Trabajar en pijama… y sin prestaciones sociales

¿Será que las tecnólogas están demasiado consentidas y jamás deberían quejarse? ¿Con cada startup y cada hackatón se glorifican formas de explotación que en otros contextos jamás serían permisibles?
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Haces clic en un teléfono para subir a un auto e ir a una reunión. Tu celular estima que dadas las condiciones de clima y tráfico no llegarás a tu destino final sino hasta dentro de 45 minutos. Demasiado tarde. Decides bajarte en la cafetería más cercana y le escribes a tu cliente para que la reunión sea una teleconferencia. La cafetería –con sándwiches caros a medio comer y cafés que ya se enfriaron– está llena de gente con salarios tal vez mejores que el promedio nacional; trabajando concentrados en sus dispositivos móviles porque su ocupación no necesita que estén en otro lugar para ser productivos.

La escena anterior, que habría parecido distópica hace unas décadas, describe a un sector económico que trabaja en los centros urbanos de México (y de otras economías emergentes). Si este escenario se vuelve representativo, trabajar significará ser parte de la “sociedad de la información” y vivir de una “economía colaborativa” en un “mercado diversificado”.

Sabemos que nuestra relación con el trabajo está cambiando, entre otras cosas, mediado por la tecnología, pero el confort y libertad que intuimos tiene poder trabajar en pijama, tener colaboradores en todo el mundo y producir sin tener que mover más que los dedos tiene implicaciones desagradables, pues significa, muchas veces, engrosar las filas del empleo sin prestaciones sociales o pertenecer a una generación que difícilmente podrá jubilarse con una percepción mensual digna o adquirir bienes raíces.

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En Estados Unidos, una de las polémicas más recientes sobre tecnología y derechos laborales se dio a raíz de la decisión de la International Game Developers Association (IGDA por sus siglas en inglés) de revisar y evaluar públicamente una práctica bastante común en la industria de videojuegos: los maratones de desarrollo. Por esas noches y fines de semana continuos donde fluyen Red Bull, pizza y trabajo, ¿a los trabajadores se les compensa económicamente con el pago de horas extra o con días adicionales de descanso?

De acuerdo con la IGDA, el impacto, a mediano y largo plazo, de estos maratones en la salud y el bienestar de los trabajadores hace que al menos deban ser compensados de manera distinta al trabajo en horarios regulares. Pero, para Alex St. John, una figura prominente de la industria de los videojuegos, los que trabajan en esta industria se dedican a las artes y a la diversión; por ello trabajar catorce horas al día no representa el  tipo de explotación que implicaría una labor física. De hecho, argumenta, este trabajo permite movilidad social a personas que de otra manera tendrían empleos menos favorables. Él es ejemplo vivo de esta transformación positiva: sin la tecnología, seguiría viviendo una vida rural, ganando solo lo que su esfuerzo físico le permitiera. En resumen: quienes se quejan promueven una “cultura de victimología y de la mala actitud hacia sus vocaciones”.

La respuesta de St. John a la IGDA levantó ámpula entre los desarrolladores, quienes hicieron pública la ominosa guía de reclutamiento de su empresa.

Aquí puede leerse la respuesta publicada por la hija de St. John, quien califica a su padre de racista, prejuiciosos y sexista. Y acá, Aja Romano disecciona todos los argumentos discriminatorios de la guía de reclutamiento.

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Un mes antes de la publicación del texto de St. John, el Instituto de Internet de Oxford convocó a varias voces autorizadas en tecnología, empleo y globalización para analizar las transformaciones digitales del trabajo. Y es que, durante años, la tecnología ha sido presentada como la panacea para el desarrollo internacional; pero al revisar con microscopio sus implicaciones, como se hizo en esta conferencia, surgen dudas y hechos que cuestionan esa visión.

Es cierto, la deslocalización empresarial ha dado a los trabajadores de los suburbios del mundo en desarrollo una nueva fuente de empleo. Sin embargo, este mismo ambiente ha creado "el precariado", en palabras Guy Standing, un sistema de trabajo temporal, mal pagado y con pocas (o nulas) prestaciones donde todos están en una constante carrera por ofrecer los servicios menos costosos. Por otro lado, como señala la socióloga Saskia Sassen, la disminución de la rendición de cuentas que surge con el trabajo a distancia deja impune la explotación laboral. Sin transparencia salarial en el outsourcing, no hay frenos en la carrera por el costo más bajo. 

¿Será que las tecnólogas están demasiado consentidas y jamás deberían quejarse? ¿Con cada startup y cada hackatón se glorifican formas de explotación que en otros contextos jamás serían permisibles? Dependiendo de las respuestas, el mundo definirá los derechos laborales que gobernarán (o que serán gobernados) en la era tecnológica.

 

 

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