Buscar a los bárbaros

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Buscar a los bárbaros: El horror a la modernidad es el sombrero del ilusionista del que ha salido casi todo el pensamiento del siglo XX, que se distingue de la centuria antepasada, tan pagada de sí misma, por la náusea que su cambiante identidad le provoca. Dicen los católicos —y lo dicen bien— que Emmanuel Mounier fue una de aquellas pocas inteligencias que no le tuvo miedo a la modernidad y que en 1932, al fundar la revista Esprit, decidió habitar resueltamente, él, como hombre de fe, una realidad pantanosa y canalla.
     En el Manifiesto al servicio del personalismo (1936), Mounier decía que su movimiento —que para bien de la humanidad quedó en una magnífica revista que sigue apareciendo diez veces al año— partía del hartazgo de los jóvenes contra una civilización burguesa, liberal, parlamentaria y democrática que anhelaban borrar de la faz de la tierra. Sin tapujos, con esa claridad de expresión que lo distingue entre la espesa fronda de la Francia bizantina, Mounier decía que el personalismo compartía, con el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, esa colérica reprobación del mundo del dinero, fobia que en el caso de los cristianos apenas requería de otra certificación que la evangélica. Pero en ese atolladero (del que Mounier nunca se quiso salir) empiezan las dramáticas diferencias que colocaron a Mounier y a sus amigos en la izquierda.
     En las horas graves, en esos momentos en que tantos se engañaron y que llenaron al universo de remordimiento (y de apóstatas y de arrepentidos de buena y de mala fe), Mounier tuvo la inteligencia de no equivocarse y cruzó sin mancharse el mundo salvaje de los años treinta y de la guerra mundial. Condenó Mounier (a veces con el pleno apoyo cabal de sus colegas de Esprit, pero no siempre) la invasión italiana de Etiopía y el Pacto de Múnich en que las democracias occidentales abandonaron Checoslovaquia a Hitler. En 1936 fue Mounier quien reunió en torno a Esprit al puñado de católicos que desafiaron a la Iglesia y, conspirando contra su propia naturaleza, tomaron partido por la República Española contra la sedición franquista. En fechas tan tempranas como aquéllas, a Mounier le quedó claro que los fascismos confundían la dimensión espiritual de la vida con un delirio que “adormece en cada individuo su mala conciencia” y lo convierte en agente y en cómplice de una empresa de destrucción minuciosa y absoluta de la persona humana. Por ello Mounier, al contrario de varios de sus allegados, no podía ser pacifista después de Múnich. Siguiendo el ejemplo —quizá no muy apropiado— de su maestro Charles Péguy en 1914, consideró más que suficientes los agravios como para repeler al agresor alemán.
     Vino la posguerra y la Francia desgarrada por la Colaboración era un país donde los no pocos letrados antisemitas callaban ante el Holocausto, temerosos de delatar su complicidad. Mounier, en uno de esos gestos llamados a convertirse en medida misma de la nobleza moral, destinó una entrega completa de Esprit al testimonio de los judíos sobrevivientes, gesto cuyo carácter inusual, casi una provocación, ilustra aquel momento.

Al tercer día —escribió Mounier presentando esa entrega de Esprit en septiembre de 1945—, resucitó de entre los muertos. Ha resucitado de los campos de la muerte y de los terrores mortales. En silencios de muerte, amputado de dos tercios de los suyos, un pueblo estupefacto y asombrado de su supervivencia, que lleva en el corazón la inquietud de Lázaro y en la boca el gusto amargo de las resurrecciones y la añoranza de las fraternidades infernales. No nos hemos equivocado en esto: apuntando al judaísmo, el perseguidor golpeaba el corazón mismo de la civilización judeocristiana; bajo el pretexto ventajista de alcanzar sus debilidades, eran sus fuentes incorruptibles de vida las que intentaba cegar […] Las víctimas son siempre molestas. Les ocurre que están desfiguradas. Sus quejas son pesadas para el hombre que desea encontrar de la manera más rápida la serenidad benevolente de los días. La desgracia los ha despojado de su pasado y les ha comunicado una voluntad ardiente de renovación. Los que no desean nada tanto como proseguir el hilo de las costumbres tienen a las víctimas como primer obstáculo. Incluso aquellos que quieren caminar, pero con las menores resistencias posibles a sus planes preconcebidos, no les gusta este inquietante pozo de los milagros que se hunde en el sufrimiento vivido. Estorbos… Quizás por esto ha caído un extraño silencio desde la Liberación sobre el problema que ha sido, durante cuatro años, la punta ofensiva del nazismo y la punta defensiva de la Europa libre. Pero es sabido que siempre hay en Esprit un lugar para los estorbos.

Los personalistas, a veces situados a la izquierda de la izquierda, hicieron del diálogo con los comunistas una de sus obsesiones, conversación por verificarse, según las cambiantes circunstancias, en las parroquias de los curas obreros o ante la obra de Marx. Aunque los personalistas estuvieron entre los primeros en homologar, para efectos prácticos, el fascismo y el comunismo como movimientos totalitarios de índole simétrica, Mounier profesaba una suerte de antianticomunismo que a veces lo colocaba en situaciones que entonces parecían paradójicas: en Esprit se denunciaron los campos en la urss tanto como las campañas de la derecha católica, se publicó lo mismo a José Bergamín llamando a los católicos leales a vivir el drama cristiano implicado en la contracruzada antifascista, que a Victor Serge denunciando el asesinato de Andrés Nin y la persecución de los disidentes revolucionarios en la retaguardia española. Apenas puede reprochársele, como lo sugiere Michel Winock en Le siècle des intellectuels (1999) que, iniciada esa guerra fría de cuyo desarrollo lo privó un infarto precoz en 1950, Mounier prefiriera, en aras de ese antianticomunismo, archivar las crecientes denuncias sobre el Gulag que llegaban a sus manos.
     Mounier veía en Marx a un liberador espiritual (y ello lo convierte en antecedente de cierta teología de la liberación), pero consideraba fatal la teoría marxiana del trabajo enajenado, que alejaba a la persona de toda posibilidad de emancipación interior. Esto último separaba a Mounier de aquellos cristianos que simplemente adoptaron el marxismo como una nueva orden militar y pospusieron los ejercicios espirituales para la sociedad sin clases. Prefería Mounier, finalmente, clasificar al estado policíaco comunista aparte de las familias fascistas, en honor al origen claramente humanista del marxismo. A Marx lo tenía Mounier por un Sócrates antes que por un Mesías: un hombre con pies de plomo, dueño de un buen sentido, a veces vulgar, pero pleno de espíritu positivo.
     Durante la Ocupación y bajo el régimen de Vichy, Mounier había tomado la difícil decisión de volver a publicar Esprit para impedir que el nazismo y el petainismo se adueñasen de las conciencias, principal preocupación para un educador como él, alerta ante todo poder codicioso del alma de los niños, de los jóvenes y de las familias. Pronto le cerraron la revista, lo detuvieron, hizo huelga de hambre. Y tras la Liberación, fue Mounier el católico que se sentó a la mesa de los existencialistas, de quienes se sentía (y lo era) familiar. Pero Malraux, Camus y Sartre le parecían unos locos: mientras que los cristianos como él buscaban integrarse sin culpas ni fanatismos en el tiempo secular de la historia, los ateos, sus rivales existencialistas, se atragantaban con el pecado.
     En su ensayo de 1948 sobre Malraux (a quien colocaba sin vacilar entre los existencialistas), ese buen crítico literario que fue Mounier mostraba su estupefacción ante un discurso que hablaba, inclusive, de un pecado cósmico, un pecado que por definición nadie puede cometer y que nadie podría padecer —gran palabra que sólo podía enunciar quien ha leído mucho a Kierkegaard y muy poco de rudimentos teológicos. Yo no sé —no lo creo— si los filósofos le habrán reprochado a Mounier un mal uso del arsenal a la moda, pero vaya que éste se burla con delicadeza de los estropicios teológicos ocasionados por el entusiasmo —luterano y reformador— de los existencialistas ateos. La secularización del mundo, la muerte de Dios, recalcaba Mounier, les preocupaba más, al mediar el siglo, a los ateos que a los cristianos.
     La memoria de Mounier debe ser honrada como la del intelectual que no cometió las traiciones habituales del clérigo, ajeno a la Acción Francesa, madre de fascismos, y equidistante del Partido Comunista. Se las arregló Mounier, a su vez, para evitar aquello que lo habría destrozado: una condena de la Iglesia Católica.
     Pero lo más sorprendente, releyendo a Mounier, es el éxito póstumo y polimorfo de su doctrina, más allá de la Democracia Cristiana, ese espacio político natural que él rehusó ocupar. Como cristiano, Mounier pensaba lo mismo que algunos liberales opuestos a la creación de partidos liberales: la sociedad pluralista debe ser cristiana (o liberal), pero su cristianización (o la creación de un público liberal) no puede ser el resultado de una parcialidad (un partido político de uno u otro signo), sino el resultado de la obra común de los ciudadanos. Breve fue la vida de Mounier y vasta su obra, en la que destaca su feminismo, sus apuntes sobre lo que actualmente llamamos el derecho a la intervención militar humanitaria o esa vindicación de la vida privada, a la vez como enigma que como sujeto de derecho. Fue también un precursor del II Concilio Vaticano y una lectura esencial —según puedo leer en el número que la revista mexicana Ixtus le dedica— para Juan Pablo II, aunque me parece que, al finado papa, aquel personalismo le habrá parecido demasiado liberal. Wojtyla nunca citó, al parecer, a Emmanuel Mounier en sus libros.
     Mounier creía que la persona, indisolublemente ligada a la comunidad, se contrapone a ese individuo que el liberalismo —cosa decimonónica para él— arroja sin contemplaciones a la selva social, a la soledad moral. Mounier encontraba nocivamente individualista, por ejemplo, a la Declaración de los Derechos del Hombre promulgada por la ONU, y en 1945 redactó una contrapropuesta personalista. No sé qué tan original sea el personalismo (tal parece que Mounier no fue muy honesto al respecto con el precursor Renouvier) ni si es o no es un existencialismo cristiano, pero es indudable que acabó germinando en el multiculturalismo de fines del siglo XX, tan atento a los derechos de tercera generación, a la sacralidad de la persona y a los intereses de las comunidades étnicas, religiosas y sexuales. Entre los antimodernos del día deberían abundar quienes relean a Mounier —y a su maestro Péguy— en busca de argumentos intelectuales más sofisticados —que los ofrecen en abundancia— contra la globalización y sus no pocas crueldades.
     Dos paradojas ilustran y complican el legado de Mounier, una de las pocas corrientes intelectuales del siglo XX que se conservó más o menos antiliberal sin devenir nunca antidemocrática. Por un lado, del nexo sagrado que Mounier establece entre la persona y la comunidad —identificación que comparte, como él mismo lo admite, con los fascismos— se han alimentado los horrores nacionalistas que le siguen dando la vuelta al mundo. Pensar que la persona y la comunidad no tienen sentido la una sin la otra es sostener una opinión gravísima, incluso si la oímos pronunciar inocentemente. Con los textos de Mounier en la mano, convenientemente manipulados por los perseverantes teólogos de la identidad, puede leerse la enésima condena de los errores del mundo moderno —que en el fondo son sólo dos: el libre examen y el dinero.
     Y no me queda claro si Mounier previó que, antes que el odiado liberalismo, son las comunidades las que le dan caza a la persona, anteponiendo usos, costumbres y fueros a los valores por definición intervencionistas de la ley, del Estado, de la nación o de la comunidad internacional. El individuo, en cambio, está teóricamente mejor equipado para escapar y perderse, salvando la vida, en esos grandes universos plurales que al fundador de Esprit le aterraban pascalianamente.
     Una segunda paradoja radica en que la única civilización donde las preocupaciones personalistas de Mounier pueden someterse a votación, integrarse en los textos constitucionales y hacerse respetar, es aquella sociedad liberal y parlamentaria que él condenó vehementemente por su vacío espiritual y su ansiedad crematística. Una fortuna fue que Mounier no tuviese un tipo de sociedad que proponer, una utopía ni a la venta ni a la vista, y que se preocupara en dos temas esencialmente liberales: la defensa del individuo contra el Estado y el derecho de la persona a un mundo interior —cultural y religioso— libre, responsablemente elegido. En varios y fecundos puntos finos, el personalismo entra en creativo contraste con los liberalismos, y así debe ser, pues, como ya Mounier decía, sólo en la sociedad totalitaria son inconcebibles los conflictos entre el individuo y las leyes.
     Nuestros tiempos no son los mismos que cuando Mounier lanzó Esprit, como le oí decir a alguno de quienes han celebrado universalmente el centenario del maestro personalista. No, no son los mismos tiempos, pues fracasaron “las civilizaciones fascistas”, como las llamaba Mounier, y no las sociedad liberales de las que él descreía. Pero las victorias culturales del liberalismo se deben, en alguna medida, a críticos como él, que lo enriquecen y lo previenen contra sí mismo. Como muchos hombres de los años treinta, confundió Mounier la democracia liberal con sus defectos y con sus taras. Pero gozó de esa facultad, rara entre intelectuales, que consiste en saber pescar el oro en el río revuelto, distinguiendo dónde está el bien y dónde está el mal, resolviendo —mediante la reducción momentánea de una circunstancia problemática— esas urgencias políticas que hacían distintos a 1932 de 1938, a 1945 de 1918. Para desplegar esa virtud Mounier recurrió, antes que a su obra personal, a una tradición ya rica en desprendimiento colectivo y recreó, con otro perfil, aquellos Cahiers de la Quinzaine, de Péguy, joya en una historia universal de la imprenta que ya tiene en la longevidad de Esprit otra de sus proezas.
     Emmanuel Mounier, ciertamente, no tuvo miedo. Cumplió a las mil maravillas con esa vocación, por él mismo dibujada, que consiste en asumirse habitante de un mundo que se deshace, y marchar al encuentro de los bárbaros en la búsqueda de nuevas lenguas, de otras gramáticas capaces de darle un nombre a las ruinas, o dignas de ofrecerle algún sentido a la reconstrucción. Los otros, esos bárbaros que no hablaban su lengua, los que no creían en su iglesia o se confiaban a otros dioses, los que habían perdido la fe lo mismo que los ateos, acaso habrán visto en Mounier al conversador: una figura largamente esperada y secretamente bienvenida. –