Voces desconocidas del África

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El Cuaderno de un regreso al país natal (Le Cahier d’un retour au pays natal, 1939) del martiniqués Aimé Césaire fue, sin duda alguna, el verdadero grito de nacimiento de la negritud. Esta incursión subversiva en el seno de la poesía en lengua francesa, reconocida por André Breton, se confirmó con la Antología de la nueva poesía negra y malgache enlengua francesa (1948) de Léopold Sédar Senghor. Un poco más de cincuenta años después de la aparición de ambos libros, los nombres de Césaire, Senghor y Damas —tres escritores convocadores, iniciadores de la primera generación— irrigan sin cesar el imaginario poético africano: el notable alcance de sus trazos fragmentarios pero reconocibles permite percibir los contornos temáticos y formales de las generaciones más recientes. Cada uno, Tchicaya U Tam’si, Édouard Maunick, Jean-Baptiste Tati Loutard, Sony Labou Tansi y Nimrod, alarga, niega y amplía los ecos de la negritud fundadora.
     “Todo gran escritor,” escribió Octavio Paz, “pertenece a uno de los cuatro elementos que, según los antiguos, componen el Universo: algunos escritores pertenecen a la tierra o al aire, otros al fuego o al agua.” Tchikaya U Tam’si, Édouard Maunik, Jean-Baptiste Tati Loutard, Sony Labou Tansi y Nimrod cultivan cada uno diferentes elementos y a veces los mismos con acierto, abundancia y variedad, tres virtudes que hacen, según el mismo Octavio Paz, la gran poesía.
     Más allá de la influencia de los cantos de la sombra y de las elegías musicales y nostálgicas de Senghor (1906-2001), el congolés Tchikaya U Tam’si (1938-1988) prefigura desde su primera selección, Le mauvais sang (1955), una búsqueda que trasciende el existencialismo racial y cultural de la negritud. A partir de ese primer compendio anuncia: “Soy un hombre soy negro ¿por qué eso adquiere el sentido de una decepción?”. A partir de entonces, su creación abre la palabra africana a lo universal por su imaginación fecunda y diversa (textos reunidos bajo la forma de dramas o de estructura musical, poemas-visiones dialogados, poemas largos en verso libre e intensos poemas cortos) y su rigor poético (la idea del compendio como un verdadero “sistema de correspondencias” o de vasos comunicantes). En la línea volcánica de Césaire, Tchicaya U Tam’si es un poeta del fuego, luego de sangre. Su poesía incide en torno a la dialéctica trágica, es decir, amor y odio mezclados en la figura del Cristo cuyo logro es el poema titulado “Le contempteur” (“El desdeñoso”). Su rebelión sin piedad contra el dolor del ser humano, el descuartizamiento de un alma obsesionada por una suerte de tristeza congénita y la tentación de la redención harán de Tchicaya un “negro judío errante” que asume, con extremada pasión, el sufrimiento del Cristo sin dejar de reprocharle su connivencia en la posesión de otras tierras. A contracorriente de las voces declamatorias de la primera década de las independencias, su producción cristaliza, desde Mauvais Sang de 1955 (libro de un aprendizaje logrado) hasta la Veste d’intérieur de 1977 (de notable plenitud lírica), las variables existenciales de los seres humanos en los que se mezcla la sangre, la carne, la sal y el mar.
     El mestizo Édouard Maunick (1931) nació en la Isla Mauricio. Su palabra, que intenta devolver la angustia de sus orígenes mestizos, enriquece su meditación, siempre melancólica y amarga, sobre su isla. Pero Maunick es antes que nada un poeta del aire y del fuego cuya identificación con la negritud es inequívoca: se confiesa “de preferencia negro” frente a la confluencia de su “sangre plural”. La pasión desenfrenada por su isla natal, los contornos vulnerables de la insularidad (los impredecibles ciclones, las inundaciones por las lluvias), los estados cambiantes del mar y las múltiples identidades raciales alimentan su imaginario. A partir de Les manèges de la mer (1964), pasando por Mascaret (1966), Fusillez-moi (1970) y Mémoire mémorable (1979), la poesía es su isla. Según Senghor, la isla de Maunick está ligada a “la Raza, a la Tierra, a la Mujer-Nieve, a la Voz, es decir a la Poesía”. Esos temas, sublimados por el amor, evocan una poesía de la vida en la que el agua de mar, que purifica la materia inerte, las palabras y los seres, enmudece bajo el efecto del aire y del fuego.
     Gran parte de la poesía africana tiene una vocación militante inmediata, ya que explora los lazos subterráneos de la historia sufrida (desangramiento de la esclavitud, colonización alienante, independencia sin emancipación y otras violencias estructurales). Junto a las voces personales de Tchikaya U Tam’si y de Édouard Maunick, el congolés Jean-Baptiste Tati Loutard (1938) es una de las mayores figuras cuya inspiración se quiere intimista y metafísica. Más aún: una de sus mayores inquietudes es, sin duda alguna, la meditación bajo la forma de “impulso interior” o de “secreción involuntaria” (habría dicho Barthes). Nacido cerca de un lago, J.-B. Tati Loutard es un poeta del agua, o más bien de las aguas, en todas sus formas posibles (aguas turbulentas del mar, aguas calmas de la orilla, aguas glaucas de los ríos…). Su palabra busca continuamente una suerte de ósmosis entre lo vivido por el poeta y el murmullo de las aguas. Con pudor, dolor contenido, complicidad de las aguas conciliadoras, el poeta confiesa sin ambages en La tradition du songe: “el agua alimenta mi fuerza poética/ Es un mar interior./ Cada libro salido de la imprenta es un brazo muerto”. Desde Les poèmes de la mer (1965) hasta L’ordre des phénomènes (1996), su obra interroga la inmanencia del acto poético y su alcance en la experiencia humana: contemplación de las aguas y del mar (más allá del impulso romántico), palabra sobre el tiempo y sus normas, metáforas solares y de constelaciones, arrepentimiento frente a la ausencia de la mujer amada y evocación nostálgica del país natal confieren una textura singular a su itinerario lírico.
     “El mar,” dice Heráclito de Éfeso, “es la primera metamorfosis del fuego. Y del mar, una mitad deviene tierra, la otra nube ardiente”. Más conocido como novelista y dramaturgo, el congolés Sony Labou Tansi (1947-1995) es un poeta subversivo e imaginativo cuya obra, mezcla de tierra y fuego, se hace nube ardiente. Antes de La vie et demie (1979), novela que fue el origen de la modernidad literaria en la África francófona, los poemas de Sony Labou Tansi (hoy dispersos) despertaron enseguida el interés de Senghor (su primer lector…). Excepto Poèmes et vents lisses (1995), que celebra la conjunción formulada por Octavio Paz entre el sexo, el erotismo y el amor en La llama doble, Sony Labou Tansi es ante todo un poeta inédito. La obsesión por Cristo, heredada de Tchicaya U Tam’si, y profética, fortalece un lirismo desbordante y rabioso, una fuerza que interpela sin complacencia la legitimidad del Todopoderoso y de su hijo. Como ni uno ni otro pueden satisfacer las plegarias, el poeta mismo deviene un Creador que destruye la materia original para con ella crear otra a la medida de su dolor.
     En Orfeo Negro Jean-Paul Sartre resumió la negritud como “el punto débil de una progresión dialéctica”. En efecto, los hallazgos de la poesía de la generación del otro continente sobrepasan largamente las angustias de la negritud. Escrita bajo el impulso del exilio (del poeta y de su palabra) y del errar, los jóvenes poetas exploran la tensión poscolonial, la escalada de la violencia en las sociedades africanas, la utopía postergada, la fragmentación de las identidades, lo humano universal (la muerte, la vida, el amor…), combinado con la reflexión sobre la palabra misma. Nacido en Chad, Nimrod (1959) asume las angustias de esta generación con Pierre, poussière (1989) y Passage à l’infini (1999). En una lengua limpia, depurada y con el brillo de las diferentes estaciones, sus versos —regidos por el aire— recuperan la postura individual sobre el estado efímero de la palabra, del tiempo, del infinito y de la vida (el genocidio de Ruanda, por ejemplo).
     La virtud de toda poesía es dar al mundo, y si es posible, restituir el alma en los rincones de la miseria y de la grandeza. Pero una de las virtudes del acto poético, hoy, es trascender las fronteras reales o simbólicas entre el Uno y lo Otro: transformar lo visible y lo invisible sirviendo a una memoria común. Consciente del futuro del acto poético como mediación urgente, Tchikaya U Tam’si engrandeció la utopía fundadora: la génesis de una Babel habitada por una “raza nueva” de bronce, resistente e indestructible, por la que la fraternidad sería “otro hueso a reunirse” con el esqueleto del ser humano. Poseídos por esa revelación, los poetas africanos hacen eco eterno a una plegaria de Léopold Sédar Senghor: “La poesía no debe perecer. Puesto que, ¿dónde quedaría el espíritu del Mundo?”. ~
     

— Landry-Wilfrid Miampika
     Traducción de María Virginia Jaua Alemán

TCHIKAYA U TAM’SI
     (Congo-Brazzaville, 1931)
     EL DESDEÑOSO
     A Catherine Bailly
     Bebo en tu honor dios mío
     Tú que me has hecho tan triste
     Me has dado un pueblo que no es destilador de caldos
     Y entonces, ¿qué vino beberé yo en tu jubileo?
     En este suelo que no es suelo de viñas
     En este desierto en el que todos los arbustos son cactus
     ¿Es posible que llegue a ver en sus flores cada año
     Las llamas de la zarza ardiente de tu celo?
     Dime por qué Egipto mi pueblo arrastra sus cadenas

Cristo me río de tu tristeza
     Mi dulce Cristo.
     Espina a cambio de espina
     Tenemos una corona de espinas compartida
     Me convertiré pues me tientas
     Allégate a mi José
     Ya estoy mamando del pecho de tu madre la virgen
     Sin contarte a ti ya cuento algún Judas más por mis dedos
     Mis ojos le mienten a mi alma
     Donde el mundo es cordero tu cordero pascual–Cristo
     Bailaré yo mi vals al son de tu tristeza lenta

Pero ¿soy yo tu hermano simplemente?
     Ya me han matado en tu nombre
     ¿Acaso era culpable de mi muerte?
     Tenía flores de amor hechas sólo de sombra en los ojos
     Mis manos agitaban los abanicos de las latanias al atardecer
     Por haber besado tu cruz la sangre me enrojece la boca

¿Acaso no era yo tu hermano?
     Danzo en honor de tu tristeza
     No llamo en mi defensa como testigos ni a padre ni a madre
     Y sin embargo mi dolor iguala al tuyo
     El agua de mi río es dulce–golondrinas llegad
     El peñasco ama al mar que la azota–tan lasa

Me tientas
     Y disfruto
     Me extravío por la música de tu alma
     Y son sólo las truchas las que cantan no obstante desafinadas
     Y muerto bailo yo por la tristeza lenta
     Los vicios en mi piel son los tres clavos de hierro en tus pies
     [ en tus manos
     Qué sucio estás, Cristo, por haberte juntado con los ricos
     Su lujo es un ternero de oro colgado de los cuellos de sus ricos
     Camina por el camino de mi pueblo por el que voy cojeando
     Me dirás en qué Egipto se aflige mi pueblo
     Mi corazón no es el desierto habla Cristo
     ¿No fuiste tú el que puso el oro vívido en mi vino de alegría?
     ¿Te debo mis dos fuentes?
     Tanto mi corazón como mi alma
     ¿No fuiste tú el que le hizo a mi corazón dos ventrículos tan
     [ diminutos?
     Un árbol de vida muerto florecía mi olvido.

Permaneces inmóvil
     Hiende el Congo su pena
     Pero qué sucio estás, Cristo, por haberte juntado con los ricos
     Cristo Cristo de mi Santa Ana
     Dime qué vino podré beber
     Para mentirle a mi pueblo
     Mi alegría es demasiado evidente
     Mi tristeza demasiado sucia
     Para ser un fuego de sabana

Perros iban tras de mí
     Cuando era mendigo
     Para celebrar la Eucaristía yo mendigaba el vino la levadura
     [ y la sal
     Judío errante fui
     Para traicionarte a ti que me habías traicionado
     Ya me han matado en tu nombre
     Traicionado y luego vendido

El atardecer marchitaba las rosas
     Que perdían sus hojas de dolor

Mi María Magdalena se llamaba Anita
     Menos sucia que la tuya y por consiguiente menos abierta al
     [ perdón
     Moriré pues sin ella
     No tiene levadura el pan de exilio
     Y soy judío por simple locura
     Mi locura es un pozo de oasis
     Pero el oasis no es tu llaga en el costado izquierdo

Cristo escupo en honor de tu alegría
     El sol es negro a causa de los negros que sufren
     A causa de los judíos muertos que buscan la levadura de
     [ su pan.

Qué sabes de New Bell
     En Durban dos mil mujeres,
     En Pretoria dos mil mujeres
     También en Kin dos mil mujeres
     Y en Antsirabé dos mil mujeres
     Qué sabes tú de Harlem

Pesa el vino en mi corazón sufro porque gozo
     Cristo odio a tus cristianos
     No tengo amor para amar a todos tus cobardes
     Escupo contra tu alegría
     Por tener a mi derecha a mi izquierda
     Las mujeres de los ricos
     Me siento mal por haber bebido
     Tu templo está lleno de mercaderes que venden tu cruz
     Yo vendo mi negritud
     A cien perras redondilla
     Y la galera navega
     Hacia unas Indias de saldo

¡Ay! ¿Qué continente no tiene sus falsos negros?
     A mí me sobran hasta podría vender
     Incluso África tiene los suyos
     El Congo tiene sus falsos negros
     Tan cristianos, ¿son acaso por eso menos sospechosos?
     Oh muero en tu honor
     Pues me has tentado
     Al hacerme tan triste –
     (Del libro Epítome)

 
     EPITAFIO
     ¡Somos esta unión
     de sal de agua de tierra
     de sol de carne
     salpicándole al sol
     no en torno ya de los jugos amargos
     sino porque existe este canto
     que todos los abismos extraviaron
     y que vuelve a inventar un nacimiento
     rosa de los vientos carnes y tiempo!

¡Auguro una babel
     de acero inoxidable
     o de sangre mestiza
     mezclada con la hez de todas la crecidas!
     Después del hombre rojo,
     después del hombre amarillo,
     después del hombre negro,
     después del hombre blanco,
     tenemos ya el hombre de bronce
     única aleación a fuego suave
     que podemos franquear ya vadeando. ~
     (Del libro Arco musical)

 
     

ÉDOUARD J. MAUNICK
     (Mauricio, 1931)
     sin título
     el mar el mar siempre me narrará de pie
     al haberme arrancado a la clausura
     era, según parece, víctima de rodillas,
     incluido en el bando del desahuciado universal de lo
     [ inmenso
     mis ojos estaban clavados al ombligo
     de una isla expulsada de África por telúrica guerra
     fragmentos de mar me exiliaron
     llegada del ecuador una ola marina me rompió las amarras
     di la cara hice frente
     a la tierra asolada de deriva–ruidosa en su condena
     afilé las palabras hasta el grito
     hasta multiplicar sus gritos y estorbar la canción del vivir
     pero el mar retornó siguiendo mis pisadas
     desde la más profunda lejanía de grietas de desiertos y
     [ algas vivas
     me volvió a enderezar con un gran golpe
     de mar me apuntaló a la contra frente al horizonte… ~
     (Del libro Fusílenme)

 
     PALABRA 3
     me arriesgo en el veneno sentencio me asesino
     y me encuentro de nuevo ante los viejos
     aislado de mis fiestas echado de la magia
     las palabras mi único tormento
     –y será el hondo canto
     al final de esta tarde junto al fuego
     libres sin que tu sepas–yo lo llamo el exilio

ofrecido en tu palma un animal
     inventado posible y que aúlla
     pondré mi mano sobre el fuego
     incendio por incendio
     sabiendo que me eres un cuerpo verdadero
     y nada más busco aquí
     habiéndote encontrado más filo que la espada

castigada será la llama palabra prometida
     ¡volverás a empezar a tiempo y a destiempo
     Mujer-ÍNSULA-Raza
     DEL MÁS LOCO Y MÁS DULCE NACIMIENTO! ~
     (Del libro En el sol ardiendo vivo)

JEAN-BAPTISTE TATI LOUTARD
     (Congo-Brazaville, 1938)

 
     CARTA A UNA MUCHACHA DE NUEVA YORK
     Te escribo de muy lejos, desde las costas del Congo
     Ante la Isla de Mbamú;
     Es una mota verde refugiada en medio de las aguas
     Con el fin de evitar su retorno a la Tierra.
     La calle no está lejos: transita como el río
     Allá, tras esa hierba
     Que parece más alta por culpa del risrás de las cigarras.
     Van y vienen los coches y sus ruedas no aplastan los recuerdos.
     ¡Que pena me das, tú, tan lejos, recluida en el desierto de
     [ cemento y de acero,
     Con los más bellos sueños de los hombres
     Metidos en mochilas de ladrones!
     ¡Debes sentir pavor por los barrios perdidos
     Cuando la luna baja del cenit de la noche!
     Qué le vamos a hacer, la vida no es redonda como la Tierra.
     Todos los días se engancha a alguna espina.
     Guardo todos los rasgos de tu cara en la punta de mi pluma
     Y también tus palabras, geniales:
     “Es Harlem una noche habitada por noches.”
     A veces, ante mí, eras el árbol
     Que incuba un genio quieto,
     Y después, de inmediato, la punzada del ritmo
     Se asía a tu tobillo;
     Te mudabas entonces en la sierpe de mar que vuelve al
      [ manantial
     Llevada por las contracciones de las olas.
     Ardías en mis brazos, más ardiente
     Que el sol de la estación lluviosa.
     He vivido contigo como el tronco
     Que retiene su rama en tiempos de tormenta…
     ¡Adiós! La pluma ya no se ciñe a su línea:
     La noche empieza a hervir en su jarrón de estrellas. ~
     (Del libro Normas del tiempo)

 
     ABANDONADO A LA CORRIENTE
     ¡Cuántos ríos en mi vida me han mostrado su curso,
     Sinuoso o torrencial, color de plomo o transparente!
     Senegal, Nilo, Sena, Ganges, Tíber y Volga,
     Y el Congo, al discurrir por mis pestañas
     Como en su lecho diario.
     Y luego se allegó la amante inevitable:
     La mar, lengua azul, bajo el paladar del cielo;
     Pasa entre las gaviotas y las algas.
     (Árboles microscópicos de vetustas florestas
     Roídas por la sal y los gorgojos de los siglos.)

He consumido ya múltiples soles,
     Y por ello, en el agua, mi memoria se vuelca
     Muero y revivo como el mar
     En cada soplo que tendría que exhalar;
     En vez de olas, deseo noctilucas
     Para ver si mi doble entre los hombres
     Puede ser refulgente. ~
     (Del libro El fuego del planeta)

SONY LABOU TANSI
     (Congo-Brazzaville, 1947)
      
      
     SIn título
     1
     Las palabras me hechizan
     Me hacen señas
     Pidiendo que les busque
     Algún trabajo
     El salario no importa–
     Vienen como gentíos las palabras
     A mi pluma
     Igual que proletarios
     Las palabras exigen
     Su derecho a la voz
     Queriendo establecer la dictadura
     De las palabras en la vida–
     Necesitan a uno que comprenda
     A uno que las ponga a su servicio.
     ¡Pero yo no soy ése!
     Las palabras se cruzan de brazos
     Se sientan y se duermen
     A los pies del poeta
     El único que sabe su valía
     Y se van a morir
     Las palabras si alguien
     Nos la agita a tiempo–
     Las palabras son silencio que habla–
     Burbujas de silencio que hablan.

2
     Tú que conoces el alcance verdadero de las cosas
     Tú que conoces el alcance verdadero de la tierra
     Tú que conoces el alcance verdadero de la palabra
     Tú que conoces el alcance verdadero de tu amor por cada cosa
     Dios todopoderoso
     Ten piedad de nosotros–
     Tú que fijas la linde a cada cosa
     Tú que no eres un Dios de Oprobio
     Tú que no eres un Dios de Miedo
     Tú que no eres un Dios de los Cobardes
     Tú que no eres un Dios de Duda
     Ten piedad de nosotros– ~
     (Del libro El otro mundo)

NIMROD
     (Chad, 1959)
      
      
     COLMA EL ESTIAGE NUESTROS DESEOS
     A Bruno Szwajcer
     Huye la noche del fulgor de las soledades,
     Y éstas se vuelven hacia el limo
     Como hacia el lustre de las golosinas;
     Y las berzas aseguran su sueño.
     Ya no lucha tu hambre, se alboroza
     Sobre vastos impulsos. Y las matas
     De mandioca anexionan su espacio.

A lo lejos, acogiendo al crepúsculo del cerro,
     Junto al campo soluble,
     La cabellera de los maizales acompaña al batallón de las islas:
     El silencio les aboca al aguacero.
     Con nubes de esperanza, como cuando
     Las infancias de antaño, el pastor desaltera
     La resignada espera de la espiga, con el dorso apoyado
     En la alegría de las ansias que piden que se active
     La cosecha–¡surge entonces la llama
     Allá donde los asnos cuidan esta mies merecida! ~

 
     IN MEMORIAM RWANDA
     El resplandor azulea en la nuca de un niño
     Y el fuego de la tarde ya no tiene esperanza

Aquel verano la hemorragia fue silente
     Y la luz enterraba al mantillo

Era como una risa idiota bajo el yeso,
     Cuando ya no se ríe —pobre carne—,
     Un diente puro en lo más claro del espacio

¿Y qué botín fue aquel, colmado, a rebosar?
     ¿Qué flor frotada por el hierro junto a nuestros oídos?

Arrasábamos, por plácidas colinas,
     En el desierto. Sólo se oye el clamor
     De los osarios–el mantillo es carnívoro. ~
     (Del libro Tránsito al infinito)
     

— Traducciones del francés de Javier del Prado

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