Cubículos

Enrique Peña Nieto nació en 1966. Convocamos a un grupo heterogéneo de escritores nacidos alrededor de ese año para responder esta pregunta: ¿qué significa para ti, en términos generacionales, el regreso del PRI a Los Pinos?
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Hoy fui al SAT a hacer un trámite fiscal. Mientras esperaba mi turno, noté –es imposible no hacerlo– que los paneles de todos los cubículos de contadores son azules. Pensé: “Qué desperdicio; el año próximo, todo este material casi nuevo se irá a la basura y traerán mobiliario de cualquier otro color.” Lo sé por experiencia: trabajé en la burocracia y llevo casi veinte años haciendo libros. Nunca, durante ese período, una administración priista ha quedado satisfecha cuando les propongo una portada de color azul. Esa, a mi juicio, es una de las principales características del horror eficiente encarnado por el PRI: la voluntad de anular todo significante que refiera a El Otro.

Mi generación (la que vivió su juventud bajo Salinas y Zedillo, sostuvo doce años en el poder a Acción Nacional y no quiso arriesgarse con la izquierda en 2012) no es masoquista pero sí posee una nutrida veta de neomaderismo: espiritistas convencidos de que la pasión por el lenguaje y la alternancia en el poder son suficientes para cambiar a un país que posee una larga historia de inequidad, corrupción y violencia. Solo desde esa perspectiva puedo explicarme que las urgentes reformas de las que todo mundo habla hayan pasado tres lustros en la congeladora mientras los partidos políticos adoptaban los métodos clientelares patentados por el antiguo régimen.

Un rasgo tradicional del viejo PRI que se ha expresado con elocuencia en las pasadas elecciones es la habilidad para transformar a sus rivales en un oxímoron. Leo algunas opiniones de la prensa liberal legitimando el proceso electoral y lo que hallo entre líneas es, más que una defensa del Estado de Derecho, un alegato a favor de la Razón de Estado. Leo algunas opiniones y declaraciones de la izquierda y (debajo de toneladas de insultos, ingenuidad en fina prosa y consignas cuya demencia senil data de mi infancia) no encuentro ni pragmatismo ni ideología: solo un copioso reportaje que, pese a carecer de sustento jurídico, pretende sustituir la noción de Estado por una regla moral. Eso es el mundo del revés: una segunda y más sutil y dolorosa capa de nuestras derrotas.

El regreso del PRI a Los Pinos no es una tragedia. Es más bien un espejo que nos trae una pregunta. La vieja pregunta. Una que (sistemáticamente, incluso con ira) nos negamos a responder: “¿Por qué no te reconoces?”… El verdadero triunfo del PRI (lo dije hace un par de años en un artículo para el blog de Letras libresque me costó ácidos reproches: “El PRI ganó en el 2012”) es anterior a las elecciones. Radica en su capacidad para hacer que sus adversarios políticos copien sus estrategias, y la opinión pública reproduzca su discurso, y ciudadanos vendan su voto no a un partido sino al mejor postor…

Una pesadilla donde solo existe el Yo: ese horror eficiente que anula todo significante que refiera a El Otro. ~