen: “Por favor, hazme joven, hazme joven.”
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No se piense, sin embargo, que en sus libros hay mucho más llanto que la lágrima que Vonnegut mismo dibuja bajo su ojo cuando prefiere dejar libre de su pluma a Trout (y al resto de su viejo imaginario) en esa novela-collage. No: a Vonnegut lo que se le da es la comedia negra. En sus libros importan menos los trafamaldorianos que los nazis y los nazis mucho menos que la posibilidad de no estar de acuerdo con ellos, ni siquiera cuando transmutan en otra cosa: en Nixon bombardeando Vietnam con fósforo líquido, en los ejecutivos de una compañía todopoderosa que controla hasta el ocio de sus empleados y desempleados (La pianola), en los estadounidenses que bombardean a todo ser viviente en Dresde, en 1944, ante la mirada del propio Vonnegut, soldado preso en un matadero. La peor pesadilla: el mundo entero convertido en nazi. Ya Walter Benjamin denunció que el fascismo se componía de fascismo en sí y antifascismo…
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(Walter Benjamin, por cierto, denunció en los años veinte a Bulgakov como contrarrevolucionario y le granjeó al escritor ruso los placeres infinitos de la censura, la persecución y el silencio. En medio de un intento de evasión, en los cuarenta, Walter Benjamin se suicidó para no caer en manos de los nazis. He allí un destino de personaje vonnegutiano.)
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“Madre noche es lo imposible: una novela divertida sobre el Holocausto”, dijo Martin Amis. Imposible pero real. Como Hocus Pocus es una novela divertida sobre la decadencia de la vida, el patetismo de la madurez y sobre Vietnam. “Supongo que existe una millonésima posibilidad de que el fósforo líquido matara a un Jesús que estuviera de vuelta en la Tierra”, dice uno de sus fragmentos. Sobre esa posibilidad se alza toda una poética.
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Sabemos que un hombre nace en Indianápolis, en 1922, nieto de alemanes. Sabemos que su padre es un arquitecto de buena posición, pero que perderá todo en el crack de 1929. Sabemos que su hijo asistirá a Cornell, que se graduará como ingeniero, que será reclutado para el Ejército y desembarcará en Alemania. Sabemos que lo harán preso los nazis, que lo pondrán a acarrear cadáveres antes de encerrarlo en un matadero de reses. Sabemos que su madre, dándolo por muerto, se suicidará. Sabemos que verá el cielo de Dresde pletórico de aviones y el suelo cuajado de muertos. Sabemos que comenzará a escribir en algún punto de los años cincuenta, que será alcohólico y fumador compulsivo, que luego se ganará fama de pacifista a ultranza cuando su novela sobre Dresde y las abducciones se llame Matadero Cinco y los jóvenes que se oponen a Vietnam la lleven en las manos a las manifestaciones, como si fuera una pancarta. Sabemos que el hombre escribirá una veintena de libros más, que será orador de un mitin el día en que Nixon renuncie a la presidencia. Sabemos que lo calificarán de “mero autor de ciencia ficción” y de “payaso compulsivo”, que los grupos ultracristianos harán quemas de sus libros, que lo tildarán de poco patriota y satánico. Sabemos del regusto helado y sarcástico, pero a la vez sensato y limpio de su prosa. Incluso sabemos que sería bueno conocer al autor que lo escribía y suplicarle, como aquel pobre Kilgore Trout: por favor, hazlo joven, hazlo joven.
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Que nos consuele una certeza: siempre nos quedará Trafalmadore. ~