Disney, andaluz

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Cuando el siglo XX llegaba a su fin se volvió deporte buscar a una figura capaz de resumir la indeleble sustancia de la era que se iba. Recuerdo una comida familiar donde la conversación languidecía y empezábamos a jugar con las migajas del mantel; de pronto, alguien propuso hablar del personaje del siglo XX. La densa reunión se transformó; ahora se argumentaba blandiendo el cuchillo, cosa no sólo desagradable sino incoherente, tomando en cuenta que el favorito de la mayoría resultó ser nada menos que Gandhi. Francamente, yo no estaba preparado para esta elección. No somos vegetarianos, conocemos mal la historia de la India, hemos luchado poco contra el colonialismo. Ni siquiera somos pacifistas, según revelaba el cuchillo dispuesto a rebanar mis argumentos en favor de Einstein. Supongo que el valor secreto de las encuestas consiste en mostrar que la norma es muy rara.
     Muchos años antes de esta tertulia finisecular, Borges y García Lorca enfrentaron la misma pregunta. Como un discípulo adelantado de McLuhan, el autor de Bodas de sangre escogió a Mickey Mouse como emblema del siglo XX. A pesar de su humor, su gusto por el cine y su fervor por las zoologías fantásticas, Borges no tenía en gran estima al ratón hiperquinético. Quizá esta discrepancia redondeó su repudio por García Lorca, a quien definió como "andaluz profesional".
     Al igual que los sondeos de opinión, los historiadores enrarecen el copioso universo y ahora resulta que Walt Disney pudo haber nacido en Mojácar, poblado de Almería. Aún no hay pruebas concluyentes, pero la historia merece ser, si no cierta, al menos misteriosamente aproximada. En 1901, Isabel Zamora, lavandera del lugar, se embarazó sin que nadie conociera al novio y con todas las miradas puestas en Ginés Carrillo, el médico que le daba empleo. Antes de llegar al suicidio —imprescindible para el tercer acto del drama lorquiano—, se fugó a Chicago, donde conoció a Elías y Flora Disney, quienes se hicieron cargo del pequeño José Guirao Zamora, bautizado en 1902 como Walter Elías Disney. El centenario de este alumbramiento ha hecho que los estudiosos revuelvan documentos en Mojácar con la misma avidez con que tres enviados de Disney lo hicieron en 1940, apuntando desde entonces a su posible origen andaluz. La anécdota permite hablar de la intuición de Lorca para detectar paisanos en la cultura de masas y la de Borges para percibir el chovinismo estético de su colega. Más allá de este Meccano de suposiciones, tan ajustable como inútil, ¿qué significa la noticia? A mi modo de ver, el origen "ajeno", "extraño" de Disney contribuye, no tanto a enaltecer una región en modo alguno falta de prestigio, sino a confirmar la poderosa estructura de los cuentos infantiles. Como las transmisiones a control remoto, los mitos suelen tener "fallas de origen". Es poco interesante que hereden facciones y relojes de sus padres. Su saga se prestigia con un inicio de bruma. El héroe llega como la encarnación de un nuevo Buda, señalado por atributos difíciles de encontrar alrededor.
     Además de probar la insólita modernidad de la imaginería medieval, Harry Potter ha confirmado el atractivo de las biografías que empiezan con pérdidas y confusiones. Hoy en día es el huérfano más famoso desde Moisés, y desbancó en el puesto a Batman y Supermán. Solitario, desheredado, el héroe infantil se convierte en su propio padre a base de aventuras; es siempre, como advirtió Camus, un "primer hombre"; se educa a sí mismo con temeridad, sin reconocer otra escuela que su destino abierto. Y algo aún más atractivo: como carece de tutela, tiene licencia de inmadurez; su inocencia, su no-saber, es justo lo que pone a prueba en cada lance.
     Gombrowicz se propone atesorar esa "inmadurez" para dinamitar las creencias aceptadas: "¿No es acaso el hombre en su realidad privada una cosa infantil, siempre inferior a la conciencia a la que siente al mismo tiempo como algo ajeno, impuesto y no esencial? Si fuera así, esta niñez oculta, esta degradación latente, tarde o temprano podría desbaratar sus sistemas". Enemigo de los trabajos forzados de la conciencia, Gombrowicz otorga un acento positivo a la infancia como "degradación" de la costumbre, y procura recuperar a voluntad ese estadio anterior.
     Walt Disney puede ser chocante por muchas razones. Sus personajes perdieron no sólo el misterio sino la romántica posibilidad de tener obstáculos; año con año, aparecen como un ejército triunfal en la Caja Feliz de McDonalds; Mickey Mouse es ya una marca registrada y sus emblemáticas orejas sirven para vender objetos relacionados con el plástico. En aquella agitada tertulia de mi familia alguien adelantó la candidatura de Disney como posible hombre del siglo y recibió toda clase de reprimendas. El estreno del momento era Tarzán. Mis parientes encontraron en esa película la actitud clasista y racista consustancial al sello Disney, y aberraciones antropológicas como ésta: un adulto caucásico no puede estar tan bien afeitado entre los monos. No pienso retomar la discusión con esos pacifistas armados de cuchillos. Baste decir que, aunque tuvo un final de plutócrata, el creador de Fantasía puede aspirar al origen difuso de los héroes infantiles, a ser el hijo de una lavandera abandonado en un país extraño, que creció para imaginar castillos y princesas y ratones que hablan. –


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